La cuestión de las estatuas

ENSAYO CÓMICO TAURINO FILANTRÓPICO SOBRE LA ESTATUARIA CORDOBESA CONTEMPORÁNEA

NOTA: Dada la extensión de este texto, quienes prefieran leerlo en su E-READER pueden descargarlo en formato EPUB en este ENLACE. Las únicas imágenes que contiene son las de los recortes de prensa. Para ver las fotos tendrán que venir de nuevo a esta página. De nada.

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Me lo dijeron anoche / las lenguas de doble filo. / Me lo dijeron anoche / y me quedé mu intranquilo. Lo que hicieron esas filosas lenguas y que me ha traído a este acusado estado de desasosiego en que me hallo fue propinarme la inquietante noticia de que se prepara un nuevo ataque estatuario contra los centros neurálgicos del equilibrio estético de la ciudad. Una terrible andanada de fuego graneado cebado con el anuncio de la próxima erección de tres nuevas estatuas en Córdoba. Una dedicada a las cordubensas pomporrutas imperialis en la persona del fundador de la ciudad romana, Claudio Marcelo, en impecable estilo Remordimiento, la espeluznante amenaza de proyecto de otra al Rey Santo Fernando III encaballado y blandiendo temible espada matamoros y una nueva edición de la que empieza a ser conocida como pesadilla belmontiana: nueva escultura folklofriki a los patios dedicada. El resultado ha precipitado en mi mente como en una rápida película, de esas que según dicen asaltan en el minuto final al moribundo, la tristísima historia de las relaciones de Córdoba con las esculturas urbanas. Una ciudad, por otra parte, que debió contar con la más importante estatuaria pública de la Península en la remota época en que fue capital romana de la Bética. Como demuestran los tres o cuatro trozos de algunas de ellas que se han encontrado en lo que fuera el foro republicano de la ciudad. Y antes de que ese cúmulo de imágenes e ideas momentáneamente puestas en movimiento en la turbina donde giran locas mis neuronas se pierda en el éter que sin consistencia material las rodea, como el agua torrencial de los uadis se pierde en el infinito estéril del desierto, me pongo en el afán de fijarlas en este otro éter de la red, de más asegurada longevidad, con la esperanza de procurar solaz y tal vez alimento didáctico a quien por azar con él se tope o por amistad o animadversión al autor se vea obligado a leerlo.

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LA ESTATUOMANÍA DECIMONÓNICA

La consolidación de los estados nacionales burgueses trajo a Europa una fiebre de erección de monumentos públicos, entre los que la escultura representativa tuvo un papel predominante en la gran mayoría las ciudades continentales. El sentido de esas erecciones no radicó tanto en una glorificación de la ciudad como en una autoglorificación de la propia burguesía dominante que la encargaba y que se autoconsideraba la quilla del progreso, sustanciada en la elevación de estatuas a personajes o incluso a conceptos de alto significado simbólico cuyas virtudes se suponían ejemplares para la ciudadanía desde el punto de vista de la moral y de la política imperante. Esa fiebre también se contagió prácticamente a todo el territorio estatal español a partir de la segunda mitad del siglo XIX, aunque muchas ciudades, lógicamente las más importantes, Madrid y Barcelona sobre todo, las erijan incluso antes de esa fecha. Como apunta Carlos Reyero 1 hasta la Ilustración y desde la Antigüedad y sobre todo en el Antiguo Régimen el sentido único del monumento público había consistido en la imposición en los espacios comunes de los símbolos del poder absoluto.  Serán las revoluciones liberales las que le confieran el nuevo sentido de sustento de ejemplaridad, belleza moral y proyección de valores edificantes para el conjunto de la colectividad. Siempre, claro está, desde el punto de vista de las necesidades simbólicas de la burguesía que había tomado definitivamente el poder. Por ello puede decirse que si bien cambia el sentido respecto a los tiempos anteriores no lo hace la intención y entenderlo implica aceptar que el mensaje ideológico que los justifica, y que trataba de difundirse permanentemente, constituye, esencialmente, un acto de autoridad 2.

Si no como una prueba al menos sí como un síntoma de la inoperatividad de la zángana burguesía cordobesa de entre siglos (los dos últimos del milenio), mayoritariamente cortijera frente a la industrial de otros lugares, se muestra en su incapacidad para hacer algo que la mayoría de sus hermanas de las otras ciudades españolas, incluidos muchos pueblos más o menos grandes, habían hecho: erigir monumentos públicos. Córdoba fue uno de los últimos lugares de España en erigir al menos una escultura monumental urbana. No incluyo, claro está, la escultura religiosa que en la ciudad tiene una especial representación en los triunfos de San Rafael, a los que se suma el Cristo de los Faroles, todos inscritos en una moda erectiva piadosa del siglo XVIII surgida siguiendo el modelo del triunfo de la Inmaculada Concepción levantado en Granada en 1631. Aunque esos triunfos también alcanzaran a horrorizar la delicada piel neoclásica de algunos viajeros del XVIII. Así Leandro Fernández de Moratín dejó escrito en un malafollesco viaje que hizo a la ciudad que si Roma fue célebre por sus triunfos, Córdoba no lo es ciertamente por los suyos. Así se llaman aciertos armatostes de mármoles, llenos de hojarascas y garambainas, que a cada paso se hallan por las plazas y sitios públicos, dedicados a San Rafael, cuya imagen dorada corona la punta de esos extravagantes monumentos 2a.

Un rápido repaso demostrará esto que estoy diciendo. Estas son las poblaciones menores que Córdoba que erigen estatua a hijo ilustre antes de la entrada del siglo XX: Guetaria (Elcano, 1861, que sustituyó a otra de destruido en 1836 durante las guerras carlistas), La Coruña (A Guarda, 1890), Salamanca (Fray Luis, 1868), Motrico (Churruca 1865), Azpeitia (Ignacio de Loyola, 1866) , Cádiz (Columela, 1842 y Obispo Moreno, 1859, Vic (Balmes, 1848), Alcalá de Henares (Cisneros, 1864, Cervantes, 1879), Murcia (Floridablanca, 1849), Santiago (Méndez Núñez, 1868, Canónigo Figueroa, 1896), Valladolid (Cervantes, 1877), Avila (Sta. Teresa, 1882), Santander ((Daoiz, 1880), Gijón (D. Pelayo, 1881), Cartagena (Colón, 1883), Salamanca (Colón, 1893), Zamora (Viriato, 1884), Castellón (Jaime I, 1893), Tarragona (Roger de Lauria, 1883), San Sebastian (Oquendo, 1883), Medellín (Hernán Cortés, 1889), Pamplona (Los Fueros, 1893), Logroño (Espartero, 1885), Reus (Prim, 1893), Orense (Feijoo, 1889), Durango (Astarloa, 1886), Gijón (Jovellanos, 1891), Vigo (Méndez Núñez, 1890 y Eduayen, 1896), Vivero, Posada de Llanes y Utrera (Clemente de la Cuadra, 1889).

Mientras tanto la burguesía de Córdoba, probablemente la ciudad con mayor número de hijos ilustres de talla universal de España, dicho sea sin pasión chovinista alguna, no tenía las agallas –desde el punto de vista de sus propios retos- suficientes para hacer perdurar memoria marmórea o broncínea de ninguno de ellos. Tal vez, y muy piadosamente, podría achacarse esa inoperatividad de nuestra burguesía al hecho de que mientras las de las demás ciudades buscaban enaltecerse mediante el regurgitamiento de unas glorias históricas que sirvieran de cemento para el edificio nacionalista en que estaban empeñadas, el 2 de Mayo, la Reconquista, la invasión de América, los Fueros, etc., el periodo más digno de enaltecimiento de la ciudad, en el que alcanzó la cumbre de su poder y de su esplendor fue aquel en que dejó de ser católica. Lo suyo hubiera sido levantar, según unos presupuestos nacionalistas integradores, estatua a Almanzor, el militar que llevó a su máximo poder al estado andalusí de la que fue capital, o a Abderraman III, monarca que la convirtió en corazón de un califato y la segunda ciudad más grande y hermosa del mundo, porque probablemente no se pueda encontrar en su historia cristiana personajes que se les puedan comparar. Sólo que el nacionalismo que se estaba fijando, una vez independizada por las revoluciones liberales la idea de nación de la de monarquía propietaria y el ser nacional convertido en instrumento de propaganda política, y al que cada ciudad aportaba su granito local era un nacionalismo excluyente, de raíces estrictamente católicas, un nacionalcatolicismo modernizado en menor o mayor grado, y en cuya conformación orgánica nuestros más grandes personajes históricos representaban -y aún hoy representan en buena medida- el papel de enemigos de la patria cardinal, la Antiespaña. Es sintomático, como apunta agudamente Álvarez Junco, que en la plaza de Oriente de Madrid se alce la estatua de Ataulfo, que pasa por primer rey español, pese a que tal caudillo nómada apenas llegara a pisar la esquina nororiental de la península Ibérica en los postreros meses de su vida y no figuren en cambio los Omeyas cordobeses, dominadores de la mayor parte de la Península durante más de tres siglos 3.

No sólo se trata de la España que pintara Gerald Brenan en su Laberinto Español, escrito en 1943, pero que perfilaba nítidamente el régimen caciquil bipartidista de la I Restauración, tan parecido al actual, fruto de la segunda parte de la II Restauración Borbónica, sino también de la Córdoba que retrataran con maestría dos perspicaces artistas, Darío Regoyos y Pío Baroja, que visitaron la ciudad juntos durante apenas diez días de 1905 pero que captaron cada uno con sus herramientas, uno el pincel, otro la pluma, los matices más descarnados de la ciudad. Con la inestimable ayuda, por cierto, de la crema intelectual y artística local del momento, Mateo Inurria, Rafael Romero de Torres, Teodomiro Ramírez de Arellano y probablemente otros que se reunían en la muy recientemente abierta por entonces Escuela de Bellas Artes, de la que Inurria fue su primer director.

El primer retrato, el de Regoyos es anterior a esa fecha y debió realizarlo en una previa visita a la ciudad hacia 1903.  En ese cuadro, una honda perspectiva de la calle Santa María de Gracia desde la plaza de San Lorenzo, el pintor vasco-asturiano supo magistralmente captar y plasmar, con técnica que augura el expresionismo, sus impresiones de la ciudad, un momento congelado de un ambiente espectral en el que a la tópica luminosidad diurna meridional y su no menos tópica alegría vital contrasta un tenebroso territorio moral, una geografía humana de señoritos a caballo, curas y enlutadas mujeres bajo la luz de los faroles y la de un cielo rojizo y mortecino contra el que se recortan los vigilantes ojos de la siniestra espadaña de la iglesia. Una iglesia que fue derribada en los años 70 del siglo pasado. Es curioso que usara exactamente la misma paleta y la misma técnica para plasmar una vista de la calle que da al Darro en Granada, la ciudad de destino hermana de Córdoba. Ambas obras forman parte del espíritu del país retratado en su  España Negra, que publicara pocos años antes (1899) mano a mano con el pintor belga Émile Verhaeren. Podríamos decir que más que simples vistas callejeras ambos cuadros son retratos psicológicos, morales, de un mundo que se resistía poderosamente a entrar en la modernidad. Para mí y en el caso del de Córdoba, mucho más penetrante psicológicamente que el universo simbólico de la ciudad que muy pronto desplegaría Julio Romero.

Por su parte Pío Baroja captaría la personalidad y el estado moral de la ciudad en una novela. La feria de los discretos desarrolla su trama en la Córdoba de 1868 pero la que queda retratada en ella es la ciudad que el propio Baroja conoció y la que le mostraron sus amigos. Baste esta descripción de los dueños de la ciudad como botón de muestra: si la aristocracia local está compuesta principalmente por una turba de alcoholizados y de enfermos, productos podridos por la vida viciosa y los matrimonios consanguíneos, la burguesía la compone una turba de abogados, militares, de curas, de prestamistas, entre la que no hay hombres que empujen para adelante. En la novela Baroja no se limita a enumerar las dolencias de la triste ciudad, sino que la eviscera magistralmente con el afilado bisturí de su pluma.

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EL PERIODO DUBITATIVO

Aunque se considera comúnmente como la primera escultura urbana glorificadora de un personaje local el busto que realizó en 1895 Mateo Inurria del fundador del Colegio de la Asunción, Pedro López de Alba, se olvida el pequeño detalle de que fue encargado y se colocó en el patio de dicho colegio (hoy Instituto Góngora), un espacio estrictamente privado.

Hubo una oportunidad en 1904, cuando en la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese año se premia con la medalla de oro el conjunto escultórico de Eduardo Barrón La educación de Nerón, que representa a un viejo Séneca instruyendo a un desganado joven emperador. Aunque la escultura de escayola era un modelo para ser fundida en bronce no he conseguido averiguar si en Córdoba se hizo alguna gestión para que se hubiera erigido en ella. La historia de ese conjunto escultórico es conocida. Cedida al Ayuntamiento de Córdoba por su propietario, el Museo del Prado, penó en los vestíbulos municipales de dos edificios durante décadas hasta que tras ser reclamado y devuelto a Madrid (2005) para su restauración fue cedido de nuevo al Museo de Zamora por cinco años, lugar donde luce hoy en todo su restaurado esplendor y donde sus cuidadores siguen, a nada que se los provoque, echando pestes de los cordobeses que casi se cargan la obra cumbre del más alto artista hijo de la tierra. Antes de despedirse de Córdoba el conjunto se dejó escanear para permitir hacer una copia en bronce que costearon a medias la Caja de los Curas (Cajasur) y el Ayuntamiento (2007). Hoy luce completamente empequeñecida en mitad de ninguna parte, una enorme rotonda que divide la gran avenida que lleva a la estación del AVE, aunque eso sí, un lugar, según el teniente de alcalde de cultura del momento y Catedrático Aficionado de Situacionología Aproximativa Grecorromana por la prestigiosa Universidad de Yale-digo, la mar de romano, que por eso fue elegido. Sus explicaciones pasarán probablemente por méritos propios a la antología universal del humor cultural involuntario. Por otra parte puede decirse que Córdoba es la única ciudad del mundo que tiene erigida estatua a un personaje histórico tan poco digno ello como Nerón.

Yo creo que lo más sensato hubiera sido hacer la copia exacta, es decir en escayola o imitación, con sus policromías originales, y haberla situado en donde se ubicó en los últimos años, en el vestíbulo del Ayuntamiento, en el que se la encontrarían cotidianamente todos los paisanos que penetraran en la casa de todos a hacer sus gestiones y los turistas debidamente avisados.

El caso es que se sucedían los años del siglo XX y a Córdoba se le pasaba el arroz de erigir escultura glorificadora alguna a alguno de sus muchos hijos ilustres. Aún no lo había hecho cuando, según el máximo especialista en monumentos conmemorativos, Carlos Reyero 4, comenzaba el declive del monumento conmemorativo en España por influencia de las corrientes europeas vanguardistas antiautoritarias surgidas por impacto de las terribles consecuencias de la Gran Guerra. No en vano su estudio sobre la edad de oro de la escultura conmemorativa en España como anuncia en el propio titulo de su libro va de 1820 a 1914, año este último en que en Córdoba aún no se había levantado ninguna. En España se cerraba un ciclo de febril erección de estatus siguiendo los pasos de lo que ocurría en el resto de Europa, en la que durante ese mismo periodo de desató una epidemia erectiva que el especialista francés Maurice Aghulon calificó de verdadera estatuomanía.

