La cuestión de las estatuas

ENSAYO CÓMICO TAURINO FILANTRÓPICO SOBRE LA ESTATUARIA CORDOBESA CONTEMPORÁNEA

NOTA: En esta página sólo se ofrece un tercio del trabajo total. El texto completo aparecerá en breve en forma de LIBRO, disponible en las principales librerías de Córdoba.

.

.

.

.

Me lo dijeron anoche / las lenguas de doble filo. / Me lo dijeron anoche / y me quedé mu intranquilo. Lo que hicieron esas filosas lenguas y que me ha traído a este acusado estado de desasosiego en que me hallo fue propinarme la inquietante noticia de que se prepara un nuevo ataque estatuario contra los centros neurálgicos del equilibrio estético de la ciudad. Una terrible andanada de fuego graneado cebado con el anuncio de la próxima erección de tres nuevas estatuas en Córdoba. Una dedicada a las cordubensas pomporrutas imperialis en la persona del fundador de la ciudad romana, Claudio Marcelo, en impecable estilo Remordimiento, la espeluznante amenaza de proyecto de otra al Rey Santo Fernando III encaballado y blandiendo temible espada matamoros y una nueva edición de la que empieza a ser conocida como pesadilla belmontiana: nueva escultura folklofriki a los patios dedicada. El resultado ha precipitado en mi mente como en una rápida película, de esas que según dicen asaltan en el minuto final al moribundo, la tristísima historia de las relaciones de Córdoba con las esculturas urbanas. Una ciudad, por otra parte, que debió contar con la más importante estatuaria pública de la Península en la remota época en que fue capital romana de la Bética. Como demuestran los tres o cuatro trozos de algunas de ellas que se han encontrado en lo que fuera el foro republicano de la ciudad. Y antes de que ese cúmulo de imágenes e ideas momentáneamente puestas en movimiento en la turbina donde giran locas mis neuronas se pierda en el éter que sin consistencia material las rodea, como el agua torrencial de los uadis se pierde en el infinito estéril del desierto, me pongo en el afán de fijarlas en este otro éter de la red, de más asegurada longevidad, con la esperanza de procurar solaz y tal vez alimento didáctico a quien por azar con él se tope o por amistad o animadversión al autor se vea obligado a leerlo.

.

LA ESTATUOMANÍA DECIMONÓNICA

La consolidación de los estados nacionales burgueses trajo a Europa una fiebre de erección de monumentos públicos, entre los que la escultura representativa tuvo un papel predominante en la gran mayoría las ciudades continentales. El sentido de esas erecciones no radicó tanto en una glorificación de la ciudad como en una autoglorificación de la propia burguesía dominante que la encargaba y que se autoconsideraba la quilla del progreso, sustanciada en la elevación de estatuas a personajes o incluso a conceptos de alto significado simbólico cuyas virtudes se suponían ejemplares para la ciudadanía desde el punto de vista de la moral y de la política imperante. Esa fiebre también se contagió prácticamente a todo el territorio estatal español a partir de la segunda mitad del siglo XIX, aunque muchas ciudades, lógicamente las más importantes, Madrid y Barcelona sobre todo, las erijan incluso antes de esa fecha. Como apunta Carlos Reyero 1 hasta la Ilustración y desde la Antigüedad y sobre todo en el Antiguo Régimen el sentido único del monumento público había consistido en la imposición en los espacios comunes de los símbolos del poder absoluto.  Serán las revoluciones liberales las que le confieran el nuevo sentido de sustento de ejemplaridad, belleza moral y proyección de valores edificantes para el conjunto de la colectividad. Siempre, claro está, desde el punto de vista de las necesidades simbólicas de la burguesía que había tomado definitivamente el poder. Por ello puede decirse que si bien cambia el sentido respecto a los tiempos anteriores no lo hace la intención y entenderlo implica aceptar que el mensaje ideológico que los justifica, y que trataba de difundirse permanentemente, constituye, esencialmente, un acto de autoridad 2.

Si no como una prueba al menos sí como un síntoma de la inoperatividad de la zángana burguesía cordobesa de entre siglos (los dos últimos del milenio), mayoritariamente cortijera frente a la industrial de otros lugares, se muestra en su incapacidad para hacer algo que la mayoría de sus hermanas de las otras ciudades españolas, incluidos muchos pueblos más o menos grandes, habían hecho: erigir monumentos públicos. Córdoba fue uno de los últimos lugares de España en erigir al menos una escultura monumental urbana. No incluyo, claro está, la escultura religiosa que en la ciudad tiene una especial representación en los triunfos de San Rafael, a los que se suma el Cristo de los Faroles, todos inscritos en una moda erectiva piadosa del siglo XVIII surgida siguiendo el modelo del triunfo de la Inmaculada Concepción levantado en Granada en 1631. Aunque esos triunfos también alcanzaran a horrorizar la delicada piel neoclásica de algunos viajeros del XVIII. Así Leandro Fernández de Moratín dejó escrito en un malafollesco viaje que hizo a la ciudad que si Roma fue célebre por sus triunfos, Córdoba no lo es ciertamente por los suyos. Así se llaman aciertos armatostes de mármoles, llenos de hojarascas y garambainas, que a cada paso se hallan por las plazas y sitios públicos, dedicados a San Rafael, cuya imagen dorada corona la punta de esos extravagantes monumentos 2a.