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LA BROMA “LAGARTIJO”

Pero fue precisamente en los alrededores de ese año de 1914 cuando saltó la liebre y tuvo que ser desde fuera desde donde se hiciera una propuesta. Un grupo de intelectuales y artistas se reunieron en el Ateneo de Madrid a finales de 1910 y convencieron –o él se ofreció- al escultor tarraconense (aunque varios periódicos lo hacen erróneamente nacido en Córdoba) Julio Antonio para que esculpiera una estatua al torero Lagartijo con el fin de que se le erigiera un monumento. O algo parecido, porque los detalles entresacados de la prensa nacional de la época son confusos. El 7 de diciembre de ese año el Diario de Córdoba lo publicaba con esmerados tonos de chisme e introduciendo algunas pequeñas maldades y probables falsedades como la improbable caída del caballo extranjerizante de Pío Baroja en el camino de vuelta de un viaje a Italia y su milagrosa conversión al casticismo, patriótica exaltación de la fiesta nacional taurómaca incluida. Lo de que esa reunión tuviera lugar en el Ateneo tenemos que suponerlo acudiendo a que poco después, y una vez que el proyecto de escultura al matarife fino cordobés está listo toda la prensa nacional se hace eco ya del asunto y se organiza una fenomenal polémica en la que uno de los anatemas que lanzan los detractores es que esa hirsuta idea de levantar estatua a un torero hubiera surgido en un templo de la cultura como el Ateneo.

Así, en el diario católico El Restaurador, con fecha de 27 de abril de 1912, encontramos el siguiente hondo lamento con título Lagartijo y firma de Lisardo:

EL RESTAURADOR

Y finaliza con una certera pulla: La verdad es que reunirse en el Ateneo para acordar la erección de una estatua a Lagartijo equivale a tanto como congregarse oficialmente en “ca la Choriza” para discutir el bloqueo de los Dardanelos o las negociaciones franco españolas.

Poco a poco el peso de la carga de risibilidad o indignación que el asunto levanta entre periodistas e intelectuales de todo el país empieza a recaer sobre los hombros de los inadvertidos cordobeses, de manera que las expresiones más repetidas en la prensa a partir de la primavera del 12 pertenecerán ya a la familia de la cuña Córdoba pretende levantar estatua a un torero. En los meses siguientes se sucederán los comentarios en la prensa de todos los rincones de España sobre el asunto. Unos -los menos- serán laudatorios para la idea, otros lo considerarán un escándalo y otros lo tomarán directamente a guasa o lo usarán como elemento satírico acumulado en listas de despropósitos. De este último género encontramos un ejemplo en el semanario satírico GEDEÓN de 23 de junio de 1912 en los siguientes versos: A Lagartijo una estatua / a Benavente un sillón; / y es que morir recibiendo, / del toreo, es lo mejor.

En el campo de la indignación encontramos por ejemplo este breve de La Regeneración de 24 de abril de 1912:

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O en este tremendo alegato incluido en el liberal diario El Progreso de 30 de abril de 1912:

lagartijo_05Nos topamos también a veces con sentimientos híbridos que juegan más finamente con el choteo. Así, el 2 de mayo de 1912 encontramos el siguiente suelto en El Diario Palentino: Esta reivindicación era muy propia de nuestros tiempos democráticos. Les debíamos esta reparación. Al fin y al cabo un torero se juega la vida por divertirnos. Y hemos levantado estatuas a muchos que jugaron con la nuestra para su propia satisfacción.

En el campo de los antitaurinos encontramos en el diario La Región de Palma de Mallorca del 9 de mayo de 1912 una perlaca firmada por el escritor y regeneracionista Antonio Zozaya con cita obligada de Eugenio Noel 5. El comienzo no puede ser más sintomático del espíritu revuelto de la época: Nuevamente se insiste en la idea de alzar un monumento a Lagartijo. Parecía olvidada tan peregrina iniciativa cuyos defensores arguyeron para su pro un bizarro argumento: “Tienen estatua muchos ladrones; ¿por qué no ha de tenerla quien a nadie en el mundo hizo mal? Y en lo referente a Córdoba nos hace el favor de proponer que ya que …Somos así. Elevando esa efigie, nos veremos tal como nos hizo el flamenquismo… Es una efigie que nos hará bajar los ojos avergonzados, que hará el inventario de nuestras desdichas. ¿Quién es el artista que no ve en la torería la síntesis de una raza degenerada, convulsa, que ve hoy gigantes en los toros, como un tiempo los vio en los molinos de viento de Esquivias? Tiene razón Noel; conviene que se eleve la estatua a Lagartijo. Pero yo propongo que no sea en Córdoba, en donde aún no la tienen ni Séneca ni Maimónides, sino en Madrid y en uno de los cuatro ángulos de la plaza de Castelar.

Pero el alegato más furibundo, una verdadera joya del antitaurinismo más feroz lo encontramos en el diario obrerista de Alicante, Alicante obrero del 9 de febrero de 1915:

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Como el resto del artículo no tiene desperdicio y es demasiado largo, recomiendo al curioso que quiera leerlo entero lo busque en la página web de Prensa Histórica del Ministerio de Cultura. O descargarlo directamente AQUÍ.

No es de extrañar que algunos de los intelectuales de la cuerda anticastiza de Córdoba se sintieran molestos por la imagen de estolidez que a nivel nacional se estaba dando de la ciudad, tanto más cuanto que la idea de levantar estatua al matarife fino ni siquiera había surgido en Córdoba, ciudad acreditadamente prolífica en hijos de altos méritos pero mezquina u holgazana como hemos visto en el apresto a levantarles estatua fueran cuales fuera los que les asistieren. Así en el Diario de Córdoba de 24 de mayo –en plena feria, pues- un anónimo redactor se deja caer con una entre irónica e indignada columna plena de sensatez y retranca, La cuestión de las estatuas, título que he aprovechado en este trabajito precisamente para homenajearla. Comienza así:

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Pasa seguidamente a explicar los hechos que consisten según él en que un escultor de fama quiso hacer un regalo a la ciudad en la forma de un elemento decorativo para que se colocara en cualquier rincón de la misma y que ese regalo consistió en una estatua de Lagartijo como podría haber sido cualquier otra cosa. El redactor no lo dice, ni lo sugiere, pero yo veo una velada alusión al hecho de que Córdoba –la pobre- no tuviera a esas alturas del siglo XX una estatua que echarse al orgullo.

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Seguidamente y muy finamente -o al menos eso me parece a mí- el dolido redactor clava el carácter cordobés cuando señala lo que, una vez vista la imagen reproducida y alabada en su vertiente artística por unanimidad en la prensa nacional, más pareciera preocuparles a nuestros paisanos:

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Una preocupación que atiende a la principal pasión cordobesa, el peguismo, no la que se refiere a la palabra local por antonomasia, el pego, sino a la ampliamente acreditada de dogmático dictaminador de lo que pega y lo que no pega en todo lo que se hace en la ciudad.

Nuestro brillante columnista propondrá un tratamiento de choque que detenga de raíz la infección de las insidias contra la ciudad, una demostración contundente de que Córdoba es una ciudad normal y no esa guapa pero un poco retrasá que pretenden pintar los listos del norte, proponiendo su redención mediante una sencilla operación de higiene cultural:

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Seguidamente el articulista se ve obligado a derramar cubetas de elogios sobre el matarife fino cordobés, para dejar claro que contra él no va la cosa, pero que lo primero es lo primero:

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Esta confusa historia que hemos recorrido a lomos de la prensa del momento la recoge sucintamente Antonio Salcedo Miliani en su monográfico sobre el escultor Julio Antonio 6. Ahí se sugiere que la idea de esculpir al torero cordobés surgió, aparte del deseo mostrado por aquel grupo de intelectuales ateneístas, de la estrecha amistad que el escultor tarraconense mantenía con Julio Romero de Torres que sería quien le proporcionaría fotografías y le asesoraría en la mejor forma de representarlo. De hecho la escultura del torero que finalmente surgió del genio de Julio Antonio como ensayo para la realización del monumento está directamente emparentada con otra imaginaria pintada ese mismo año de 1911 por Julio Romero como fondo del retrato que hizo de Machaquito. José María Palencia 7 ha señalado la dependencia de esa representación de la tipología de obras clásicas, inspirada directamente en el David de Miguel Ángel.

La obra se presentaría en 1912 en el Ateneo a un grupo de intelectuales que quedaron impresionados por la calidad de la escultura, aunque finalmente, como nos dice Salcedo, no llegó a realizarse porque en Córdoba, ciudad de origen del torero y donde debía erigirse, se creó un comité en contra de la creación del monumento.

Yo no he conseguido encontrar rastro alguno de ese comité… tan sólo la columna del Diario de Córdoba. Es más, lo que sí parece que se creó fue un comité para todo lo contrario, para recoger fondos para su realización. Así parece deducirse de una nueva columna publicada el 10 de agosto de 1912 del mismo redactor en la que repite punto por punto la anterior de mayo aunque lo justifica en un prologuillo porque:

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Al final no he conseguido fijar la causa por la que el monumento no se hizo, si por la apatía y holgazanería intelectual secular que arrastraba la ciudad y su poco espíritu cívico-urbanístico o por las protestas, fueran el número que fueran –escaso de todos modos- de un cogollito de anticastizos locales. La prueba está en que desde fuera se seguía insistiendo según leemos en una carta que cita Santos Torroella 8 fechada el 26 de diciembre de 1914 y que firman un grupo de intelectuales y amigos en la que planteaban organizar una corrida de toros con el fin de recabar fondos para levantar una estatua colosal en bronce a Lagartijo en Córdoba. Entre ellos destacan Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala, Enrique y Tomás Borrás, Sebastián Miranda, Luis de Tapia, Luis Bagaria, Federico García Sanchiz y Enrique Lorenzo Salazar. Lo que el castizo madrileño llamó la crema de la intelectualidaz…

Esa corrida parece que se iba a celebrar en Alicante, lo que aún no había sucedido a principios de febrero del año siguiente, aunque la amenaza crece. Así volvemos a encontrar en el Diario de Córdoba de 8 de febrero de 1915 la siguiente nota:

FEBRERO

Y aún más alarma al día siguiente, 9 de febrero, cuando encontramos otra nota en la que se vuelve a insistir en lo mismo y ya se da fecha para la corrida de Alicante:

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Así pues el proyecto de erección de la primera estatua en la ciudad como alternativa a la de Lagartijo, la del Gran Capitán, ya está en marcha e incluso hay quien piensa que la aceleración de su proyecto tiene que ver precisamente con la carrera que se había establecido con la de Lagartijo. En esta pieza maestra de columnismo firmada por el escritor y periodista José Luis Pinillos Pármeno así aparece. La columna apareció originalmente en El Heraldo de Madrid pero el Diario de Córdoba la reproduce con una nota aclaratoria al final. Como es muy largo he eliminado la primera mitad, en la que con sorna maestra se ríe de la desgracia del conocido caricaturista Bagaría por haber fracasado en su intento de organizar la corrida de Alicante y quedarse sin estatua a Lagartijo en Córdoba. Aquí, pues, se aclara más o menos el desenlace de la historia con el punto de que el escritor sevillano responsabiliza humorísticamente al dibujante de haber conseguido a cambio la erección de la de El Gran Capitán.

PARMENO

Aparte de la anécdota de la ocurrencia de Lagartijo de hacer gazpacho en un pozo una noche de putas, llama la atención el pundonor del plumilla cordobés que, saltando por encima de la fina ironía parmeniana, remata el artículo del autor obligándose a negar la relación entre el fracaso de Bagaría y el Gran Capitán, dado que el proyecto de erección de estatua al militar montillano se preparó unos años antes.

Es curioso que ese mismo 20 de febrero aparezca la noticia en el propio Diario de Córdoba de que el alcalde, acompañado de los miembros de la comisión pro monumento al Gran Capitán, realizaron una ronda de visitas a los principales organismos culturales y sociales de la ciudad, así como a los más importantes comercios, para recabar fondos para el proyecto.

A partir de este momento se van apagando los ecos en la prensa del frustrado proyecto. Sólo de tarde en tarde alguien lo recuerda enmarcado en otros temas, como este columnista del Diario de Alicante de 2 de agosto de 1915 quien en una semblanza de Julio Antonio se lamenta de que el gran público sólo lo recuerde como el autor de aquel proyecto de estatua que unos humoristas desenfadados quisieron levantar a Lagartijo en Córdoba, o este otro en el Diario de Córdoba del 19 de marzo del mismo año que se lamenta de que la prensa de Madrid se haga eco con sorna de que la primera estatua que se iba erigir en Córdoba fuese la de un torero para mofarse de nuestra ciudad (sin mencionar que la idea fue traída por unos ateneístas de la capital) y no de la catástrofe ocurrida en una mina de la provincia.

Sea como sea, aunque no se formase ningún comité contra la erección de la estatua a Lagartijo sí que hay que resaltar la existencia de intelectuales en la ciudad que pudieran horrorizarse ante la tan repugnante idea de ensalzar como si de una gloria que encarnase las virtudes cívicas, intelectuales o políticas de la ciudad a un matarife fino. Y como punto negativo el que la ciudad perdiese la oportunidad de contar con una escultura -independientemente de su simbolismo- del gran escultor Julio Antonio. El ensayo de esa escultura se halla hoy en el Museo de Arte Moderno de Tarragona y presenta al torero en pose heroica como un matador de monstruos de la mitología griega, con la cabeza de su víctima a los pies, en este caso un toro.

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LAS CUOTAS CACIQUILES

Pero no sería el monumento a El Gran Capitán el que iniciara la muy tardía subida al carro nacional de la estatuaria urbana de Córdoba, sino que ese honor lo tendría un monumento a un político: el ministro Barroso y Castillo. Y además esa entrada se hará arbitrando, no se sabe si consciente o inconscientemente, un sistema de contentamiento por representación cuotal de las diferentes castas caciquiles que controlaban con mano de hierro el caudal económico, el social y, claro está, el simbólico de la ciudad. El caciquismo y sus aliados levantaron en el primer cuarto del siglo XX, en la cima de su poder, para autoglorificarse y dejar sentado que no sólo eran los amos del caballo, del cortijo y del fusil, sino que también tenían el monopolio de la emisión de simbología urbana, cuatro monumentos a mayor gloria de las virtudes en las que pretendían sustentarlo.

Así, salvando algún busto colocado discretamente en jardines públicos, como el que representa a Martínez Rucker (1925) y al propio Mateo Inurria (1928) ambos ubicados en los jardines de la Agricultura los cuatro grandes monumentos erigidos entre 1918 y 1929 se alzarán a cada una de las cuatro castas principales dedicado. El primer homenajeado sería el estamento político mediante la erección de un aparatoso aparador obra de Mateo Inurria al cacique político Barroso y Castillo, ministro de la corona, y que tras dominar por años el cotarro electoral de la ciudad había fallecido en 1916, por lo que hubo que organizar la colecta a toda prisa, haciéndola primar incluso sobre el ya en marcha proyecto de monumento al Gran Capitán. La casta militar será la siguiente agraciada por el que ya se hacía eterno monumento al militar montillano (1923). La casta clerical contará pronto (1927) con la erección de estatua a uno de los suyos, el obispo Osio. Y por último la casta intelectual tendrá su homenaje en la erección de estatua al Duque de Rivas (1929). Es curioso que una generosa concesión compensatoria del régimen caciquil a las masas populares hambrientas podría haber sido precisamente la erección de monumento a un héroe popular, encarnado entonces en el torero Lagartijo. Pero ya hemos visto cómo incluso ese simbolismo había sido absorbido por los intelectuales del régimen, que fueron los que lo propusieron y no precisamente como concesión al pueblo, sino porque hasta eso le andaban robando, el culto a sus propios héroes, como una más de las maniobras extractivas a las que secularmente las castas dominantes lo han sometido.

Si entre la ciudad y sus estatuas se establece una relación de representatividad, en la Córdoba de la Restauración tardía puede decirse que esa representatividad se la arrogan los poderes fácticos del momento: caciques, militares, curas e intelectuales reaccionarios. Claro que habría que ver cómo interpretar en los últimos 30 años -tras la reinstauración de la democracia formal, gobiernos comunistas incluidos- el asentamiento de esa relación de representatividad si tenemos en cuenta que las únicas esculturas, nueve en total, a personajes reales erigidas en la ciudad lo han sido uno a un personaje de clara adscripción franquista (Matías Prats), un escultor cofrade (Juan de Mesa), un torero (Lagartijo), un alcanforado rapsoda (Luis Navas), cinco curas (El Padre Ladrillo, Cosme Muñoz, Juan Bosco y los fundadores de la escuela de Jesús Nazareno y de la Trinidad) y una monja (Emilia de Rodat).

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BARROSO Y CASTILLO

El monumento a Barroso y Castillo le fue encargado a Mateo Inurria que, tal vez pensando que no se iba a ver en otra así, diseñó un aparatoso aparador muy del gusto de la época en la que junto a la figura sedente del faraónico político cordobés colocó las esculturas alegóricas del Arte, el Trabajo, la Agricultura y el Comercio. Se inauguró el 24 de octubre de 1918.

Eran aquellos tiempos revueltos en que las masas obreras y campesinas empezaban a tomar conciencia de su fuerza frente al poder explotador de la salvaje burguesía que soportaban y a luchar con decisión contra la red clientelar del caciquismo que les robaba sistemáticamente su representatividad. No sabían aún que cuando esa burguesía se sintiera verdaderamente en peligro no dudaría, azuzada además por la Iglesia, en organizarles un buen escarmiento lanzándoles los afilados dientes de sus perros guardianes: su ejército, que por el momento estaba entretenido matando moros. Pues eso exactamente fueron los golpes de 1923 y 1936.

Pero mientras avanzaban de victoria en victoria. Entre 1916 y 1919 se sucedieron una serie de movilizaciones sindicales con huelgas y manifestaciones. En marzo de 1916 10.000 obreros (qué sindicato tiene hoy los riles de juntar tantos) tomaron el centro de la ciudad y asaltaron el Ayuntamiento. El 8 de marzo de 1919 en el transcurso de una de las manifestaciones las masas calentadas y enardecidas apedrearon el Círculo de la Amistad, el Círculo Mercantil y el Círculo de Labradores, los tres circulitos del poder de los caciques y después se dirigieron a los Jardines de la Agricultura a presentarle sus respetos al flamante símbolo monárquico-burgués. Del monumento a Barroso y Castillo no quedó ni una china. Cinco meses duró el pobre en pie.

Hombre, yo reconozco que estuvo muy feo eso destruir tan valiosa obra de arte, pero, a ver, es que los caciques tampoco ponían nada de su parte y se dedicaban nada más que a tocarles los perejiles a los pobres obreros, explotándolos leoninamente, matándoles de hambre, robándoles las elecciones, mandándoles a los guardias cuando abrían la boca, en fin, que no digo yo que los obreros no se portaran como unos cafres, pero que, vamos, es que la burguesía… se lo estaba buscando. ¿Qué les costaba hacer un poquito la vista gorda a la revolución?

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EL GRAN CAPITÁN

Ya hay que tener mala suerte para que el primer monumento cívico-burgués erigido en la ciudad no durase ni medio año. Córdoba volvía a ser la bravía del refrán, cambiando las librerías por estatuas. Pero si el símbolo de la casta política había desaparecido violentamente, tocaba ahora probar suerte al símbolo de la guerrera gente cordobesa. Así que si el del matarife fino no pudo hacerse se hará el del otro, éste con dedicación a sus propios congéneres en lugar de a nobles y hermosos animales: el sembrador de calamidades Gonzalo Fernández de Córdoba, alias El Gran Capitán.

Mire usted por dónde tenía que ser esta ciudad (o un pueblo de la provincia, no vamos a discutir por unos kilómetros más allá cuando de engrandecer a la patria se trata) la cuna del superenaltecido guerrero medieval que reformó el ejército español, convirtiéndolo en el ejército profesional que cubriría los siglos siguientes de ensangrentada gloria al Imperio Español. Un ejército que al mando de nuestro ilustre paisano arrasó primero las feraces vegas malagueñas y granadinas y tomó a sangre y fuego las ciudades del reino de Granada para unificar política y religiosamente el solar hispano bajo la égida de los Reyes Católicos. La población de Málaga al completo fue esclavizada y repartida su propiedad entre los guerreros. La familia de nuestro glorioso paisano se convertiría así en la mayor poseedora de esclavos moriscos del reino, lo que proporcionaría la otra gloria, la del dinero contante y sonante, con que esa ilustre casa mantuvo durante los siglos siguientes su poder y su prestigio. Que una vez aniquilada y esclavizada la morisma se trasladó al sur de Italia, otro sur pobre y desgraciado como el nuestro, a llevar más sangre y más fuego, más muerte y más destrucción para alimentar los primeros delirios imperiales (las pomporrutas imperiales del maestro Forges) de nuestro recién estrenado Estado Unificado. En la peana del monumento están grabados los nombres de los lugares devastados. Tal vez en ellos se acuerden también de don Gonzalo, aunque supongo que de diferente forma.

Como bien decía el Diario de Córdoba la idea del monumento se gestó en 1909 cuando un comandante de Ejército lo propuso al Consistorio y al propio Estado. Y aunque parece ser que la obra fue encargada desde primera hora al escultor cordobés Mateo Inurria, que ya por entonces andaba cosechando las mieles del éxito en la Villa y Corte, tras haber pasado muchos años recluido en el ambiente provinciano local, y que fue quien finalmente la ejecutó, se conserva una carta fechada el 8 de febrero de 1915 en la que Julio Romero escribe desde Córdoba a su amigo del alma Julio Antonio, incitándolo a que le pisase el proyecto a su paisano del que habla en términos bastante desagradables. También tengo que decirte que aquí se trata de hacer la estatua del Gran capitán y quieren que la haga, por el encargo, el mamarracho de Inurria. Le dice también que como además de la suscripción popular el estado pondrá 5000 pesetas para sufragar la obra, debería exigir en prensa que se hiciese un concurso público. Es una cosa que por el bien de Córdoba debías hacer y empezar un proyecto enseguida, concluye 9.

Es cosa sabida en Córdoba la enemistad que unía a los dos artistas cordobeses, el escultor y el pintor. Se viene contando de padres a hijos a través de los decenios que ambos, Julio Romero y Mateo Inurria solían acudir cada uno a una taberna de la Fuenseca que estaban una enfrente de la otra y que desde la barra se insultaban a grito pelado sin que ninguno de los dos osara salir a hacerlo a la calle.

No parece que Julio Antonio se pusiera siquiera a manos al proyecto, que finalmente realizó Inurria. La obra como tal es magnífica y representa al guerrero a la manera de un condottiero italiano. El autor consiguió un hermoso efecto combinando el bronce del caballo y la armadura con el mármol blanco de la cabeza, que por cierto y como compensación a que al otro matarife, Lagartijo, se le había ninguneado estatua, nuestro escultor usó la suya. Lagartijo sí o sí. Dos formas de matarifismo fusionadas en un sólo espíritu estatuario. El tema de que si la cabeza del guerrero es o no la de Lagartijo siempre estuvo envuelta en polémica y la tesis final que se alzó victoriosa fue la de que se trató de una leyenda popular. Me da a mi en la nariz que esa leyenda fue creada ex profeso por los ilustrados locales, avergonzados por esa sacrílega simbiosis, para poder negar realidad a lo que es una evidencia palmaria a nada que se comparen ambas cabezas y refutarla más cómodamente.

Esa relación entre los dos personajes parece que fue mucho más allá de esa fusión estatuaria y debía estar en la mente de Julio Romero además de en la de Inurria porque se conserva en el Museo de Arte Moderno de Tarragona (MAMT) una prueba para grabado de Julio Antonio inspirada directamente en la iconografía julioromeresca y que devendría tópico para la eternidad, titulada Homenaje a Córdoba (1911) en la que acompañando a una mujer desnuda con mantón de manila, que representa a la ciudad de la Mezquita, aparecen a sus lados dos personajes que son claramente, el de la izquierda El Gran Capitán perfectamente acorazado, y el de la derecha el torero Lagartijo de traje de luces cuya pose copia la del pintado por Julio Romero en su cuadro Machaquito.

HOMENAJE

Se inauguró en 1925 en la confluencia de la Avenida del Gran Capitán (hoy Bulevar) y la Ronda de los Tejares, justo frente de donde hoy se alza la mole de Nuestra Señora de El Corte Inglés. Dos años después se trasladaría a su actual emplazamiento en la plaza de las Tendillas, recién inaugurada como culminación del Ensanche que la burguesía cortijera cordobesa se había, tardía, como todo muy tardiamente, regalado arrasando salvajemente parte del casco histórico de la ciudad. Como si no hubiera tenido espacio extramuros para haberlo hecho más cómodamente. Claro que teniendo en cuenta que incluso hubo un proyecto para continuar la avenida del Gran Capitán casco antiguo a través con el fin que comunicar directamente la estación de ferrocarril con la Mezquita llevándose para adelante la iglesia fernandina de San Nicolás y parte de la Judería, podemos darnos con un canto en los dientes porque no hubiera contado con más riles, y sobre todo con más dinero, para seguir regalándose.

Me imagino lo que se sentiría atañido el pueblo llano de Córdoba de aquellos años por la erección de un monumento a semejante héroe, en el dudoso caso de que tan siquiera alcanzaran a saber quién era (en realidad eso no ha cambiado nada). La pobreza más absoluta y el analfabetismo se cebaban en las clases populares de aquellos años y la lucha feroz por la supervivencia cotidiana llenaba todas sus expectativas. Y desde luego siempre que podían intentaban derribar de sus pedestales los símbolos de sus opresores como acababan de hacer con los del político monárquico. ¿Sería esa la causa del traslado del de El Gran Capitán? ¿Buscarle un lugar más recogidito, más a salvo de la iras del populacho hambriento y reivindicativo?

Hoy la escultura, El Caballo, como todo el mundo lo conoce, ha perdido todas las connotaciones en la mente de los ciudadanos y sólo representa un adorno urbano más, especialmente entrañable porque todos hemos crecido con su presencia majestuosa en la plaza del pueblo que ha sido siempre Las Tendillas. Pero no está mal conocer su origen y su significado primigenio. Aunque desde luego lo ideal sería que la historiografía divulgativa lo mostrase con su justo semblante, a la manera de cómo en Italia, por ejemplo, empieza a verse la figura más representada estatuariamente del país, Garibaldi, como lo que realmente fue, un mercenario cuya única patria, a la que amó y respetó, fue la del dinero que le pagaba la burguesía que lo había contratado.

Y para mayor placer imaginativo tal vez algún día se cumpla el sueño de Guy Debord que propuso

…reunir en desorden, cuando los recursos mundiales hayan cesado de ser despilfarrados en los proyectos irracionales que nos son impuestos hoy, las estatuas ecuestres de todas las ciudades del mundo en una planicie desierta. Esto ofrecería a los transeúntes -el futuro les pertenece- el espectáculo de una carga de caballería artificial, que incluso podría dedicarse a la memoria de los más grandes masacradores de la historia, desde Tamerlan a Ridgway.

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OSIO

El siguiente pago de cuota de gloria fue para los curas. El nacionalcatolicismo comenzaba por entonces su reestructuración para adaptarse a los nuevos tiempos parlamentarios para evitar ser engullido por la modernidad ilustrada que parecía que por fin acababa entrando por las ventanas que empezaban a abrirse del país. Unos años más tarde no dudó en romper la baraja del juego democrático asesinando como siempre hizo con quien osó alzarle la voz a los compañeros de mesa que se atrevieron a señalarle que se acabaron las trampas de tahúr con las que hasta entonces había ganado todas sus partidas. Seguiría ganándolas y en Córdoba la eliminación de cuatro mil paisanos en las tapias y en las cárceles sería rigurosamente vigilada por la atronante representación del obispo Osio, el fundador de la dogmática católica histórica, que se erigiría en 1924, con la excusa de los 1.600 años del Concilio de Nicea. Como ya expliqué en otro lugar Osio fue uno de los cuatro cordobeses -junto con Séneca, Averroes y Maimónides (portentoso derroche de la Diosa Clío de justicia poética e intelectual, de geometría histórica distributiva,  de reparto de gloria por credos: estoicismo, catolicismo, judaísmo e islamismo)-, auténticamente universales, como muñidor del proyecto de Iglesia Universal, o sea del catolicismo que sigue el hilo hasta nuestro días. Para lograrlo tuvo no sólo que implementar reformas institucionales en el recién ganado Imperio para su causa sino sobre todo alterar radicalmente las bases jurídicas de la cultura romana mediante la inclusión en sus leyes de la persecución religiosa (las anteriores siempre tuvieron un carácter político), recién inventada e inaugurada por él, la imposición de la represión sexual universal y obligatoria, y la conversión en materia jurídica de la judeofobia y la misoginia, preterición definitiva de la mujer de la vida pública. Los pilares básicos en que se ha asentado la Iglesia Católica hasta nuestros días.

La escultura, que se colocó en la recoleta plaza de las Capuchinas, obra de Coullaut y Valera, presenta un Osio en todo su esplendor represivo, con dos dedos en postura advirtente de lo que puede pasarnos si no acatamos sin rechistar la dogmática de la Iglesia oficial, con un báculo coronado por el anagrama tridentino, símbolo de su victoria sobre los arrianos que pagaron con sus cabezas cortadas el no haber obedecido la orden de esos dos dedos enhiestos.

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EL DUQUE DE RIVAS

La cuarta pata del banco de las castas autoerigiéndose monumentos en la Córdoba del primer tercio del siglo XX fue la de los intelectuales. Los generadores de cultura cordobeses tenían para glorificar su misión en el mundo verdaderos colosos del pensamiento y la literatura, desde los de reconocimiento universal como Séneca, Averroes, Maimónides e Ibn Hazm a otros de ámbito de reconocimiento más estrecho pero no por ello menos importantes. Lucano, Ibn Zaydun, Juan de Mena, Góngora… Pero no, la intelligentsia cordobesa tuvo que ir a elegir al más pedorro de todos, al mayor excretador de versos ripiosos y perpetrador de apulgarados dramas históricos que naciera al oeste del Pedroches: don Ángel María de Saavedra y Ramírez de Baquedano, Duque de Rivas. Uno de los más acreditados representantes del quincallero y raquítico Romanticismo español, que resplandece en su abismal mediocridad si se lo compara con lo que los representantes del mismo movimiento andaban produciendo en el resto de Europa. Eso sí, tuvo la suerte de que su obra más conocida e indigesta, Don Álvaro, sirviera de libreto para la opera La forza del destino de Verdi, que supo aprovechar maravillosamente su tremendismo argumental y expresivo para sustentar sus arrebatadas arias. Los intentos de elevación de efigie del Duque a orgullosa peana comenzaron en 1894 pero no sería hasta 1928 cuando se consiguiera.