Un rápido repaso demostrará esto que estoy diciendo. Estas son las poblaciones menores que Córdoba que erigen estatua a hijo ilustre antes de la entrada del siglo XX: Guetaria (Elcano, 1861, que sustituyó a otra de destruido en 1836 durante las guerras carlistas), La Coruña (A Guarda, 1890), Salamanca (Fray Luis, 1868), Motrico (Churruca 1865), Azpeitia (Ignacio de Loyola, 1866) , Cádiz (Columela, 1842 y Obispo Moreno, 1859, Vic (Balmes, 1848), Alcalá de Henares (Cisneros, 1864, Cervantes, 1879), Murcia (Floridablanca, 1849), Santiago (Méndez Núñez, 1868, Canónigo Figueroa, 1896), Valladolid (Cervantes, 1877), Avila (Sta. Teresa, 1882), Santander ((Daoiz, 1880), Gijón (D. Pelayo, 1881), Cartagena (Colón, 1883), Salamanca (Colón, 1893), Zamora (Viriato, 1884), Castellón (Jaime I, 1893), Tarragona (Roger de Lauria, 1883), San Sebastian (Oquendo, 1883), Medellín (Hernán Cortés, 1889), Pamplona (Los Fueros, 1893), Logroño (Espartero, 1885), Reus (Prim, 1893), Orense (Feijoo, 1889), Durango (Astarloa, 1886), Gijón (Jovellanos, 1891), Vigo (Méndez Núñez, 1890 y Eduayen, 1896), Vivero, Posada de Llanes y Utrera (Clemente de la Cuadra, 1889).

Mientras tanto la burguesía de Córdoba, probablemente la ciudad con mayor número de hijos ilustres de talla universal de España, dicho sea sin pasión chovinista alguna, no tenía las agallas –desde el punto de vista de sus propios retos- suficientes para hacer perdurar memoria marmórea o broncínea de ninguno de ellos. Tal vez, y muy piadosamente, podría achacarse esa inoperatividad de nuestra burguesía al hecho de que mientras las de las demás ciudades buscaban enaltecerse mediante el regurgitamiento de unas glorias históricas que sirvieran de cemento para el edificio nacionalista en que estaban empeñadas, el 2 de Mayo, la Reconquista, la invasión de América, los Fueros, etc., el periodo más digno de enaltecimiento de la ciudad, en el que alcanzó la cumbre de su poder y de su esplendor fue aquel en que dejó de ser católica. Lo suyo hubiera sido levantar, según unos presupuestos nacionalistas integradores, estatua a Almanzor, el militar que llevó a su máximo poder al estado andalusí de la que fue capital, o a Abderraman III, monarca que la convirtió en corazón de un califato y la segunda ciudad más grande y hermosa del mundo, porque probablemente no se pueda encontrar en su historia cristiana personajes que se les puedan comparar. Sólo que el nacionalismo que se estaba fijando, una vez independizada por las revoluciones liberales la idea de nación de la de monarquía propietaria y el ser nacional convertido en instrumento de propaganda política, y al que cada ciudad aportaba su granito local era un nacionalismo excluyente, de raíces estrictamente católicas, un nacionalcatolicismo modernizado en menor o mayor grado, y en cuya conformación orgánica nuestros más grandes personajes históricos representaban -y aún hoy representan en buena medida- el papel de enemigos de la patria cardinal, la Antiespaña. Es sintomático, como apunta agudamente Álvarez Junco, que en la plaza de Oriente de Madrid se alce la estatua de Ataulfo, que pasa por primer rey español, pese a que tal caudillo nómada apenas llegara a pisar la esquina nororiental de la península Ibérica en los postreros meses de su vida y no figuren en cambio los Omeyas cordobeses, dominadores de la mayor parte de la Península durante más de tres siglos 3.

No sólo se trata de la España que pintara Gerald Brenan en su Laberinto Español, escrito en 1943, pero que perfilaba nítidamente el régimen caciquil bipartidista de la I Restauración, tan parecido al actual, fruto de la segunda parte de la II Restauración Borbónica, sino también de la Córdoba que retrataran con maestría dos perspicaces artistas, Darío Regoyos y Pío Baroja, que visitaron la ciudad juntos durante apenas diez días de 1905 pero que captaron cada uno con sus herramientas, uno el pincel, otro la pluma, los matices más descarnados de la ciudad. Con la inestimable ayuda, por cierto, de la crema intelectual y artística local del momento, Mateo Inurria, Rafael Romero de Torres, Teodomiro Ramírez de Arellano y probablemente otros que se reunían en la muy recientemente abierta por entonces Escuela de Bellas Artes, de la que Inurria fue su primer director.

El primer retrato, el de Regoyos es anterior a esa fecha y debió realizarlo en una previa visita a la ciudad hacia 1903.  En ese cuadro, una honda perspectiva de la calle Santa María de Gracia desde la plaza de San Lorenzo, el pintor vasco-asturiano supo magistralmente captar y plasmar, con técnica que augura el expresionismo, sus impresiones de la ciudad, un momento congelado de un ambiente espectral en el que a la tópica luminosidad diurna meridional y su no menos tópica alegría vital contrasta un tenebroso territorio moral, una geografía humana de señoritos a caballo, curas y enlutadas mujeres bajo la luz de los faroles y la de un cielo rojizo y mortecino contra el que se recortan los vigilantes ojos de la siniestra espadaña de la iglesia. Una iglesia que fue derribada en los años 70 del siglo pasado. Es curioso que usara exactamente la misma paleta y la misma técnica para plasmar una vista de la calle que da al Darro en Granada, la ciudad de destino hermana de Córdoba. Ambas obras forman parte del espíritu del país retratado en su  España Negra, que publicara pocos años antes (1899) mano a mano con el pintor belga Émile Verhaeren. Podríamos decir que más que simples vistas callejeras ambos cuadros son retratos psicológicos, morales, de un mundo que se resistía poderosamente a entrar en la modernidad. Para mí y en el caso del de Córdoba, mucho más penetrante psicológicamente que el universo simbólico de la ciudad que muy pronto desplegaría Julio Romero.

Por su parte Pío Baroja captaría la personalidad y el estado moral de la ciudad en una novela. La feria de los discretos desarrolla su trama en la Córdoba de 1868 pero la que queda retratada en ella es la ciudad que el propio Baroja conoció y la que le mostraron sus amigos. Baste esta descripción de los dueños de la ciudad como botón de muestra: si la aristocracia local está compuesta principalmente por una turba de alcoholizados y de enfermos, productos podridos por la vida viciosa y los matrimonios consanguíneos, la burguesía la compone una turba de abogados, militares, de curas, de prestamistas, entre la que no hay hombres que empujen para adelante. En la novela Baroja no se limita a enumerar las dolencias de la triste ciudad, sino que la eviscera magistralmente con el afilado bisturí de su pluma.

.

EL PERIODO DUBITATIVO

Aunque se considera comúnmente como la primera escultura urbana glorificadora de un personaje local el busto que realizó en 1895 Mateo Inurria del fundador del Colegio de la Asunción, Pedro López de Alba, se olvida el pequeño detalle de que fue encargado y se colocó en el patio de dicho colegio (hoy Instituto Góngora), un espacio estrictamente privado.

Hubo una oportunidad en 1904, cuando en la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese año se premia con la medalla de oro el conjunto escultórico de Eduardo Barrón La educación de Nerón, que representa a un viejo Séneca instruyendo a un desganado joven emperador. Aunque la escultura de escayola era un modelo para ser fundida en bronce no he conseguido averiguar si en Córdoba se hizo alguna gestión para que se hubiera erigido en ella. La historia de ese conjunto escultórico es conocida. Cedida al Ayuntamiento de Córdoba por su propietario, el Museo del Prado, penó en los vestíbulos municipales de dos edificios durante décadas hasta que tras ser reclamado y devuelto a Madrid (2005) para su restauración fue cedido de nuevo al Museo de Zamora por cinco años, lugar donde luce hoy en todo su restaurado esplendor y donde sus cuidadores siguen, a nada que se los provoque, echando pestes de los cordobeses que casi se cargan la obra cumbre del más alto artista hijo de la tierra. Antes de despedirse de Córdoba el conjunto se dejó escanear para permitir hacer una copia en bronce que costearon a medias la Caja de los Curas (Cajasur) y el Ayuntamiento (2007). Hoy luce completamente empequeñecida en mitad de ninguna parte, una enorme rotonda que divide la gran avenida que lleva a la estación del AVE, aunque eso sí, un lugar, según el teniente de alcalde de cultura del momento y Catedrático Aficionado de Situacionología Aproximativa Grecorromana por la prestigiosa Universidad de Yale-digo, la mar de romano, que por eso fue elegido. Sus explicaciones pasarán probablemente por méritos propios a la antología universal del humor cultural involuntario. Por otra parte puede decirse que Córdoba es la única ciudad del mundo que tiene erigida estatua a un personaje histórico tan poco digno ello como Nerón.

Yo creo que lo más sensato hubiera sido hacer la copia exacta, es decir en escayola o imitación, con sus policromías originales, y haberla situado en donde se ubicó en los últimos años, en el vestíbulo del Ayuntamiento, en el que se la encontrarían cotidianamente todos los paisanos que penetraran en la casa de todos a hacer sus gestiones y los turistas debidamente avisados.

El caso es que se sucedían los años del siglo XX y a Córdoba se le pasaba el arroz de erigir escultura glorificadora alguna a alguno de sus muchos hijos ilustres. Aún no lo había hecho cuando, según el máximo especialista en monumentos conmemorativos, Carlos Reyero 4, comenzaba el declive del monumento conmemorativo en España por influencia de las corrientes europeas vanguardistas antiautoritarias surgidas por impacto de las terribles consecuencias de la Gran Guerra. No en vano su estudio sobre la edad de oro de la escultura conmemorativa en España como anuncia en el propio titulo de su libro va de 1820 a 1914, año este último en que en Córdoba aún no se había levantado ninguna. En España se cerraba un ciclo de febril erección de estatus siguiendo los pasos de lo que ocurría en el resto de Europa, en la que durante ese mismo periodo de desató una epidemia erectiva que el especialista francés Maurice Aghulon calificó de verdadera estatuomanía.

.

LA BROMA “LAGARTIJO”

Pero fue precisamente en los alrededores de ese año de 1914 cuando saltó la liebre y tuvo que ser desde fuera desde donde se hiciera una propuesta. Un grupo de intelectuales y artistas se reunieron en el Ateneo de Madrid a finales de 1910 y convencieron –o él se ofreció- al escultor tarraconense (aunque varios periódicos lo hacen erróneamente nacido en Córdoba) Julio Antonio para que esculpiera una estatua al torero Lagartijo con el fin de que se le erigiera un monumento. O algo parecido, porque los detalles entresacados de la prensa nacional de la época son confusos. El 7 de diciembre de ese año el Diario de Córdoba lo publicaba con esmerados tonos de chisme e introduciendo algunas pequeñas maldades y probables falsedades como la improbable caída del caballo extranjerizante de Pío Baroja en el camino de vuelta de un viaje a Italia y su milagrosa conversión al casticismo, patriótica exaltación de la fiesta nacional taurómaca incluida. Lo de que esa reunión tuviera lugar en el Ateneo tenemos que suponerlo acudiendo a que poco después, y una vez que el proyecto de escultura al matarife fino cordobés está listo toda la prensa nacional se hace eco ya del asunto y se organiza una fenomenal polémica en la que uno de los anatemas que lanzan los detractores es que esa hirsuta idea de levantar estatua a un torero hubiera surgido en un templo de la cultura como el Ateneo.

Así, en el diario católico El Restaurador, con fecha de 27 de abril de 1912, encontramos el siguiente hondo lamento con título Lagartijo y firma de Lisardo:

EL RESTAURADOR

Y finaliza con una certera pulla: La verdad es que reunirse en el Ateneo para acordar la erección de una estatua a Lagartijo equivale a tanto como congregarse oficialmente en “ca la Choriza” para discutir el bloqueo de los Dardanelos o las negociaciones franco españolas.