Don Ángel llegó a ser mucho mejor político que escritor, pasando del radicalismo liberal de su juventud, que lo llevaría al exilio y casi a perder el pescuezo en un patíbulo, a un conservadurismo feroz. La trayectoria del duque de Rivas es constante en su radicalismo, aunque invirtiendo los términos: el liberal exaltado de la juventud se ha convertido en el reaccionario también exaltado de la vejez. 10. Quizás por eso en Córdoba no se pudo asistir al vigorizante espectáculo que dieron en Zaragoza unos intelectuales que consiguieron evitar a fuerza de protestas que el monumento a Joaquín Costa fuese realizado por un reaccionario como Benlliure, que sería muy buen artista pero que se hallaba en posición ideológica diametralmente opuesta a la del regeneracionista aragonés 11 .

La escultura es un Benlliure menor, además de demodé después de que ese estilo realista romanticoide quedara eclipsado por el movimiento de la sobriedad expresiva de los modernos como Julio Antonio e Inurria y presenta una imagen romántica y juvenil del Duque, con sus guedejas alborotadas, muy propias del gusto del escultor, cubierto por una capa sosteniendo unos papeles en una mano y en otra el sombrero de copa. Los intelectuales que la encargaron cometieron la involuntaria humorada de colocar en el pedestal algunos de los versos del don Álvaro, precisamente los más genuinamente ripiosos de todo el ripioso drama, aquellos en los que el duque hace rimar una jaca torda con un los campos borda. Aunque en otro de los paneles hagan esculpir el final del que sea tal vez el único poema medio salvable de su producción: Al faro de Malta. Para realzarlo se mandó al arquitecto municipal, Carlos Saénz de Santamaría, que construyese una pérgola de estilo romanticista muy resultona pero cuya inutilidad práctica actual tras perder su función de caseta de feria trae en un sinvivir a los munícipes de las últimas corporaciones, alguno de los cuales seguro que ha soñado con una buena poclain que le eliminase el problema.

La escultura según leemos en la columna de un plumilla insonrible, que firma como Rafael Omeya, del Diario de Córdoba de 5 de octubre de 1928 no causó impresión alguna en la cordobesidad, ni frío ni calor, aunque ahí estaba él para despellejarla. Después de decir que la escultura es una birria porque el escultor está agobiado de trabajo y no le ha dedicado el suficiente tiempo resbala bien lubricado directamente hacia la mala follá… Y el caso es que tiene más razón en todo que un santo. Bueno, lo de que el escultor le puso al duque cara de vasco fue una maldad innecesaria…

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EL FENÓMENO

Busto del músico Martinez Rücker obra de El Fenómeno

Como hemos dicho antes a mediados de los años 20 se erigieron dos bustos en los jardines de la Agricultura. El más reciente de los dos (1928) corresponde a Mateo Inurria, que había muerto cuatro años antes y es obra de Adolfo Aznar Fusac y su parecido con el escultor del Gran Capitán tan sólo se le supone, de feo que lo sacó. El anterior, el busto del músico Martínez Rücker, es obra de Enrique Moreno, conocido como El Fenómeno, un escultor de Montalbán que había conseguido ser aceptado por la intelectualidad madrileña y que prometía una fulgurante carrera. En los primeros días del Escarmiento Fascista fue fusilado en la tapia del cementerio de la Salud. Lo entregó con engaños a los falangistas un joven pintor que envidiaba la fuerza y la personalidad del escultor montalbeño. Se llamaba Ricardo Anaya y llegaría a ser alto cargo de la policía franquista y el autor de la mayoría de los carteles de Feria y Semana Santa que se confeccionaron en la larga y oscura posguerra. En tiempos de Rosa Aguilar se le puso calle en El Higuerón, sin que tuvieran el detalle de colocarle una C como primera letra del apellido. Que yo sepa El Fenómeno sigue sin calle en la ciudad. Además del busto de Martinez Rücker a El Fenómeno le encargó el Real Centro Filarmónico la confección de una estatua al también músico Eduardo Lucena. Acabada en 1926 la desidia municipal y algunos otros problemas impidieron que finalmente se erigiese en alguna plaza. Luego llegó el genocidio que no sólo se llevó para adelante al escultor sino incluso al director del propio Real Centro Filarmónico con lo que la estatua acabó arrumbada en un almacén municipal. No iban a erigir una estatua firmada por un rojo al que ellos mismos habían asesinado… Finalmente Dionisio Ortiz Juárez la encontró en 1964 y escribió en noviembre de ese año en el Diario Córdoba:

En un descampado próximo al viaducto del Brillante, sin vigilancia, con el resguardo de piedras que se la pusiera, venida al suelo la figura triste y pensativa de Eduardo Lucena, de aquel que tanta gloria dio a su patria con su música y que tanto enalteció el nombre de Córdoba y el de España con las triunfales actuaciones del Centro Filarmónico en el extranjero, hoy, como un trasto inservible, sirve de blanco a las pedradas de los chiquillos, que ya han arrancado de su cara la parte más vulnerable de la estatua, la nariz, y, de seguir donde está, acabarán por destrozarla toda. Por el buen nombre de la ciudad, por la memoria de un cordobés insigne…

No será hasta 1981 cuando se decida su erección. La alegoría de la Música representada por su Musa a los pies de Lucena, inacabada, se perdió. Se restauró la nariz y se colocó en la Plaza de Ramón y Cajal en un entrañable acto que presidió el alcalde Julio Anguita y al que asistieron muchos montalbeños paisanos del escultor que aprovecharon para reivindicar la memoria y la figura de su artista vilmente asesinado.

Enrique Moreno ha sido sin duda el único escultor de imágenes urbanas que trabajó nunca en Córdoba a partir del siglo XX que llevó las corrientes modernas a sus obras, que más se acercó al espíritu artístico imperante en occidente en el momento que le toco vivir y trabajar. Su adscripción al expresionismo y al cubismo se notan claramente en la concepción de la escultura de Eduardo Lucena, mientras todas las demás a personajes más o menos ilustres dedicadas, las más recientes incluidas, pueden adscribirse sin vacilación en el estilo y el espíritu remordimiento, de estética añeja y trasnochada, fuera de las corrientes renovadoras que se estuvieran ensayando en otros lugares en el momento de su concepción. Es curioso que esa escultura del escultor montalbeño siga brillando ética y estéticamente sobre cualquiera otra de la ciudad, tanto sobre las anteriores como las posteriores y sobre todo sobre las de los últimos años, retratos perfectos del alma levítica y reaccionaria de Córdoba.

El Eduardo Lucena de El Fenómeno. A la izquierda el actual. A la izquierda el proyecto original.

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LA LARGA POSGUERRA

Habrá que esperar a 1940 para que se alce por fin otro monumento en Córdoba, esta vez a Julio Romero de Torres dedicado. El proyecto se remontaba al propio año de su muerte, 1931 y se hallaba listo desde 1936 pero su erección la aplazó el desencadenamiento del Escarmiento rojigualda. Se trata de un enorme aparador que fue colocado casi justo en el mismo lugar, el borde de Los Patos, en que fuera destrozado el del pobre Barroso y Castillo. Fue encargado al almeriense Juan Cristóbal Quesada quien no debió calcular el empequeñecimiento que resultaría de la estatua del pintor y su perro en medio de tal despliegue granítico. El régimen genocida, cuyos infames intelectuales debían conocer las veleidades obreristas del pintor en los últimos años de su vida (Fuensanta García de la Torre ha recogido el testimonio de sus amigos de que en vísperas de su muerte andaba leyendo a Lenin y a Trotsky), se aprestó a convertirlo, manipulando el sentido de sus obras, en un símbolo de la concepción racial que impregnaba su ideario y, convenientemente censurado en sus aspectos más pecaminosos, a utilizar su iconografía para cultivar un folklorismo estético andaluzoide, cutre y casposo, que entronizará como nuestra más acreditada marca nacional.

El Manolete de Juan de Ávalos en la Plaza de la Lagunilla

El primer y más salvaje franquismo cordobés, huérfano de cultura, no pudo homenajear levantando estatua a más contemporáneo que a un matarife fino. Los matarifes legales de congéneres, los de cangrejo en camisa azul, ya se homenajeaban a sí mismos mediante el saqueo sistemático del país y elevando enormes cruces dedicadas a sus muertos. Ahitos de épica asesina, los franquistas tuvieron que proporcionar otros héroes a las machacadas masas populares. Y nada mejor que un torero si además era franquista declarado. Y esta vez, por razones obvias de obediencia general debida a riesgo de fusilamiento, sin metepatas que cuestionaran, como el escándalo del 12 con Lagartijo, la idoneidad racional de elevar estatua a un torero sin que el propio Séneca la tuviera aún. Y es que hoy los tiempos adelantan ques una barbaridá…

La muerte de Manolete supuso en Córdoba el nacimiento de una hierofanía, el culto al mito de la cara de nabo avinagrado y la inteligencia inmóvil caído en acto de servicio en Linares. El manoletismo es la religión de estado cordobesa, cuyo culto tiene lugar en sus templos, sus capillas, sus gloriosos aparadores urbanos, sus placas conmemorativas, sus cien mil fotos de almanaque recamando las paredes de las tabernas, su regurgitación litúrgica a cargo de los sumos sacerdotes del culto al recuerdo del aciago día de su pasión y muerte, su literatura perpetrada no sólo en los previsibles e interminables romances heroicos de jaca y reja, sino incluso por actuales exjóvenes expromesas de la novelística local. Una inquietante pasión necrohómofila que hace que aún hoy cientos de viriles roedores de palillos de dientes sientan temblar sus carnes con sólo recrear con el pensamiento un leve cimbreo del cuerpo del hierático matarife defuncionado hace ¡60 años!, extraña pasión genuina y sólo posible en una ciudad como Córdoba que ha hecho de la malafollá y la vaciedad mental virtud filosófica bajo el nombre de senequismo.

Lo primero que necesita un culto es un altar y en eso se convirtió la erección de monumento a Manolete, en el que se volcaron las autoridades genocidas y todos sus corifeos locales. No contentos con el busto que le colocó (1948) al año de su muerte Juan de Ávalos, el autor de las esculturas de El Valle de los Caídos, en la plaza de la Lagunilla, los sumos sacerdotes del manoletismo encargaron un verdadero haiga catedralicio. El resultado fue uno de los mayores horrores monumentales universales contemporáneos, un horrendo pisapapeles, como lo llamó felizmente Castilla del Pino, que mereció sobradamente aparecer en una antología del mal gusto mundial: Kitsch. An Antology of Bad Taste 12, del prestigioso artista y teórico de estética italiano Gillo Dorfles en el que se recogían los más descacharrantes atentados contra la razón estética de todo el mundo. Con el desvelamiento público de tal honor, el monstruoso pisapapeles recibía así su merecido. Se necesitaron las fuerzas mancomunadas y posteriormente desencadenadas de un arquitecto, Luis Moya, y las de un escultor, Manuel Álvarez Laviada, para perpetrar semejante atentado a la razón ética y a la estética.

Las malas lenguas dicen que lo de ponerle el capote como falda fue una exigencia del obispo para que el autor no tuviera que esculpirle el tremendo bultaco entrepernero que el héroe merecía. Con el fin de que no excitara la líbido de las reprimidas féminas cordobesas que el prelado pastoreaba o de que su manoseo no se convirtiera en ritual litúrgico de remedio de estériles como ha ocurrido con otras. A sus adoradores machos, orodentados, bigotillo fino, no les hacía falta su contemplación directa: formaba ya parte incluso vivo de sus más húmedos sueños homoeróticos.

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LA ERA RUIZ OLMOS

Entre la erección de la estatua de Julio Romero y la de Manolete hubo otra, mucho más digna de ser considerada así porque se trata de un muy erecto triunfo del Genio Alado de la Pescadilla, custodio de la ciudad con el nombre de Arcángel Rafael, uno nuevo, como si no hubiera una verdadera inflación de ellos en la ciudad, de corte moderno, tan moderno que su look fue copiado unos años después por un viril tonadillero ídolo de las masas (sobre todo femeninas) del franquismo sociológico, Manolo Escobar. Fíjese el incrédulo en el flequillo de ambos. La escultura, fea con avaricia, la perpetró, no obstante, un escultor, Amadeo Ruiz Olmos, que demostraría más adelante ser capaz de progresar adecuadamente cuando se prodigara posteriormente con cierta mejoría con más obras en la ciudad como tendremos ocasión de ver. Se colocó encima de una gigantesca columna coronada de un capitel-peana de estilo egiptólico obra del arquitecto municipal José Rebollo a quien le encargó el proyecto su protector el alcalde falangista Antonio Cruz Conde para que recibiera a los visitantes que llegaran a la ciudad cruzando el nuevo puente sobre el Guadalquivir que le había regalado su suegro, el ministro franquista Conde de Vallellano, a quien, incumpliendo flagrantemente la Ley de Memoria Histórica y las normas de decencia política más elementales sigue estando dedicada la avenida que de él parte.

A la llegada de los años 60 comienza para Córdoba un periodo de recuperación del tiempo perdido a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX para erigir monumentos a sus hijos ilustres como habían hecho la mayoría de sus hermanas españolas. Así, ya pasado y bien pasado el arroz, toda escultura realista que se erigiera a su gloria dedicada e incluso el hecho mismo de erigírsela a una apolillada gloria del pasado remoto pasaría a formar parte del estilo que podríamos llamar remordimiento. Cuando una obra artística actual imita un estilo periclitado o se confecciona con una intención desplazada de su momento histórico se convierte en una falsificación pura y dura, un intento infructuoso de trasplante de un espíritu, una estética y una ética de una época concreta a otra un siglo posterior. Las obras de arte que hayan de colocarse en los lugares públicos de las ciudades han de responder al espíritu de la época que las erige, sin que eso signifique que no haya que guardar las debidas medidas de respeto al entorno arquitectónico y urbanístico de cada lugar concreto. Pero evitando los pastiches, las falsificaciones, la lamida almibarada del kitsch. Y por supuesto no ceder ante las presiones de los jurásicos conservadores de ambientes urbanos, partidarios de la fosilización acelerada de la ciudad histórica. Si por ellos fuera nuestras calles y plazas sólo serían iluminadas por las augustas farolas decimonónicas, las fernandinas o de estilo Imperio. Puro casticismo y los casticismos son siempre los mayores enemigos de cualquier superación renovadora en el arte y en el pensamiento.