Poco a poco el peso de la carga de risibilidad o indignación que el asunto levanta entre periodistas e intelectuales de todo el país empieza a recaer sobre los hombros de los inadvertidos cordobeses, de manera que las expresiones más repetidas en la prensa a partir de la primavera del 12 pertenecerán ya a la familia de la cuña Córdoba pretende levantar estatua a un torero. En los meses siguientes se sucederán los comentarios en la prensa de todos los rincones de España sobre el asunto. Unos -los menos- serán laudatorios para la idea, otros lo considerarán un escándalo y otros lo tomarán directamente a guasa o lo usarán como elemento satírico acumulado en listas de despropósitos. De este último género encontramos un ejemplo en el semanario satírico GEDEÓN de 23 de junio de 1912 en los siguientes versos: A Lagartijo una estatua / a Benavente un sillón; / y es que morir recibiendo, / del toreo, es lo mejor.

En el campo de la indignación encontramos por ejemplo este breve de La Regeneración de 24 de abril de 1912:

lagartijo_012

O en este tremendo alegato incluido en el liberal diario El Progreso de 30 de abril de 1912:

lagartijo_05Nos topamos también a veces con sentimientos híbridos que juegan más finamente con el choteo. Así, el 2 de mayo de 1912 encontramos el siguiente suelto en El Diario Palentino: Esta reivindicación era muy propia de nuestros tiempos democráticos. Les debíamos esta reparación. Al fin y al cabo un torero se juega la vida por divertirnos. Y hemos levantado estatuas a muchos que jugaron con la nuestra para su propia satisfacción.

En el campo de los antitaurinos encontramos en el diario La Región de Palma de Mallorca del 9 de mayo de 1912 una perlaca firmada por el escritor y regeneracionista Antonio Zozaya con cita obligada de Eugenio Noel 5. El comienzo no puede ser más sintomático del espíritu revuelto de la época: Nuevamente se insiste en la idea de alzar un monumento a Lagartijo. Parecía olvidada tan peregrina iniciativa cuyos defensores arguyeron para su pro un bizarro argumento: “Tienen estatua muchos ladrones; ¿por qué no ha de tenerla quien a nadie en el mundo hizo mal? Y en lo referente a Córdoba nos hace el favor de proponer que ya que …Somos así. Elevando esa efigie, nos veremos tal como nos hizo el flamenquismo… Es una efigie que nos hará bajar los ojos avergonzados, que hará el inventario de nuestras desdichas. ¿Quién es el artista que no ve en la torería la síntesis de una raza degenerada, convulsa, que ve hoy gigantes en los toros, como un tiempo los vio en los molinos de viento de Esquivias? Tiene razón Noel; conviene que se eleve la estatua a Lagartijo. Pero yo propongo que no sea en Córdoba, en donde aún no la tienen ni Séneca ni Maimónides, sino en Madrid y en uno de los cuatro ángulos de la plaza de Castelar.

Pero el alegato más furibundo, una verdadera joya del antitaurinismo más feroz lo encontramos en el diario obrerista de Alicante, Alicante obrero del 9 de febrero de 1915:

alicante

Como el resto del artículo no tiene desperdicio y es demasiado largo, recomiendo al curioso que quiera leerlo entero lo busque en la página web de Prensa Histórica del Ministerio de Cultura. O descargarlo directamente AQUÍ.

No es de extrañar que algunos de los intelectuales de la cuerda anticastiza de Córdoba se sintieran molestos por la imagen de estolidez que a nivel nacional se estaba dando de la ciudad, tanto más cuanto que la idea de levantar estatua al matarife fino ni siquiera había surgido en Córdoba, ciudad acreditadamente prolífica en hijos de altos méritos pero mezquina u holgazana como hemos visto en el apresto a levantarles estatua fueran cuales fuera los que les asistieren. Así en el Diario de Córdoba de 24 de mayo –en plena feria, pues- un anónimo redactor se deja caer con una entre irónica e indignada columna plena de sensatez y retranca, La cuestión de las estatuas, título que he aprovechado en este trabajito precisamente para homenajearla. Comienza así:

mayo12

Pasa seguidamente a explicar los hechos que consisten según él en que un escultor de fama quiso hacer un regalo a la ciudad en la forma de un elemento decorativo para que se colocara en cualquier rincón de la misma y que ese regalo consistió en una estatua de Lagartijo como podría haber sido cualquier otra cosa. El redactor no lo dice, ni lo sugiere, pero yo veo una velada alusión al hecho de que Córdoba –la pobre- no tuviera a esas alturas del siglo XX una estatua que echarse al orgullo.

mayo12_01

Seguidamente y muy finamente -o al menos eso me parece a mí- el dolido redactor clava el carácter cordobés cuando señala lo que, una vez vista la imagen reproducida y alabada en su vertiente artística por unanimidad en la prensa nacional, más pareciera preocuparles a nuestros paisanos:

mayo12_02

Una preocupación que atiende a la principal pasión cordobesa, el peguismo, no la que se refiere a la palabra local por antonomasia, el pego, sino a la ampliamente acreditada de dogmático dictaminador de lo que pega y lo que no pega en todo lo que se hace en la ciudad.

Nuestro brillante columnista propondrá un tratamiento de choque que detenga de raíz la infección de las insidias contra la ciudad, una demostración contundente de que Córdoba es una ciudad normal y no esa guapa pero un poco retrasá que pretenden pintar los listos del norte, proponiendo su redención mediante una sencilla operación de higiene cultural:

mayo12_03

mayo12_04

Seguidamente el articulista se ve obligado a derramar cubetas de elogios sobre el matarife fino cordobés, para dejar claro que contra él no va la cosa, pero que lo primero es lo primero:

mayo12_05

Esta confusa historia que hemos recorrido a lomos de la prensa del momento la recoge sucintamente Antonio Salcedo Miliani en su monográfico sobre el escultor Julio Antonio 6. Ahí se sugiere que la idea de esculpir al torero cordobés surgió, aparte del deseo mostrado por aquel grupo de intelectuales ateneístas, de la estrecha amistad que el escultor tarraconense mantenía con Julio Romero de Torres que sería quien le proporcionaría fotografías y le asesoraría en la mejor forma de representarlo. De hecho la escultura del torero que finalmente surgió del genio de Julio Antonio como ensayo para la realización del monumento está directamente emparentada con otra imaginaria pintada ese mismo año de 1911 por Julio Romero como fondo del retrato que hizo de Machaquito. José María Palencia 7 ha señalado la dependencia de esa representación de la tipología de obras clásicas, inspirada directamente en el David de Miguel Ángel.