Y la cosa comenzó equilibrada y con voluntad compensatoria con los importantísimos personajes de la Córdoba andalusí, la más rica intelectualmente de toda su historia, pero que había sido -aún lo es, claro- completamente ninguneada e incluso anatemizada por la ideología nacionalcatólica que ha sido la médula de la cultura oficial española hasta nuestros días. Tres circunstancias se darán la mano para paliar momentáneamente ese ninguneo. La primera será la ayuda que los hambrientos marroquíes de los aduares rifeños le darán a Franco para perpetrar el golpe de estado, la segunda el aislamiento internacional a que fue castigado el régimen nacionalcatólico que le llevó a buscar en los países islámicos la amistad que las democracias europeas le negaban. Es así como nació la muletilla de los tradicionales lazos de amistad con los países árabes con que se acompañaba cualquier noticia acerca de relaciones bilaterales hispanoárabes. Uno de las productos de cambio -barato por cierto- que usó el franquismo fue el del pasado esplendoroso de la Córdoba omeya, su maravilloso legado arquitectónico y la incalculable pléyade de poetas, científicos y filósofos que regaló al mundo para halagar el orgullo de los mandatarios árabes. A ello hay que sumar como tercera la importancia que desde hacía un siglo habían ido tomando los estudios andalusíes por parte de un puñado de esforzados estudiosos que, a pesar de la escasez de apoyo oficial y de que buena parte de su empeño se volcaba en españolizar a los andalusíes haciendo primar el genio racial ibérico sobre el foráneo árabe, llevaron a cabo una importantísima labor de divulgación y puesta en valor del desconocido patrimonio intelectual hisopanomusulmán. Y en Córdoba además contamos con la valiosa presencia de dos grandes: Manuel Ocaña y Rafael Castejón.

Es así que en ese marco de exaltación local-patriótica del Al-Andalus español sobreviene en 1963 el centenario de Ibn Hazm, cuya obra El Collar de la Paloma, traducida por primera vez al castellano en 1952 por Emilio García Gómez y editada con prólogo de Ortega y Gasset, había supuesto un bombazo no sólo en el panorama de los estudios de literatura medieval sino también entre los intelectuales de todos los campos. Se decide hacerle un magno homenaje en Córdoba organizado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y el Ayuntamiento de la ciudad al que se invitó a una nutrida representación diplomática de varios países árabes, cuyo brillante prólogo fue la inauguración, con la fanfarria patriótico-hiperbólica al uso del régimen, de una estatua del poeta, filósofo e historiador qurtubí en la Puerta de Sevilla, lo que sirvió de paso, obviando que el lugar no tenía nada que ver con su biografía, para la rehabilitación al estilo cruzcondiano de un entorno muy degradado. La escultura, en bronce, es obra de Amadeo Ruiz Olmos que con ella resarcía un tanto, porque no es demasiado buena, a la ciudad de su anterior ataque con el arcángel del Puente Nuevo. La marca del escultor valenciano, que pasó buena parte de su vida en Córdoba, es el hieratismo corporal que imprime a sus retratados y la vaciedad de sus expresiones. En el caso de Ibn Hazm -luego mejoraría- ese hieratismo está mediatizado por una especie de congelación del movimiento en el momento de ir a soltar, disimuladamente, un cuesco. Lo más gracioso de la escultura es que el autor inauguró la moda de colocar a las estatuas de moros cordobesas unas babuchas de candoroso estilo alibabesco-joliwudiano que se repetirán en la estatua de Averroes y en la de Maimónides. Y desde luego es de agradecer que por primera vez se grabara en la peana de un monumento otra grafía y otra lengua que no fueran el rancio latín o el pomposo castellano de las laudes: el árabe.

La siguiente escultura que se erige en Córdoba (1964) es un busto completo de un médico al que en esta ciudad hoy día no conoce -ni probabalemente en ese año- ni dios, aparte de los erudos de la de Nobles Caspas y Bellas Tretas: el doctor Emilio Luque, muerto 24 años antes, en 1939. No dudo de sus méritos científicos: en algún lugar he leído que fue el primer médico que sustituyó la levita por la bata blanca, lo cual es lo suficientemente revolucionario como para recordarlo en el Colegio de Médicos, del que fue, además, primer presidente, aunque no sé si como para levantarle estatua. También leo que fue militante muy activo de Acción Católica, lo que ya parece explicar más esa erección por un régimen que primaba y premiaba por encima de cualquier otra circunstancia el reaccionarismo de sus homenajeados. Su autor fue de nuevo el que ya se convertiría en titular de la plaza de escultor remordimentista oficial de la ciudad, Amadeo Ruiz Olmos. De mayor perfección formal que las anteriores adolece el busto del afamado doctor de la misma vaciedad psicológica marca de la casa. Aunque en mi opinión se trata de la mejor obra que dejó en la ciudad, y aún nos queda que comentar unas cuantas. Tuvo el escultor la delicadeza de dejar entre los dedos de la mano izquierda de la estatua el justo espacio para proporcionarnos a los adolescentes irreverentes de varias generaciones de cordobeses el placer picante de colocar entre ellos una colilla de cigarrillo -o de porro, según el grado de gamberrez que gastáramos los perpetrantes- que solía permanecer varios días allí hasta que algún ciudadano de bien se lo retiraba piadosamente.

El doctor Emilio Luque

Maimónides será el siguiente en la lista (1964). También debida a Ruiz Olmos. El filósofo judío fue representado en bronce en la pequeñísima plaza de Tiberiades sentado sobre una pirámide truncada con todo el aspecto de un aliviadero. No es extraño que hace años amaneciera de vez en cuando con un rollo de papel higiénico con un soporte perfectamente adosado a su lateral derecho. Triste, muy triste el rostro que el autor esculpió al filósofo judío que pasó la mayor parte de su vida exiliado de la ciudad.

Maimónides

Amadeo Ruiz Olmos todavía modelaría tres grandes esculturas más para la ciudad, un busto al profesor López-Neyra (1970), en la plaza que lleva su nombre y en la que el escultor tenía su estudio, un ilustre científico cordobés nacido en 1885 y muerto en 1952 que alcanzó fama internacional por sus estudios sobre parasitología, la de Séneca (1965), sufragada por el torero El Cordobés para la Puerta de Almodóvar aprovechando la celebración del Congreso Internacional de Filosofía en conmemoración del XIX centenario de la muerte del filósofo estoico y la de Góngora, monumentos estos dos últimos que tendrían claramente que haber sido erigidos en la época en que tenían sentido, entre finales del XIX y el primer tercio del XX. Para el Séneca eligió el rostro más vulgar de las dos convenciones que se vienen usando para representarlo, el de la doble herma compartiendo escultura con Sócrates (siglo III) conservado en el Neues Museum de Berlín, al contrario que la opción más dramática que usó Barrón en 1904 del modelo del Pseudo-Séneca (s. I) conservado en el Museo Nacional de Nápoles.

Séneca de Ruiz Olmos

Aunque hay malas lenguas que dicen que el rostro del Séneca de Ruiz Olmos, colocado en la Puerta de Almodóvar y sufragado por un torero tremendista, recuerda poderosamente al de Francisco Franco, Caudillo de España. De haber estado en mente del escultor semejante afrenta sería una de las últimas que la ciudad infligiría a uno de los personajes más importantes de la historia del pensamiento y de la política mundiales, además de escritor fundamental, que intentó desde su regencia siendo Nerón un niño, democratizar el estado romano devolviéndole la fuerza de las instituciones  republicanas. Ese titánico intento le acabaría costando primero el exilio y luego la vida. Pero desde luego la mayor afrenta que la ciudad ha perpetrado contra el filósofo estoico fue darle su nombre a la forma local de la malafollá: el senequismo.

Para la de Góngora (1967), colocada en la plaza de la Trinidad, usaría el retrato que del poeta barroco le haría Velázquez. En 1966 modelaría con el sello de sosería de la casa la estatua de Ramón Medina que reina en el centro de la plaza de San Agustín.

LÓPEZ- NEYRA y RAMÓN MEDINA

Para comprender el profundo anacronismo estético de las estatuas erigidas en los 60 en Córdoba sólo hay que echar la vista atrás y fijarse en el monumento que en Madrid se erigió a nuestro paisano Góngora con motivo del famoso centenario en 1927, realizado en perfecta consonancia con las corrientes artísticas de su momento, fundamentalmente el art decó. La comparación de esa concepción de la obra como una gran placa de mármol exenta exquisitamente decorada con bajorrelieves y textos de poeta, obra del escultor valenciano Vicente Beltrán, con la escultura de bulto redondo, nunca mejor definida, de la levantada en Córdoba por Ruiz Olmos en los sesenta hace restallar las diferencias de sensibilidad -y también éticas, por qué no- de quienes mandaron erigir una y otra.

GONGORISMOS

Entre medias de ambas más homenajes a la morunidad cordobesa. El primero será un busto levantado frente al palacio del Cardenal Salazar y actual Facultad de Filosofía y Letras en 1965 al oftalmólogo andalusí al-Ġafiqī, un genio de su especialidad infinitamente superior a cualquier médico europeo de su época pero no mayor que otros que compartieron con él lugar de nacimiento, conocimientos médicos y época, el mismísimo Ibn Rušd (Averroes) o Abū al-Qāsim (Albucasis). La causa por la que se le levantó estatua antes que a ellos no he conseguido dilucidarla. El caso es que la obra fue encargada a un imaginero, o sea, a un especialista en tallas cofrades, Miguel Arjona Navarro. No hay más que cambiar mentalmente el turbante del moro por una corona de espinas para tener un clásico doliente Cristo de bovina mirada.

Pero Averroes no tendría que esperar mucho, porque tan sólo dos años después (1967) se le levantaría también estatua. Esta vez se llamó a un escultor madrileño, Pablo Yusti Conejo, que perpetraría en los siguientes años algunos de los más espantosos conjuntos estatuarios de la ciudad. Averroes es presentado, como su colega Maimónides, sentado y como éste y el viejo Ibn Hazm con las consabidas babuchas, apoyando un libro en su rodilla. Pero si la escultura del viejo Averroes, ejecutada en piedra artificial, es rematadamente mala, las demás estatuas que dejó en la ciudad son directamente horripilantes. Seis años después, en 1976, esculpió en la misma piedra artificial busto del califa al-Hakam II colocado discretísimamente (por fortuna para el buen gusto de la humanidad) en medio de unos grandes arbustos en los jardines de los Mártires. Pero desde luego las que rompen con todos los moldes de la descacharrantez son las que elevó a pedestal en los jardines del Alcázar, varios reyes medievales y un conjunto elevado formado por los Reyes Católicos recibiendo a Colón directamente inspirados en los gigantes de los gigantes y cabezudos que sirven de tradicional mofa en varias ciudades del norte o en un decorado de cartón piedra que representara un Retiro para una película de terror.

IBN RUSHD (AVERROES) y EL CALIFA ALHAKAM II

NINFA DEL GUADALQUIVIR

Otra escultura debida a la mano de Yusti Conejo fue la dedicada a La Ninfa del Guadalquivir que estuvo algunos años colocada a la bajada a los parterres del Alcázar de los Reyes Cristianos. Representaba a una mujer desnuda de espléndidas hechuras en postura de tomar boca abajo el sol en la playa tras ponerse su capita de Nivea y luciendo un peinado Sunsilk ideal de la muerte mientras erecciona  sensual y gatunamente las piernas hacia el cielo y mira picarona un impreciso horizonte de veleros. En el frontal del pedestal grabaron una explicación de ese ser mitológico supuestamente guadalquivireño debida a la pluma del catedrático de Historia del Arte Santiago Sebastián, el mayor experto del momento en la interpretación iconológica del arte con la que chocaba continua y estrepitosamente la interpretación positivista-marxista de Arnold Hauser que por aquel entonces profesábamos la mayoría de sus alumnos. El texto sirvió de recurrente motivo de cachondeo durante las clases. Alguien con el tiempo debió pensar que aquel ser mitológico debía ser catalogado como especie zoológica taxonómicamente diferente a los reyes erigidos en aquellos jardines y mandó la escultura, ya sin la peana y sin el texto explicativo, al zoólogico, donde hoy luce directamente sobre la hierba ya con un aire definitivamente piscinero.

A los años 60 pertenecen también  dos piezas menores pero curiosas por lo que suponen de reflejo de un época en la que alguna gente con cierto poder indirecto hacía lo que podía por rescatar las glorias del pasado de la ciudad de una manera digna en medio del páramo cultural del franquismo. Los a veces incomprendidos eruditos locales que en la medida de sus fuerzas y sus posibilidades escalaron desde el fondo el profundo pozo del oscurantismo franquista, usando unas veces la contra y otras la a favor corriente de las circunstancias, consiguieron dejar apreciables –y hoy olvidadas injustamente- huellas de ilustración en la piel de la ciudad. Entre ellos brillan los arabistas y los romanistas. De los arabistas ya hemos visto los frutos. Los romanistas, menos activos por ese tiempo, lucharon también lo suyo por rescatar la memoria de la Córdoba romana, la de la familia Annea fundamentalmente, de la que surgieron filósofos, poetas, emperadores, tratadistas historiadores… Recientemente Alberto Monterroso, acreditado latinista, ha retomado aquel afán y nos ha regalado con varios trabajos en los que nos ha iluminado sobre la importancia de esa familia y otras colaterales procedentes de la Corduba romana en el gobierno del imperio romano, tanto en el ámbito político como en el intelectual. No iban, pues descaminados aquellos pioneros del senequismo historiográfico.

En el mismo año 65 en que se erige estatua al más importante miembro de la saga Annea, Lucio, se hace lo mismo con un busto a su sobrino, el poeta Lucano, declarado, en consonancia con tu tío, defensor de los valores republicanos, algunos de cuyos versos fueron prohibidos, por ello mismo, por el emperador Nerón. Se trata de un sencillo busto colocado junto a la fachada de la conocida como Casa del Judío desde los años 60, por la adscripción étnica de quien la comprara por entonces, un judío multimillonario francés que se encaprichó de ella y la restauró como vivienda ocasional. El papanatismo cordobestia, en este caso con divisa de Izquierda Unida, cambió el precioso y secular nombre de la plaza donde se alza la casa y la estatua, Plaza de los Paraísos, por el del millonario, el impronunciable Eliej Nahmias… Algo parecido pasó unos años antes cuando a la coqueta plaza de la Concha, a 30 metros escasos de la Mezquita le cambiaron el nombre por el del profesor Arnold Toynbee, el historiador inglés, que por entonces visitó Córdoba no recuerdo si por causa de un congreso o atraído por la fama de los boquerones en vinagre del bar La Mezquita. Claro que por entonces había comandos de rojos universitarios de acción directa en la facultad de Filosofía y Letras que con nocturnidad y alevosía lanzaban bolas de bronce contra la flamante placa de mármol con el nombre del mayor representante de la historiografía burguesa. Con el tiempo, no sé si a causa de los propios destrozos causados por los seguidores de la historiografía marxista o por un ataque de vergüenza de los responsables municipales por el crimen nomenclátor cometido, se trasladó a una rotonda del polígono de Chinales, donde aún luce, y la placita que da a la calleja del Pañuelo volvió a llamarse como secularmente lo había hecho: plaza de La Concha. La escultura del poeta romano es de una encantadora simpleza. Sin fecha y firmada por un tal Jose Manuel…

Muy cerca, en un recodo de un callejón que une la calle de la Feria (San Fernando) con la calleja de San Eulogio, abierto en 1965 rompiendo la muralla romana para unir ambas y evitar un largo rodeo, se colocó un bajorrelieve de muy mala calidad representando a unos togados romanos. En su base se lee CÓRDOBA A LA ESTIRPE ANNEA –  MCMLXV. Probablemente se trató de un grave atentado contra el patrimonio, como muchos de los que perpetraron las autoridades de entonces, pero la verdad es que se les quedó un espacio muy coqueto y típico, aunque no pudo ser disfrutado por mucho tiempo. Su estructura zigzagueante y el hecho de que su entrada inferior contara con un espacio cubierto la convirtió en un refugio perfecto para vagabundos, lo que provocó que las protestas de los vecinos alarmados por las fogatas y molestos por los malos olores decidieran al Ayuntamiento a cerrarla a mediados de los años 70.

A finales de 2006 una empresa privada de construcción se comprometió con el Ayuntamiento a reurbanizar la zona a cambio de recibir permiso para restaurar la casa colindante. Se limpió  la calle, se remozó la escalinata y la fuente esquinera y el arcángel que corona la puerta de la salida a San Eulogio. Así mismo se restauró el coqueto bajorrelieve dedicado a la familia Annea, cuyo solar familiar sitúa la leyenda muy cerca de allí.

La calleja se dedicó, por influencia del culturalismo erudito de aquellos años, a un prócer romano de la familia Annea, Junio Galión, nacido en la ciudad y que ha conseguido pervivir en los libros, sobre todo eclesiásticos, por haber tenido una relación tangencial con Paulo de Tarso, que luego pasaría al estrellato santoral como San Pablo.

Lucio Junio Anneo Galión, nacido Marco Anneo Novato y cambiado de nombre al ser adoptado por Lucio Junio Galión, era hermano de Lucio Anneo Séneca y tío del poeta Lucano. Se dedicó a la política y llegó a ser procónsul en Corinto en tiempos de Claudio. Nada más tomar posesión del cargo los judíos de la sinagoga de la capital, Acaya, llevaron ante él a un tipo que andaba soliviantando a la gente y predicando el cristianismo, una religión prohibida por causas políticas, ya que su fundador había sido ejecutado por alzarse contra el imperio, pero que sobre todo suponía una competencia desleal respecto a las legales, para que lo juzgase y ejecutase. Nuestro paisano, como hicieron muchos otros gobernadores romanos, se lavó las manos en aquel asunto intestino de los monoteístas intransigentes, mandó expulsar de la audiencia a aquella caterva, acusadores y acusados, y les prohibió que le calentaran la cabeza con semejantes gilipolleces religiosas. El tipo era, claro, San Pablo. Por eso el prudente Junio ha pasado a ser considerado uno de los romanos buenos en la farragosas y tendenciosas historiografías cristianas oficiales que sufrimos hasta hoy día.

Cabeza de Lucano y el relieve de la estirpe Annea

El Fray Albino de Cañero

El obispo Fray Albino llegó a Córdoba en plena posguerra después de haber conspirado previamente, colaborado entusiásticamente desde su diócesis de Tenerife al triunfo del golpe de estado devenido genocidio, que bendijo sin ningún pudor, y ensalzado al jefe de los genocidas hasta cotas de delirio. Era pues un fascista nacionalcatólico medular. Además escribió un catecismo para adoctrinamiento escolar, el Catecismo Patriótico Español, que en algunos capítulos puede decirse que se trata de una adaptación para niños del Mein Kampf de Hitler. Era tan racista y totalitario su contenido que el propio Vaticano tuvo que intervenir para prohibirlo. La situación de extrema miseria a que sus bendecidos fascistas habían conducido a la mayoría del escarmentado pueblo cordobés, buena parte del cual se hacinaba en insalubres patios de vecinos y en chabolas sin luz ni agua corriente parece que conmovieron el correoso corazón del obispo y le movieron a crear una fundación para procurar viviendas dignas a esos desheredados de la Victoria de los ricos. Nada menos que tres barrios, Cañero, Fray Albino y Campo de la Verdad, se construyeron con fondos salidos directamente del bolsillo de esos poderosos a los que el obispo chantajeó y amenazó con dejarlos fuera del paraíso de los ricos de que podrían disfrutar en la otra vida. Uno de ellos fue el rejoneador Cañero, al que se negó a darle la absolución por vivir amancebado si no le regalaba los terrenos que necesitaba para su obra. Lo que le perdonó finalmente fue ese pecado de entrepierna, porque el de cazador de obreros huidos de la matanza desencadenada en la ciudad y a los que perseguía y capturaba o abatía por la sierra con una brigadilla de caballistas armados con garrochas y escopetas, lo consideraba más un deber de patriota. Hoy sigue dando nombre al barrio que se construyó en parte de los terrenos que cedió al obispo.

Fray Albino pasó a convertirse así en el Ser Benefactor de los pobres por antonomasia y su culto tras su muerte alcanzó en Córdoba cotas delirantes. A nadie le importa su pasado de fascista bendecidor de crímenes contra la humanidad y sólo se atiende a su condición de prodigador de viviendas para los pobres. El progresismo católico hijo del Vaticano II, que nada tenía que ver con el espíritu del obispo fascista, lo rescataría insensatamente para su causa ya para siempre y lo elevaría al altar de un antifranquismo que nunca había transitado. Un barrio, un colegio, un equipo de fútbol llevan su nombre y hace unos años, cuando reinaba de alcaldiosa, esa Desgracia –así, sin acento- que fue Rosa Aguilar, la excomunista católica cofrade renacida que obligaba a la fuerza a sus concejalas a asistir a las procesiones nacionalcatólicas, se cometió la tropelía contra la memoria histórica de dedicarle toda una avenida. Cuando aún no se había puesto ni un triste recordatorio a los miles de asesinados a sangre fría en las tapias de los cementerios por los camaradas del obispo. Pero el castigo le vendría, ya que no de la de la Diosa de la Razón como correspondía, de la mano de la Diosa de la Estética, a través de una de las estatuas más terroríficas que se hayan levantado nunca a un ser humano con el fin de glorificarlo. El monumento (1969) es talmente una venganza y eso que se eligió tras concurso de maquetas y por un jurado formado por artistas, profesores de Artes y Oficios, los dos arquitectos municipales, además del obispo del momento, claro. Esa diosa de la Venganza Ética a través de la Estética debió dirigir las mentes de los miembros de ese jurado para que eligieran el más espantoso. Y ahí sigue, horripilando a propios y extraños al otro lado del río, en la plaza de Santa Teresa, ante la iglesia del Campo de la Verdad. Unos años después se erigiría un busto en la plaza de Cañero de estética más aseadita. Por supuesto sería encargada a Ruíz Olmos. Faltaría más. Don Amadeo llegaría incluso a labrar la lápida del obispo fascista para su tumba en la Mezquita.

Por piedad pasaré de puntillas sobre el siguiente monumento conmemorativo que se erigió en Córdoba. De nuevo un merecido homenaje al esplendoroso pasado islámico de la ciudad, esta vez dedicado a los turbulentos amores de dos poetas del siglo XI, Ibn Zaydun y la princesa Wallada. El roe roe de los arabistas locales seguía con su nunca es tarde si la dicha es buena. Estamos en 1971. Y además se trata del primer monumento que no usa de la figuración personal, sino que juega con la alegoría para expresar su mensaje. Lástima que la alegoría pueda servir para eso tanto como para promocionar los plátanos de las Canarias, pues dos racimos de esos sabrosos frutos parecen esas dos manos sobre peana bajo un templete/mausoleo estilo moruno-jolivudiano de decorado de El ladrón de Bagdad. El arquitecto, el municipal, Escribano Ucelay y el escultor, el de los gigantes y cabezudos del Alcázar, de nuevo Pablo Yusti Conejo.

Monumento a los amores de la princesa Wallada e Ibn Zaydun

De principios de los años 70 son dos esculturas más de las existentes en los jardines de la Agricultura. La primera ocupa un lugar central, justo en medio de la glorieta de la que parten radialmente los senderos del parque y se trata de una alegoría de la familia agrícola representada por una mujer, un hombre y un niño (La Agricultura, el agricultor y el progreso), realizada en bronce con formas curvilíneas muy estilizadas. Se trata de una obra realizada por José Carrilero en 1969 por encargo de una marca de tractores, que desde entonces ha ido regalando a diferentes ciudades españolas. Existen 32 copias, la última de las cuales fue colocada en Huesca en 2013. Unos metros más allá muy oculto entre la vegetación encontramos un sencillo monumento a Rubén Darío. Consta de una base de cubo de piedra en la que se inscribe un medallón dorado con la efigie del poeta nicaragüense coronada por la leyenda: Príncipe del verso castellano. Del bloque de piedra sale un fuste de columna de granito partida. No he conseguido averiguar la fecha exacta de su colocación, pero un medallón exactamente igual existente en un monumento al poeta, donado por la embajada de Nicaragua, en Cáceres acompaña a una lápida que lo fecha en 1973.

Monumento a la Agricultura y Recordatorio a Rubén Darío

La siguiente cosa conmemorativa que se erigió en Córdoba fue un verdadero crimen de lesa eticidad. Con el sangriento dictador a punto de desaparecer por fin por causas naturales de este mundo donde cometió tantos crímenes impunemente, la casta franquista cordobesa quiso dejar bien claro que estaba perfectamente dispuesta a mantener los privilegios que había conseguido en los cuarenta años de oscuridad en que habían mantenido a la ciudad, erigiéndose el que debe ser probablemente el último monumento autoglorificador del franquismo que se levantara en España. Como para no manchar la tradicional imagen que la ciudad daba al resto del mundo, y no sólo en el campo de la capacidad erectiva, de mu guapa pero un poco retrasá. Así en 1975 se alza en la avenida que aún conserva el nombre de un ministro fascista, el conde Vallellano, ante la que sería la subdelegación del gobierno central en Córdoba una Cruz de los Caídos adornada con todos los arreos de la iconografía fascista española -y cómo no, con escultura de Ruiz Olmos de exaltación falangista- como demostración de que el Escarmiento sobreviviría al propio dictador. Estamos en 2015 y la Cruz de los Caídos fascista sigue en pie desafiando chulescamente todos y cada uno de los artículos de la Ley de Memoria Histórica que las presiones de las víctimas del franquismo y la propia racionalidad democrática consiguieron arrancar con titánico esfuerzo a los cobardes y corruptos gobiernos del partido de la derecha europeísta que usurpa ilegítimamente el título de izquierda y que se alterna -esperemos que por poco tiempo ya- con el de la derecha cavernaria posfranquista que a su vez usurpa el de centro. Las excusas para mantenerlo que puso ante los requerimientos de las asociaciones de la Memoria Histórica un subdelegado de ese gobierno pasarán a la historia universal de la infamia política cum laude. El Ayuntamiento de Izquierda Unida se sumó a la exigencia de retirada, hipócritamente por otra parte, toda vez que después de treinta años de gobierno en la ciudad seguía manteniendo él mismo un importante número de nombres de calles a conspicuos fascistas dedicados -la propia avenida donde se halla el monumento sin ir más lejos- y una enorme placa a un general golpista a menos de doscientos metros de su sede. Por ahora es impensable -dada la ideología afín al franquismo de sus actuales inquilinos- que la ley se cumpla.

TRAS LA MUERTE DEL CAUDILLO

Llegada España por fin a la modernidad, o al menos a un punto histórico desde el que pudiera dar el salto a ella a pesar del lastre de retraso que por la terrible dictadura oscurantista que había soportado arrastraba, el cada vez mejor conocido por estudiado -y por sufrido- fenómeno de la Transición, o mejor la forma en que se abordó desde prácticamente todos los frentes políticos, sociales y culturales, impidió que ese abordaje a la modernidad se realizase asegurando primordialmente el necesario trabado de los elementos de sujeción estructural indispensables del edificio democrático. Lo estamos viviendo estos dramáticos días en los que las arborescentes ramas de aquella estafa está dando sus frutos corrosivos poniendo en peligro los propios pilares en que aquél se asentaba. Y Córdoba lo sufrió especialmente por su condición de ciudad desindustrializada, anclada en un tradicionalismo feroz, levítica y caciquil, en la que ese salto a la modernidad y a la normalidad democrática supuso una mayor distancia entre las orillas.

El hecho de que las primeras elecciones municipales de la democracia las ganase el Partido Comunista de España no debe distorsionar la imagen de lo que la ciudad era, fue y es hoy mismo. Si bien los sucesivos gobiernos municipales del espectro más izquierdista del país consiguieron logros muy apreciables como la revolución urbanística racional de sus márgenes (Vial y Ribera) y llegaron a ahondar en temas tan interesantes como la participación ciudadana y la búsqueda del equilibrio entre los barrios, sobre todo los más deprimidos, y el centro y algunos de sus miembros fueron buenos gestores aunque aplastados por la maquinaria caudillista que impuso Rosa Aguilar, en aspectos como la cultura integral de la ciudad, la dotación de infraestructuras para su democratización y desarrollo y su consolidación como cemento social acabaron cayendo, pudiendo haber sido referente de una nueva política municipal rompedora en el estado, en los mismos tópicos del chabacanismo folklofriki por un lado y el nuevoriquismo retórico del vanguardismo espectacular que han sido las marcas de la casa de la cultura española en los últimos 40 años. Con las probables excepciones matizadas de Cataluña y el País Vasco donde desde las instituciones se arbitraron algunas políticas consecuentes con la necesidad de un aggiornamiento cultural que los alejara del premodernismo tradicional español y los instalase en las corrientes internacionales del momento.

Si en Andalucía del partido del centro derecha que ha usurpado tradicionalmente el espacio moral de la izquierda mediante la inclusión de los componentes socialista y obrero en sus siglas no podía esperarse nada más allá de los exuberantes y carísimos fastos pseudoculturales (Expo 92) y el cultivo de las tradiciones populares sin ningún atisbo de crítica moderna ni replanteamiento reflexivo como producción cultural destinada a las clases sociales con menor nivel cultural 13 con ese arma de cretinización masiva que es CANALSUR,  en Córdoba se esperaba una marca de diferencia cualitativa en el reparto de los réditos culturales del ejercicio de la democracia participativa. No pudo ser, en parte porque luchar contra el propio anclaje medular tradicionalista de la ciudad suponía un titánico esfuerzo difícil de superar pero por otra parte no se puede descabalgar de responsabilidad a los encargados políticos de la gestión cultural municipal que, independientemente del grado de incompetencia que muchos de ellos demostraron, pronto se abandonaron a la cómoda cobardía de la inercia y la rutina rindiendo armas, sin apenas lucha, a las fuerzas culturales reaccionarias de la ciudad a las que habían vencido en las urnas. La política cultural municipal cordobesa de la Transición fue una copia exacta de la llevada a cabo por su enemiga la Junta de Andalucía: olvido -y frecuentemente rechazo- de la tradición racionalista republicana, fomento de las tradiciones más casposas y reaccionarias, sobredimensionamiento de las fiestas folklóricas, religiosas o lúdicas, inversiones en fracasados monstruos arquitectónicos innecesarios, destrucción del patrimonio arqueológico, explotación de la cultura como producto publicitario exclusivamente con el fin de traer consumidores de fuera y sobre todo connivencia con la mafia financiero-ladrillista responsable de la burbuja inmobiliaria que beneficiando puntualmente a las corporaciones con líquido dinerario -y en ocasiones los bolsillos de los políticos- ha terminado creando la crisis que padecemos.