La obra se presentaría en 1912 en el Ateneo a un grupo de intelectuales que quedaron impresionados por la calidad de la escultura, aunque finalmente, como nos dice Salcedo, no llegó a realizarse porque en Córdoba, ciudad de origen del torero y donde debía erigirse, se creó un comité en contra de la creación del monumento.

Yo no he conseguido encontrar rastro alguno de ese comité… tan sólo la columna del Diario de Córdoba. Es más, lo que sí parece que se creó fue un comité para todo lo contrario, para recoger fondos para su realización. Así parece deducirse de una nueva columna publicada el 10 de agosto de 1912 del mismo redactor en la que repite punto por punto la anterior de mayo aunque lo justifica en un prologuillo porque:

lagartijo agosto

Al final no he conseguido fijar la causa por la que el monumento no se hizo, si por la apatía y holgazanería intelectual secular que arrastraba la ciudad y su poco espíritu cívico-urbanístico o por las protestas, fueran el número que fueran –escaso de todos modos- de un cogollito de anticastizos locales. La prueba está en que desde fuera se seguía insistiendo según leemos en una carta que cita Santos Torroella 8 fechada el 26 de diciembre de 1914 y que firman un grupo de intelectuales y amigos en la que planteaban organizar una corrida de toros con el fin de recabar fondos para levantar una estatua colosal en bronce a Lagartijo en Córdoba. Entre ellos destacan Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala, Enrique y Tomás Borrás, Sebastián Miranda, Luis de Tapia, Luis Bagaria, Federico García Sanchiz y Enrique Lorenzo Salazar. Lo que el castizo madrileño llamó la crema de la intelectualidaz…

Esa corrida parece que se iba a celebrar en Alicante, lo que aún no había sucedido a principios de febrero del año siguiente, aunque la amenaza crece. Así volvemos a encontrar en el Diario de Córdoba de 8 de febrero de 1915 la siguiente nota:

FEBRERO

Y aún más alarma al día siguiente, 9 de febrero, cuando encontramos otra nota en la que se vuelve a insistir en lo mismo y ya se da fecha para la corrida de Alicante:

FEBRERO_01

Así pues el proyecto de erección de la primera estatua en la ciudad como alternativa a la de Lagartijo, la del Gran Capitán, ya está en marcha e incluso hay quien piensa que la aceleración de su proyecto tiene que ver precisamente con la carrera que se había establecido con la de Lagartijo. En esta pieza maestra de columnismo firmada por el escritor y periodista José Luis Pinillos Pármeno así aparece. La columna apareció originalmente en El Heraldo de Madrid pero el Diario de Córdoba la reproduce con una nota aclaratoria al final. Como es muy largo he eliminado la primera mitad, en la que con sorna maestra se ríe de la desgracia del conocido caricaturista Bagaría por haber fracasado en su intento de organizar la corrida de Alicante y quedarse sin estatua a Lagartijo en Córdoba. Aquí, pues, se aclara más o menos el desenlace de la historia con el punto de que el escritor sevillano responsabiliza humorísticamente al dibujante de haber conseguido a cambio la erección de la de El Gran Capitán.

PARMENO

Aparte de la anécdota de la ocurrencia de Lagartijo de hacer gazpacho en un pozo una noche de putas, llama la atención el pundonor del plumilla cordobés que, saltando por encima de la fina ironía parmeniana, remata el artículo del autor obligándose a negar la relación entre el fracaso de Bagaría y el Gran Capitán, dado que el proyecto de erección de estatua al militar montillano se preparó unos años antes.

Es curioso que ese mismo 20 de febrero aparezca la noticia en el propio Diario de Córdoba de que el alcalde, acompañado de los miembros de la comisión pro monumento al Gran Capitán, realizaron una ronda de visitas a los principales organismos culturales y sociales de la ciudad, así como a los más importantes comercios, para recabar fondos para el proyecto.

A partir de este momento se van apagando los ecos en la prensa del frustrado proyecto. Sólo de tarde en tarde alguien lo recuerda enmarcado en otros temas, como este columnista del Diario de Alicante de 2 de agosto de 1915 quien en una semblanza de Julio Antonio se lamenta de que el gran público sólo lo recuerde como el autor de aquel proyecto de estatua que unos humoristas desenfadados quisieron levantar a Lagartijo en Córdoba, o este otro en el Diario de Córdoba del 19 de marzo del mismo año que se lamenta de que la prensa de Madrid se haga eco con sorna de que la primera estatua que se iba erigir en Córdoba fuese la de un torero para mofarse de nuestra ciudad (sin mencionar que la idea fue traída por unos ateneístas de la capital) y no de la catástrofe ocurrida en una mina de la provincia.

Sea como sea, aunque no se formase ningún comité contra la erección de la estatua a Lagartijo sí que hay que resaltar la existencia de intelectuales en la ciudad que pudieran horrorizarse ante la tan repugnante idea de ensalzar como si de una gloria que encarnase las virtudes cívicas, intelectuales o políticas de la ciudad a un matarife fino. Y como punto negativo el que la ciudad perdiese la oportunidad de contar con una escultura -independientemente de su simbolismo- del gran escultor Julio Antonio. El ensayo de esa escultura se halla hoy en el Museo de Arte Moderno de Tarragona y presenta al torero en pose heroica como un matador de monstruos de la mitología griega, con la cabeza de su víctima a los pies, en este caso un toro.

.

LAS CUOTAS CACIQUILES

Pero no sería el monumento a El Gran Capitán el que iniciara la muy tardía subida al carro nacional de la estatuaria urbana de Córdoba, sino que ese honor lo tendría un monumento a un político: el ministro Barroso y Castillo. Y además esa entrada se hará arbitrando, no se sabe si consciente o inconscientemente, un sistema de contentamiento por representación cuotal de las diferentes castas caciquiles que controlaban con mano de hierro el caudal económico, el social y, claro está, el simbólico de la ciudad. El caciquismo y sus aliados levantaron en el primer cuarto del siglo XX, en la cima de su poder, para autoglorificarse y dejar sentado que no sólo eran los amos del caballo, del cortijo y del fusil, sino que también tenían el monopolio de la emisión de simbología urbana, cuatro monumentos a mayor gloria de las virtudes en las que pretendían sustentarlo.

Así, salvando algún busto colocado discretamente en jardines públicos, como el que representa a Martínez Rucker (1925) y al propio Mateo Inurria (1928) ambos ubicados en los jardines de la Agricultura los cuatro grandes monumentos erigidos entre 1918 y 1929 se alzarán a cada una de las cuatro castas principales dedicado. El primer homenajeado sería el estamento político mediante la erección de un aparatoso aparador obra de Mateo Inurria al cacique político Barroso y Castillo, ministro de la corona, y que tras dominar por años el cotarro electoral de la ciudad había fallecido en 1916, por lo que hubo que organizar la colecta a toda prisa, haciéndola primar incluso sobre el ya en marcha proyecto de monumento al Gran Capitán. La casta militar será la siguiente agraciada por el que ya se hacía eterno monumento al militar montillano (1923). La casta clerical contará pronto (1927) con la erección de estatua a uno de los suyos, el obispo Osio. Y por último la casta intelectual tendrá su homenaje en la erección de estatua al Duque de Rivas (1929). Es curioso que una generosa concesión compensatoria del régimen caciquil a las masas populares hambrientas podría haber sido precisamente la erección de monumento a un héroe popular, encarnado entonces en el torero Lagartijo. Pero ya hemos visto cómo incluso ese simbolismo había sido absorbido por los intelectuales del régimen, que fueron los que lo propusieron y no precisamente como concesión al pueblo, sino porque hasta eso le andaban robando, el culto a sus propios héroes, como una más de las maniobras extractivas a las que secularmente las castas dominantes lo han sometido.

Si entre la ciudad y sus estatuas se establece una relación de representatividad, en la Córdoba de la Restauración tardía puede decirse que esa representatividad se la arrogan los poderes fácticos del momento: caciques, militares, curas e intelectuales reaccionarios. Claro que habría que ver cómo interpretar en los últimos 30 años -tras la reinstauración de la democracia formal, gobiernos comunistas incluidos- el asentamiento de esa relación de representatividad si tenemos en cuenta que las únicas esculturas, nueve en total, a personajes reales erigidas en la ciudad lo han sido uno a un personaje de clara adscripción franquista (Matías Prats), un escultor cofrade (Juan de Mesa), un torero (Lagartijo), un alcanforado rapsoda (Luis Navas), cinco curas (El Padre Ladrillo, Cosme Muñoz, Juan Bosco y los fundadores de la escuela de Jesús Nazareno y de la Trinidad) y una monja (Emilia de Rodat).

.

BARROSO Y CASTILLO

El monumento a Barroso y Castillo le fue encargado a Mateo Inurria que, tal vez pensando que no se iba a ver en otra así, diseñó un aparatoso aparador muy del gusto de la época en la que junto a la figura sedente del faraónico político cordobés colocó las esculturas alegóricas del Arte, el Trabajo, la Agricultura y el Comercio. Se inauguró el 24 de octubre de 1918.

Eran aquellos tiempos revueltos en que las masas obreras y campesinas empezaban a tomar conciencia de su fuerza frente al poder explotador de la salvaje burguesía que soportaban y a luchar con decisión contra la red clientelar del caciquismo que les robaba sistemáticamente su representatividad. No sabían aún que cuando esa burguesía se sintiera verdaderamente en peligro no dudaría, azuzada además por la Iglesia, en organizarles un buen escarmiento lanzándoles los afilados dientes de sus perros guardianes: su ejército, que por el momento estaba entretenido matando moros. Pues eso exactamente fueron los golpes de 1923 y 1936.

Pero mientras avanzaban de victoria en victoria. Entre 1916 y 1919 se sucedieron una serie de movilizaciones sindicales con huelgas y manifestaciones. En marzo de 1916 10.000 obreros (qué sindicato tiene hoy los riles de juntar tantos) tomaron el centro de la ciudad y asaltaron el Ayuntamiento. El 8 de marzo de 1919 en el transcurso de una de las manifestaciones las masas calentadas y enardecidas apedrearon el Círculo de la Amistad, el Círculo Mercantil y el Círculo de Labradores, los tres circulitos del poder de los caciques y después se dirigieron a los Jardines de la Agricultura a presentarle sus respetos al flamante símbolo monárquico-burgués. Del monumento a Barroso y Castillo no quedó ni una china. Cinco meses duró el pobre en pie.

Hombre, yo reconozco que estuvo muy feo eso destruir tan valiosa obra de arte, pero, a ver, es que los caciques tampoco ponían nada de su parte y se dedicaban nada más que a tocarles los perejiles a los pobres obreros, explotándolos leoninamente, matándoles de hambre, robándoles las elecciones, mandándoles a los guardias cuando abrían la boca, en fin, que no digo yo que los obreros no se portaran como unos cafres, pero que, vamos, es que la burguesía… se lo estaba buscando. ¿Qué les costaba hacer un poquito la vista gorda a la revolución?

.