Tal vez podría aducir en su descargo que si los miembros democráticamente electos del PCE y de IU ostentaban la representación política de la ciudadanía, al menos nominalmente, el poder real, el social y el económico se mantuvo desde un primer momento en manos de la Iglesia Católica, propietaria del principal motor financiero de la ciudad: CAJASUR. Una especie de capo con tirilla, el orondo don Miguel, su presidente, mandó comprar, o compró- y manejó con mano de hierro- personalmente, la inmensa mayoría de las voluntades que podían hacer algo por la ciudad. Durante treintaytantos años en Córdoba no se movió una hoja sin que tuviera algo que ver o al menos lo supiera quien ocupaba el despacho forrado de maderas preciosas y presidido por criselefantino crucifijo de Tejares. Aparte de  la de los políticos, cuya colaboración con la entidad se saldó finalmente con la condena judicial de varios de ellos, uno de cada partido (IU, PP y PSOE), por complicidad en el saqueo, la más vergonzosa de las fidelidades con que contó fue la de un gremio cuyos miembros durante todo ese tiempo y salvo alguna excepción se convirtieron en masa en empleados indirectos suyos, sus publicistas, aunque en sus tarjetas de visita ostentaran el título de periodistas. Pero también escritores, artistas plásticos, peñistas, cofrades, empresarios, etc., todos sumamente agradecidos por las dádivas migajosas recibidas de su mano, que se pasaron años besando el anillo del canónigo banquero. Sólo cuando el imperio cajasureño del cabildo se hundió tras trasvasar millones de euros de los ahorradores locales a los bolsillos de los mafiosos inmobiliarios, arrastrando con él la economía  de la ciudad, se atrevieron a sacar todos ellos las gaitas de la concha donde habían estado tan ricamente cobijados para acusar, ahora cobardemente, a su benefactor.

Si, como dice José Luis Brea 14la función de la escultura en el espacio público se pone al servicio de la producción o reproducción de un imaginario colectivo en el que fija un ordenamiento simbólico tenemos que en Córdoba siempre ha cumplido con creces esa misión y no precisamente desde un punto de vista positivo. Así, como vimos, el propio -y desconcertante- retraso respecto al resto de poblaciones españolas en fijar ese ordenamiento simbólico viene a representar por si mismo -cóncavamente- el propio espíritu de la ciudad, es decir, su falta de él, de nervio generador de los símbolos en piedra o bronce con que demostraron su poder burgués, el orgullo de su identidad y su fe en el progreso las ciudades europeas del periodo de entre siglos.

La prueba del nueve en lo que respecta a la imbricación de ese axioma que citaba antes sobre la producción o reproducción del imaginario colectivo que fija la escultura urbana con el fracaso absoluto de las políticas culturales de los sucesivos gobiernos de izquierdas del Ayuntamiento de Córdoba la podemos realizar mediante el análisis de los monumentos levantados a personajes reales que a criterio de sus gestores lo merecieron. Tenemos así que desde 1979 en que gana las primeras elecciones municipales el Partido Comunista en Córdoba hasta hoy mismo se dedican 14 monumentos a personas reales. Tres de ellas son claramente ejercicios de responsabilidad cívica y tanto su sentido ético como estético, de exquisita sobriedad, entran de lleno en la racionalidad que cabría esperar del gobierno municipal que los mandó colocar o que al menos aceptó el requerimiento de algunos ciudadanos, como homenaje a personas normales y corrientes que lo merecieron. Dos de ellos están en los Jardines de los Patos y se levantaron en recuerdo uno de un jardinero, Aniceto García Roldán, que tratando de defender a una viandante de un atraco resultó muerto por los delincuentes en 1986 y otro (2007) a la mujer, Victoria Domínguez, que regentaba el puesto de arropías y pienso para palomas que allí existía y que fue asesinada por un delincuente tras resistirse a su atraco. Si el primero resulta un tanto mazacote dentro de su sencillez, el segundo, obra de Miguel Ángel González, tiene el encanto de lo sentimental popular en esas manos de anciana que liberan una paloma surgiendo de una placa de acero corten. El otro (2002) es una memoria grabada sobre una sencilla estructura de mármol tripartita en la esquina norte del Palacio de la Merced en recuerdo a las dos policías locales, María de los Ángeles García y Marisol Muñoz, asesinadas en diciembre de 1996 a tiros en ese lugar por unos atracadores dados a la fuga. Es necesario por otra parte apuntar que los dos últimos son los únicos monumentos erigidos en memoria de mujeres reales en la ciudad de Córdoba.

Monumentos al jardinero y a la vendedora de comida para palomas asesinados en los Patos

El resto por orden cronológico e indicando qué partido gobernaba cuando fue erigido:

Rafael Castejón (erudito local, 1985, PCE)
Cristóbal de Santa Catalina (cura, 1989, IU)
Lázaro Cárdenas (político mexicano, 1994, IU)
Matías Prats (político y locutor franquista, 1997, PP)
Padre Ladrillo (cura, 1999, IU)
Lagartijo (torero, 2002, IU)
Emilia de Rodat (monja, 2003, IU)
Juan de Mesa (imaginero, 2004, IU)
Cosme Muñoz (cura, 2006, IU)
Luis Navas (rapsoda, 2006, IU)
Juan Bosco (cura, 2013, PP)
Virgen del Rocío (ser mitológico, 2013. PP)
Arcángel Rafael (ser mitológico, 2014, PP)
Cura de Colegio de la Trinidad (cura, 2015, PP)

La lista resulta espeluznante. En el periodo de gobierno del PCE y la coalición en que se enrocó posteriormente, IU, no se erigió ni un solo monumento a ningún personaje que tuviera que ver con los valores que como fuerza progresista representaba. La cosa no tendría más importancia, dado que la propia racionalidad democrática que encarnaba podía comprender que el enaltecimiento excesivo -y una estatua desde luego lo es- a personajes concretos que encarnan virtudes que normalmente no comparten todos los ciudadanos podía tomarse como una imposición ideológica, si no fuera porque por contra sí se levantaron monumentos a personajes que encarnaban precisamente rasgos contrarios a esa propia racionalidad democrática y desde luego a las virtudes cívicas que como formación política decían fomentar. Salvo la figura de Rafael Castejón, un erudito local, arabista y veterinario que hizo interesantes aportaciones al conocimiento de la historia de la ciudad y ostentó cargo culturales de relieve y al que ya muy anciano había que homenajear asépticamente, las demás figuras que alcanzaron la gloria de ser inmortalizados en bronce responden claramente a trayectorias morales completamente opuestas a las que los nuevos tiempos demandaban. Otra cosa que puede remarcarse es que los tiempos de homenaje son perfectamente intercambiables y que todas y cada una de las estatuas podía haber sido levantada en tiempos de mandato de cualquiera de los dos únicos partidos que gobernaron la ciudad, IU, comunistas más o menos ex y los herederos ideológicos del franquismo, el PP.

Pero en la balanza de la inconsecuencia y la infidelidad a los principios propios es el platillo de los progresistas el que cae claramente a plomo. Porque o bien podrían haberse resistido a las presiones de las fuerzas reaccionarias que fueron las que reclamaron estatuas a los suyos o bien, si no tenían más remedio que aceptar en aras a la paz social -como parece que se justifican- equilibrar los presupuestos de moralidad política homenajeando a los héroes y mártires de la libertad. Los vencedores de la guerra civil seguían -siguen en 2015- siendo los dueños de la calle para levantar estatuas a los suyos. Por contra los vencidos, los mártires de la democracia, los genocidiados, siguen olvidados en las fosas y desalojados de los rótulos de las calles o los pedestales de las estatuas. A pesar de que en algunos barrios periféricos, los más periféricos, se han rotulado algunas calles con nombres de personajes del imaginario político y moral de la izquierda. Es una verdadera vergüenza que, por ejemplo y sólo como muestra, el último alcalde democráticamente elegido en unas urnas limpias, el socialista Manuel Sánchez Badajoz, fusilado sin juicio por los que siguen levantando estatuas a los suyos, no cuente con un busto -o mejor- un monolito recordatorio en la entrada del Ayuntamiento. Debe ser que en 30 años de gobierno ni los excomunistas ni los socialistas que gobernaron con ellos tuvieron tiempo de hacerlo. Eso sí, para levantar tres estatuas a curas, un monumento a una santa católica, una a un torero y otra a un rapsoda representante de la estética más rancia que fomentó el franquismo, sí que lo tuvieron. Claro que teniendo en cuenta que esos gobiernos de excomunistas no se decidieron a homenajear con un monumento a los casi cuatro mil fusilados en las tapias de los dos cementerios de Córdoba hasta ¡¡¡2011!!! y que, en contra de lo que su formación política, IU, incitaba a hacer al gobierno central desde sus escaños en el parlamento, se negó sistemáticamente a abrir las fosas a las que fueron arrojados, llegando a ser denunciados por algunos familiares en el Tribunal Internacional de los Derechos Humanos precisamente por ello, lo de las estatuas es pecata minuta. Otros homenajes que se me ocurren podrían haber sustanciado en monumentos o estatuas son los debidos a Azorín Izquierdo, arquitecto socialista que en el primer cuarto del siglo pasado diseñó los primeros colegios concebidos según las teorías pedagógicas racionalistas. Uno de esos colegios, el Rey Heredia, ha sobrevivido milagrosamente toda vez que el propio gobierno de IU, que debería haber mimado su conservación e incluso podría haber contemplado su conversión en un museo de la escuela racionalista y republicana y de la represión franquista del magisterio, ordenó su destrucción para crear una plaza donde colocar veladores para exprimir turistas justo a la espalda de la Calahorra. Afortunadamente un movimiento popular independiente lo tomó hace un año en una acción directa de reapropiación y lo ha convertido en un centro de activismo social que resiste a las presiones del nacionalcatolicismo del gobierno municipal actual.

Monumento a la fundadora del colegio católico de monjas en el que estudió la alcaldiosa excomunista de Córdoba que lo erigió.

Es curioso -y sintómatico de la calidad moral de su lideresa- que el mismo gobierno municipal de Izquierda Unida que estuvo a punto de demoler el colegio Rey Heredia, monumento en sí mismo a la pedagogía racionalista, levantara homenaje público estatuario a la fundadora de un colegio cuyo ideario se inscribe estatutariamente en el oscurantismo pedagógico, en el nacionalcatolicismo y en el sectarismo religioso. Es probable que algo tuviera que ver el que la dicha lideresa hubiera estudiado en ese colegio y hubiera proclamado públicamente su admiración por el sistema de enseñanza que las monjitas le endiñaron. Igual se le olvidó que en ese colegio, hasta no hace muchos años había dos puertas de entrada, una para las alumnas de pago y otra para las alumnas de caridad, amén de otros servicios disociados por clases sociales. Así, en 2003, en la plaza del barrio periférico a la que las autoridades franquistas impusieron el nombre de Santa Emilia de Rodat, fundadora del Colegio de Las Francesas, el Ayuntamiento de Córdoba le levantó monumento con la  excusa de un centenario y la donación de unas columnas.

El desfase entre los homenajes que el Ayuntamiento que rigió la alcaldiosa Aguilar al nacionalcalicismo en contraste con los que rindió a defensores y defensoras de la libertad, el humanismo y el racionalismo laicos y la línea civilizatoria de la Ilustración son brutales. Para empezar no hubiera estado mal erigir monumento a los cordobeses que, en épocas en que parece que tuvieron más sangre en las venas, se levantaron contra poderes despóticos. Los habitantes del Arrabal de Saqunda, por ejemplo, que hicieron tambalearse con una revuelta el despótico poder de un emir omeya que los explotaba sin misericordia y cuyo exilio forzoso inauguró la serie que conformaría a lo largo de los siglos la marca intolerante de los estados posteriores de la Península Ibérica, o los vecinos del barrio de San Lorenzo que organizaron en 1650 una comuna para repartir el trigo que, tras levantarse en armas contra las autoridades locales y reales, arrebataron a los especuladores, civiles y religiosos, para impedir que sus hijos murieran de hambre. O, si lo que le ponían eran las sotanas, al obispo Trevilla, el único ocupante de la silla de Osio que trató en el siglo XIX de inculcar los valores de la Ilustración al asilvestrado pueblo de Córdoba, anatemizando las corridas de toros y reconduciendo la Semana Santa a unos límites de meridiana sensatez.

Por otra parte es  así mismo sumamente sintomático que las cinco estatuas a curas dedicadas se sitúen cada una en la puerta de un colegio privado regido por instituciones católicas. Salvo en el caso del busto del Padre Ladrillo, un benefactor de los pobres por vía de la caridad cristiana, colocado a las puertas del colegio del barrio Naranjo que consiguió levantar pidiendo ladrillo a ladrillo -de ahí su apodo- los demás responden claramente a actos de publicidad del muy lucrativo negocio de la enseñanza que esas instituciones católicas regentan, en competencia directa -y desleal ya que están subvencionados- con la pública. Publicidad permanente de negocio privado utilizando suelo público graciosamente cedido por el Ayuntamiento.

El Padre Ladrillo y el cura del colegio de la Trinidad

A IU se le deben las estatuas/anuncio de Cristóbal de Santa Catalina, cura fundador del Colegio Jesús Nazareno, en la plaza de su nombre en San Agustín y la de Cosme Muñoz, el cura que fundó el colegio de la Piedad de la plaza de Las Cañas. A la inauguración de esta última acudió la propia alcaldesa de IU, Rosa Aguilar, que probablemente sea la autoridad municipal que más ha hecho por el restablecimiento de las tradiciones de raíz confesional católica en la ciudad desde los tiempos de Franco. Las monjas de la congregación consiguieron arrancar a la alcaldesa incluso el cambio del nombre de la calle trasera del colegio, la calle de la Paja, que, escatológicas resonancias aparte y tal vez no ajenas al asunto, formaba parte del patrimonio oral de la ciudad y de su patrimonio simbólico, en un acto de soberbia intolerable por ser nombre de oficio que se desarrolló históricamente en ella y que llevaba setecientos años pasando de boca en boca de padres a hijos, inmutable, pulido como un bolo de río por el uso de tantas generaciones, por el del cura fundador del colegio, Padre Cosme Muñoz. Así se las gastaba la doña. Y no por coherencia con una supuesta por confesada adscripción al catolicismo cofrade sino por puro y duro pragmatismo político y como medio de perpetuarse en el poder. Más adelante no le dolerían prendas en traicionar a su partido y cometer vil acto de transfugismo pagado a precio de consejería de la Junta y ministerio del zapaterismo.

El reciente gobierno del PP sólo se ha limitado a aprovechar convenientemente esa tradición que la alcaldesa excomunista inauguró de regalar suelo para estatuas publicitarias a los colegios privados. Así en 2013 volvió la gracia y se le permitió erigir al Colegio Salesianos en suelo público horrorosa estatua a su Juan Bosco y más recientemente en 2015 en plena avenida de la Victoria busto a otro cura relacionado con el Colegio de la Trinidad. Las novedades, no obstante, fueron importantes. Porque ya los colegios religiosos no se conforman con elegir para la publicidad la propia entrada del colegio, normalmente de poco paso, y han exigido que se les ceda suelo para estatua en zona principal, aunque incluso se encuentre alejada unos cientos de metros del establecimiento que anuncian a la manera que cierta publicidad se coloca en calle principal indicando mediante una flecha la cercanía de un negocio.