EL GRAN CAPITÁN

Ya hay que tener mala suerte para que el primer monumento cívico-burgués erigido en la ciudad no durase ni medio año. Córdoba volvía a ser la bravía del refrán, cambiando las librerías por estatuas. Pero si el símbolo de la casta política había desaparecido violentamente, tocaba ahora probar suerte al símbolo de la guerrera gente cordobesa. Así que si el del matarife fino no pudo hacerse se hará el del otro, éste con dedicación a sus propios congéneres en lugar de a nobles y hermosos animales: el Sembrador de Calamidades Gonzalo Fernández de Córdoba, alias El Gran Capitán.

Mire usted por dónde tenía que ser esta ciudad (o un pueblo de la provincia, no vamos a discutir por unos kilómetros más allá cuando de engrandecer a la patria se trata) la cuna del superenaltecido guerrero medieval que reformó el ejército español, convirtiéndolo en el ejército profesional que cubriría los siglos siguientes de ensangrentada gloria al Imperio Español. Un ejército que al mando de nuestro ilustre paisano arrasó primero las feraces vegas malagueñas y granadinas y tomó a sangre y fuego las ciudades del reino de Granada para unificar política y religiosamente el solar hispano bajo la égida de los Reyes Católicos. La población de Málaga al completo fue esclavizada y repartida su propiedad entre los guerreros. La familia de nuestro glorioso paisano se convertiría así en la mayor poseedora de esclavos moriscos del reino, lo que proporcionaría la otra gloria, la del dinero contante y sonante, con que esa ilustre casa mantuvo durante los siglos siguientes su poder y su prestigio. Que una vez aniquilada y esclavizada la morisma se trasladó al sur de Italia, otro sur pobre y desgraciado como el nuestro, a llevar más sangre y más fuego, más muerte y más destrucción para alimentar los primeros delirios imperiales (las pomporrutas imperiales del maestro Forges) de nuestro recién estrenado Estado Unificado. En la peana del monumento están grabados los nombres de los lugares devastados. Tal vez en ellos se acuerden también de don Gonzalo, aunque supongo que de diferente forma.

Como bien decía el Diario de Córdoba la idea del monumento se gestó en 1909 cuando un comandante de Ejército lo propuso al Consistorio y al propio Estado. Y aunque parece ser que la obra fue encargada desde primera hora al escultor cordobés Mateo Inurria, que ya por entonces andaba cosechando las mieles del éxito en la Villa y Corte, tras haber pasado muchos años recluido en el ambiente provinciano local, y que fue quien finalmente la ejecutó, se conserva una carta fechada el 8 de febrero de 1915 en la que Julio Romero escribe desde Córdoba a su amigo del alma Julio Antonio, incitándolo a que le pisase el proyecto a su paisano del que habla en términos bastante desagradables. También tengo que decirte que aquí se trata de hacer la estatua del Gran capitán y quieren que la haga, por el encargo, el mamarracho de Inurria. Le dice también que como además de la suscripción popular el estado pondrá 5000 pesetas para sufragar la obra, debería exigir en prensa que se hiciese un concurso público. Es una cosa que por el bien de Córdoba debías hacer y empezar un proyecto enseguida, concluye 9.

Es cosa sabida en Córdoba la enemistad que unía a los dos artistas cordobeses, el escultor y el pintor. Se viene contando de padres a hijos a través de los decenios que ambos, Julio Romero y Mateo Inurria solían acudir cada uno a una taberna de la Fuenseca que estaban una enfrente de la otra y que desde la barra se insultaban a grito pelado sin que ninguno de los dos osara salir a hacerlo a la calle.

No parece que Julio Antonio se pusiera siquiera a manos al proyecto, que finalmente realizó Inurria. La obra como tal es magnífica y representa al guerrero a la manera de un condottiero italiano, concretamente a la manera del condottiero Gattamelata de Donatello, sito en una plaza de Padua. Pero según Alfonso Manuel Muñoz Rodríguez (9a), Inurria se inspiró en el madrileño monumento al general Martínez Campos de Benlliure, autor de quien incluso tomará el uso de diversos materiales para una misma obra.  Así, el autor consiguió un hermoso efecto combinando el bronce del caballo y la armadura con el mármol blanco de la cabeza, que por cierto y como compensación a que al otro matarife, Lagartijo, se le había ninguneado estatua, nuestro escultor usó la suya. Lagartijo sí o sí. Dos formas de matarifismo fusionadas en un sólo espíritu estatuario. El tema de que si la cabeza del guerrero es o no la de Lagartijo siempre estuvo envuelta en polémica y la tesis final que se alzó victoriosa fue la de que se trató de una leyenda popular. Me da a mi en la nariz que esa leyenda fue creada ex profeso por los ilustrados locales, avergonzados por esa sacrílega simbiosis, para poder negar realidad a lo que es una evidencia palmaria a nada que se comparen ambas cabezas y refutarla más cómodamente. Aparte de que dos grandes expertos en escultura española contemporánea, Carlos Reyero y Antonio Salcedo Miliani dan por segura esa identidad.

Yo por mi parte considero una prueba de esa identidad el que habiendo podido Inurria usar el único, y muy realista, retrato de don Gonzalo de la época que se conserva, el que le esculpiera un par de años después de muerto, por encargo de su viuda, Diego de Siloé, que lo conoció y que lo representa con gorra renacentista, cuidada melena y rostro juvenil, lo representara con calvicie incipiente, rostro afilado y nariz aguileña, justos los rasgos más acusados del torero cordobés.

Esa relación entre los dos personajes parece que fue mucho más allá de esa fusión estatuaria y debía estar en la mente de Julio Romero además de en la de Inurria porque se conserva en el Museo de Arte Moderno de Tarragona (MAMT) una prueba para grabado de Julio Antonio inspirada directamente en la iconografía julioromeresca y que devendría tópico para la eternidad, titulada Homenaje a Córdoba (1911) en la que acompañando a una mujer desnuda con mantón de manila, que representa a la ciudad de la Mezquita, aparecen a sus lados dos personajes que son claramente, el de la izquierda El Gran Capitán perfectamente acorazado y con su canónica melena, y el de la derecha el torero Lagartijo de traje de luces cuya pose copia la del pintado por Julio Romero en su cuadro Machaquito.

HOMENAJE

Se inauguró en 1925 en la confluencia de la Avenida del Gran Capitán (hoy Bulevar) y la Ronda de los Tejares, justo frente de donde hoy se alza la mole de Nuestra Señora de El Corte Inglés y antes la vieja plaza de toros, anterior catedral del cruento entretenimiento popular derribada precisamente para construir la nueva del no menos cruento para los bolsillos del populacho: el consumo compulsivo. Dos años después se trasladaría a su actual emplazamiento en la plaza de las Tendillas, recién inaugurada como culminación del Ensanche que la burguesía cortijera cordobesa se había, tardía, como todo muy tardíamente, regalado arrasando con su proverbial salvajismo parte del casco histórico de la ciudad. Como si no hubiera tenido espacio extramuros para haberlo hecho más cómodamente. Claro que teniendo en cuenta que incluso hubo un proyecto para continuar la avenida del Gran Capitán casco antiguo a través con el fin que comunicar directamente la estación de ferrocarril con la Mezquita llevándose pa’lante la iglesia fernandina de San Nicolás y parte de la Judería, podemos darnos con un canto en los dientes porque no hubiera contado con más riles, y sobre todo con más dinero, para seguir regalándose.

Me imagino lo que se sentiría atañido el pueblo llano de Córdoba de aquellos años por la erección de un monumento a semejante héroe, en el dudoso caso de que tan siquiera alcanzaran a saber quién era (en realidad eso no ha cambiado nada). La pobreza más absoluta y el analfabetismo se cebaban en las clases populares de aquellos años y la lucha feroz por la supervivencia cotidiana llenaba todas sus expectativas. Y desde luego siempre que podían intentaban derribar de sus pedestales los símbolos de sus opresores como acababan de hacer con los del político monárquico. ¿Sería esa la causa del traslado del de El Gran Capitán? ¿Buscarle un lugar más recogidito, más a salvo de la iras del populacho hambriento y reivindicativo?

Hoy la escultura, El Caballo, como todo el mundo lo conoce, ha perdido todas las connotaciones en la mente de los ciudadanos y sólo representa un adorno urbano más, especialmente entrañable porque todos hemos crecido con su presencia majestuosa en la plaza del pueblo que ha sido siempre Las Tendillas. Pero no está mal conocer su origen y su significado primigenio. Aunque desde luego lo ideal sería que la historiografía divulgativa lo mostrase con su justo semblante, a la manera de cómo en Italia, por ejemplo, empieza a verse la figura más representada estatuariamente del país, Garibaldi, como lo que realmente fue, un mercenario cuya única patria, a la que amó y respetó, fue la del dinero que le pagaba la burguesía que lo había contratado.

Y para mayor placer imaginativo tal vez algún día se cumpla el sueño de Guy Debord que propuso

…reunir en desorden, cuando los recursos mundiales hayan cesado de ser despilfarrados en los proyectos irracionales que nos son impuestos hoy, las estatuas ecuestres de todas las ciudades del mundo en una planicie desierta. Esto ofrecería a los transeúntes -el futuro les pertenece- el espectáculo de una carga de caballería artificial, que incluso podría dedicarse a la memoria de los más grandes masacradores de la historia, desde Tamerlan a Ridgway.

.

NOTAS

1 Carlos Reyero: LA ESCULTURA CONMEMORATIVA EN ESPAÑA. La edad de oro del monumento público (1820-1914). Ed. Cátedra, Madrid, 1999.

2. C. Reyero en MATEO INURRIA y la escultura de su tiempo. catálogo de la exposición celebrada en Córdoba en 2007, pg. 129

2a. Fernández de Moratín, L. Obras póstumas. Madrid. Imprenta y Estereotipia de M. Ribadeneyn, 1867, pp. 16 y 17.

3. Álvarez Junco Mater Dolorosa, Ed. Taurus, pg. 32

4.Coincide con él catedrático de Historia del Arte de a Universidad de Zaragoza Manuel García Guatas: La imagen de España en la escultura pública (1875-1835). Ed. Mira, Zaragoza, 2009.

5. El artículo a que hace referencia se publicó en el Semanario Antiflamenquista EL FLAMENCO, dirigido por el propio Noel y que apareció en su número 3 de 26 de abril de 1914. Puede encontrarse en ESTE ENLACE

6. JULIO ANTONIO. Diputació de Tarragona, 1997

7. “A vueltas con Julio Romero de Torres”. A.D. Julio Romero de Torres desde la Plaza del Potro. Córdoba. Museo de Bellas Artes. Mayo-junio 1994, p. 139

8. Julio Antonio, 1969, p. 14. Recogido de Salcedo Miliani (p. 97).

9. Salcedo Miliani, JULIO ANTONIO, p. 107

9a. Alfonso Manuel Muñoz Rodríguez: El arte del siglo XIX en Córdoba. Rev. Arte, Arqueología e Historia, nº 8 (enero de 2001), pag. 28.

AVISO: ESTE TEXTO TIENE COPYRIGHT. LAS FOTOS EN SU INMENSA MAYORÍA HAN SIDO SACADAS POR EL PROPIO AUTOR Y SÓLO UN PAR DE ELLAS LAS HA RECOGIDO DE INTERNET A LA ESPERA DE PODER SACARLAS ÉL MISMO. SE TRATA DE LA NINFA DEL GUADALQUIVIR, EL BUSTO DE CASTEJÓN Y EL CARRIYING DE ESPALIU, UN PAR DE ELLAS LE HAN SIDO REGALADAS POR SUS AMIGOS G.M. Y F.G. A QUIENES AGRADECE SU GENEROSIDAD. LOS RECORTES DE PRENSA HAN SIDO EXTRAÍDOS DE LA PÁGINA DE PRENSA HISTÓRICA DEL MCU.

Anuncios

5 comentarios en “La cuestión de las estatuas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s