Esculturas publicitarias de colegios privados católicos en suelo público

LÁZARO CÁRDENAS

Del resto de las esculturas a personajes reales probablemente sea la de Lázaro Cárdenas la única cuya erección responda a los presupuestos políticos y éticos que los gobiernos municipales de izquierdas decían representar. Cárdenas fue el presidente mexicano que acogió con los brazos abiertos a todos los exiliados que del Escarmiento llegaron a su país. Y fue precisamente a raíz del regreso de algunos de aquellos exiliados que, aprovechando que se acababa de abrir una nueva calle para unir la avenida de Tejares con la plaza del Ángel, se le dedicó calle a la Córdoba de Veracruz y se propuso erigir estatua a quien tanto hizo por ellos. Así en 1994 se inauguraba la pieza, que se hizo traer de México, colocada en el centro de la nueva calle. Asistió al acto el hijo del presidente, el también político, Cuauhtemoc Cárdenas. En él se desarrolló una escena que podría haber filmado el mismísimo Berlanga en la España de los 60 cuando tras descubrir el busto el invitado sufrió un ataque de perplejidad al comprobar que el representado en la estatua no era su padre, sino otro presidente, Benito Juárez. El avergonzado alcalde de Córdoba ordenó desmontar rápidamente el busto de su peana que permaneció un mes vacía hasta que pudo conseguirse que enviaran cabeza del auténtico presidente Cárdenas. Nivel, en Córdoba si de verdad hay algo es nivel.

Por su parte el que fuera turiferario profesional de El Caudillo, el locutor Matías Prats, que en los últimos años del franquismo se dedicaría también a la política siendo elegido procurador en las Cortes fascistas, recibió el premio tras su muerte de nombrar una enorme plaza en un barrio de reciente construcción y que su imagen estatuaria hollara su centro con su bigotito falangista, su rictus de viejo adulador del sangriento dictador y la herramienta con que perpetró sus fazañas bélicas contra la libertad y la democracia.

Nada menos que 90 años después de que la prensa cordobesa se escandalizara de que unos señoritos aburridos de Madrid quisieran gastarle la broma a Córdoba de proponer que el primer monumento público erigido en la ciudad fuera el del matarife fino Largartijo, el Ayuntamiento decidió complacer a los mismos representantes del carpetovetonismo más rancio y casposo trasmutados en los taurinos orodentados y roepalillos de peña y casino actuales. También lo inauguró la propia alcaldesa que para entonces ya había sufrido su caída del caballo en la fe cordofriki y se sentía uno más de los degustadores de las más apulgaradas tradiciones cordobesas, perfectamente arropada como se sentía por ellos. En el colmo de la desvergüenza usando su retórica fantoche de marca osó llamar en aquel acto al matarife coletudo progresista y dotado de profundas inquietudes sociales. Eso quien jamás mostró el más mínimo gesto efectivo para homenajear a los verdaderos progresistas de cuya tradición ella hipócritamente se reclamaba y sin haber leído las fazañas sociales que se cuentan en sus múltiples anecdotarios. En 2002 y en la plaza de Vaca de Alfaro, hacia la mitad de la calle Osario. Si Córdoba no pudo ser la primera ciudad del mundo en erigir una estatua a un matarife fino, desde luego, después de tantas que se han levantado en tantos sitios y cuando ya por decencia social habían sido desestimadas, sí que tiene el dudoso honor de haber sido la que ha erigido la última.

El aparador cómico-cofrade dedicado a Juan de Mesa en su ubicación original

Pero si la extravagante alcaldesa ya había masajeado convenientemente la fibra de los taurinos, ahora le tocaba hacerlo con otra pata del banco folklofriki de la ciudad: los cofrades. Así, fue colosal el estupor que causó en las escasas fuerzas vigilantes de la racionalidad ética y estética de esta soñolienta ciudad la erección dos años después, en 2004, de un descacharrante aparador cofrade dedicado a un imaginero del siglo XVII autor de algunas figuras locales de la Semana Santa, Juan de Mesa, alguien que independientemente de que sea habitual en los manuales de arte barroco, en la ciudad no conocía nadie que no fuera algo más que capataz de una cofradía. El horrísono aparador se colocó en la coqueta plaza de las Doblas para lo que incluso hubo que arrancar varios naranjos y el hecho tuvo la virtud de movilizar durante unas semanas a un colectivo de artistas y ciudadanos cercanos al progresismo estético, pero también ético que exigieron a las autoridades seriedad y consecuencia con los valores que decían representar. El hecho recuerda un tanto al movimiento que se desencadenó en la prensa cordobesa cuando se hizo pública la pretensión de erigir estatua a Lagartijo. Se formó una plataforma, Las Doblas como antes, formada por vecinos, artistas e intelectuales comprometidos con el desarrollo de la ciudad que iniciaron una campaña en prensa para que el monumento fuera retirado y organizaron actos de protesta varios domingos que consistieron en pasar un minuto riendo ante él. El entonces Asesor del Ciudadano llegó a decir que los monumentos en Córdoba son como los sombreros de la reina de Inglaterra: cuando pensamos que es imposible que lleve uno más feo, aparece con otro que lo supera. Y un importante artista del Equipo  57 que la plaza está centrada en un arte barato y anacrónico, que recuerda lo peor de Córdoba. Seguro que Séneca se fue de aquí porque no podía aguantar cosas como éstas; percibía ya lo que iba pasar. Finalmente el mamotreto fue trasladado a San Pedro y colocado en un costado de la iglesia, no precisamente por las protestas de los artistas e intelectuales, sino por las de los propios cofrades que consideraron más adecuada su ubicación en el barrio donde había nacido el homenajeado. Con ella, además, una vez salidos de la Pesadilla Ruiz Olmos se inauguraba la entrada en la nueva pesadilla contemporánea, la Pesadilla Belmonte, escultor que desde entonces ha llenado de remordimiento decimoonaista nuestras calles y plazas.

La tercera pata de ese banco que sostenía la cultura oficial implementada por la alcaldesa eran las peñas, una tela de araña tejida con los hilos de la ranciedad machista del franquismo sociológico que conformaba, sintomáticamente junto con las cofradías, la mayor red asociativa de la ciudad. Doña Rosa Joaquina (ex de mucho y neo de más) supo aprovechar esa circunstancia maquiavélicamente contando con su apoyo incondicional a base de concesión de subvenciones sin cuento para sus actividades, convenientemente distraídas del reparto con otras más acordes con lo que de un gobierno municipal progresista se podía esperar. Y como colofón de ese masajeo subvencionatorio el simbólico de levantarles estatua en la figura de un detentador de todas esas virtudes raciales del colectivo: un recitador de apolillados versos empedrados con todos los tópicos del andalucismo flamenco-franquista y descatalogados ya afortunadamente de cualquier puesta negro sobre blanco que no los trate con el debido distanciamiento irónico. Juan Navas, rapsoda, paleocordobés, representado con atavío jurásico, capa y sombrero d’alancha, y la mirada perdida en la contemplación mística de las inmarcesibles bellezas de Córdoba cristiana y mora, paya y calé, judía y con chorizo…

En cuanto al último mandato del PP, a las dos estatuas a curas por él erigidas hay que sumar otras dos a personajes que si bien no son reales, sí que son seres mitológicos que para la inmensa mayoría de los creyentes católicos gozan -acto de fe mediante- de existencia real. El primero fue a una  Virgen, la madre del dios de los católicos en uno de sus miles de avatares, en este caso el del Rocío, un culto completamente ajeno a Córdoba y ligado al mundo del señoritismo tradicional nacionalcatólico de la zona occidental andaluza que ha conseguido, con la inestimable ayuda de la televisión socialista, exportar con notable éxito a los más apartados de la comunidad. El otro ser mitológico, que pasa por custodio de la ciudad para los católicos, ha sido levantado en medio de una plaza frente a donde estuvo la puerta del estadio de fútbol, que se llamó precisamente El Arcángel, por supuesta y dudosamente, según el Ayuntamiento, la presión de los vecinos que perdieron la protección del que coronaba la puerta del estadio desaparecido. Al menos este Ayuntamiento hace el esfuerzo de justificar de alguna manera lo que no tiene más justificación que el marcaje almizclero de nueva esquina por parte del nacionalcatolicismo que oficialmente encarna.

Si como hemos visto la política cultural municipal de Córdoba no se ha distinguido en los últimos años de las llevadas a cabo por sus enemigos políticos de la Junta, cualquier análisis que nos sirva para aprehender el sentido de la política cultural autonómica podremos aplicarlo igualmente para la municipal. Así, según Jesús Rubio, para entender lo que ocurre hoy en Andalucía y las propuestas socioculturales emanadas institucionalmente, habría que superar el maniqueo planteamiento entre tradicionalismo y vanguardias, e intentar comprender la especificidad de un contexto en el que intervienen un pensamiento activo de raíz oligárquica, una economía de mercado neoliberal, una tradición, más romántica que crítica, de identidad sociocultural de los sectores más bajos, que intenta reparar una injusticia histórica con una ausencia casi absoluta de un pensamiento real, abierto y reflexivo 15.

Es esa ausencia de crítica y análisis sobre las tradiciones y los símbolos populares premodernos que hemos sufrido en Andalucía la que ha impedido que éstas hayan podido imbricarse naturalmente, enriqueciéndolas, en las fuerzas productoras de cultura de la modernidad que son propias de la corriente civilizatoria occidental actual y se hayan convertido en autónomos monstruos insaciables de exigente atención y en los que sólo ha pervivido lo peor y más reaccionario de sus componentes y mensajes. De ritos de paso colectivos a ritos de consumo masivo. Todo ello acompañado por otra parte por unas políticas institucionales basadas en el trampantojo cultural y en la retórica cerebratoria de fastos, actividades y erección de edificios emblemáticos, que dicen referirse a una vanguardia a la que aspiramos, pero que se encuentran claramente disociadas de la realidad social y cultural real del país y sin conexión con el estado y las necesidades vitales de los ciudadanos.

El caso de Córdoba precisamente es paradigmático. El fomento institucional y hasta el delirio de esas manifestaciones y tradiciones populares –en algún caso absolutamente supuestas- ha sido abrumador y, salvo por las condiciones políticas en las que se desarrollaba, completamente seguidista del llevado a cabo por el franquismo. No es extraño que la alcaldiosa Rosa Aguilar, haciendo suyos de esta manera presupuestos legitimadores del franquismo, declarase públicamente su respeto por el alcalde falangista Cruz Conde que desde el autoritarismo fascista inventó una Córdoba de cartón piedra para atraer el turismo y fomentó las tradiciones populares como forma de control político. Así la protección, y subvención de romerías, peroles, noches blancas del flamenco, eventos taurinos, procesiones del catolicismo cofrade, verbenas, actividades peñísticas, etc, se convirtieron en la base fundamental de la política cultural del rosismo. Sólo hay que ver cómo tradiciones respetables como las cruces de mayo han acabado convertidas en enormes botellones con fines estrictamente lucrativos de las cofradías. O un mundo tan delicado y digno de consideración y estudio sociológico por lo que tiene de doloroso recuerdo de la superación popular de la miseria como son los patios que ha acabado convertido en un parque temático sin el más mínimo respeto por su sentido íntimo para exclusivo engorde del gremio hostelero de la ciudad.

Como complemento en el otro extremo se lanzaba de cabeza a la corriente general española de esos años, unas demenciales y suicidas políticas basadas en el fastismo (Capitalidad Cultural Europea 2016) y la arquitectura del milagro como la definiera Llatzer Moix (El palacio del Sur de Koolhas), ambas radicalmente alejadas de las necesidades reales de la ciudad y sabidamente condenadas al fracaso desde su misma concepción. La última, la priápica erección de un haiga que nos pusiera en el mapa y en las revistas especializadas de arquitectura costó a la ciudad la friolera de diez millones de euros -y nunca se recordará bastante- sin que se llegara a poner ni un ladrillo. La otra, la agotadora, jartible preparación durante varios años de la ciudad para un concurso cultural europeo, fallaba desde la misma base, es decir desde la base de que esta ciudad carecía de cultura alguna que ofrecer que no fuera sus faralaes folklofrikis, sus performances cofrades y su propia historia y los restos de su pasado, unos restos que en ese momento las palas mecánicas estaban destrozando minuciosamente en los arrabales califales que iban apareciendo en las obras de cimentación de los engendros adocenados, alimento de la burbuja inmobiliaria. Los tres fueron, lógicamente, vetados como productos representativos de nuestra modernidad cultural y lo que se construyó entonces fue un enorme trampantojo detrás de cuyas altas puertas, como en los versos de Borges, no había nada, ni siquiera el vacío. Bueno, sí, entusiasmo, mucho entusiasmo popular incitado desde la organización a base de hacerlo lucir camisetas uniformemente logadas y hacer cantar al unísono a miles de encamisetados ciudadanos el Soy Cordobés. De nuevo Berlanga, Bienvenido Mister Marshall. Cuando llegó la hora de la verdad, la de enfrentarse a un competidor con proyecto sólido, los americanos pasaron de largo por ella y nos dejaron con la tarea de desmontar el pueblo de cartón piedra y en la conveniente soledad para rumiar nuestra melancolía.

Es cierto que no todas las actividades culturales se mantuvieron en esos polos y eventos como Cosmopoética a pesar de los vaivenes conceptuales que la han zarandeado en los últimos años sigue cumpliendo con razonable salud su misión de convocar poesía y poetas para acercarlos a la ciudad. O el Festival de la Guitarra, que, aunque de referente mundial de la didáctica se acabó convirtiendo en uno más de los adocenados festivales veraniegos de conciertos que jalonan la geografía europea y que juegan con las impuestas giras estivales de determinados artistas tengan o no que ver con la guitarra, llenan las noches de verano de buena música.

Y la oferta se cierra con ciertas actividades y la creación de ciertos edificios de concepción tan vanguardista que, sin los debidos tramos culturales intermedios consolidados, se quedan en meras representaciones de políticas culturales concretas -carísimas, eso sí- más que como los medios de interrelación entre organismos, artistas y ciudadanos que realmente se necesitan. La historia y el sentido del Centro de Creación Contemporánea es un ejemplo perfecto de lo que digo.

Es en ese panorama, añadiendo el hecho de que el neoliberalismo imperante ha conseguido convertir las ciudades históricas en productos de consumo de masas, verdaderos parques temático-turísticos, desde donde tenemos que mirar cómo se solucionó en Córdoba el problema de cómo concebir y dónde instalar una decoración urbana que trascendiera el tópico y jugara dialécticamente con la que se considera esencia de la ciudad y las formas estéticas que corresponden al momento contemporáneo y que retratan desde el punto de vista del arte a la propia sociedad que la vive o la visita.

Como vimos en el monumento conmemorativo, en el monumento decorativo la tendencia será exactamente la misma: la contracorriente. En los años 80 irrumpe en todo el mundo el fenómeno de la posmodernidad, uno de cuyos aspectos más interesantes es precisamente la necesidad de los artistas de sacar sus obras a la calle huyendo tanto del carácter esencialmente estático de los museos como de la mercantilización cada vez más radical a que se enfrenta el mundo de la creación. Se trataba de una rehumanización de la ciudad, la recuperación de la ciudad de uso frente a la que la modernidad había construido, la ciudad mecanizada, despersonalizada y cuya estética había urgentemente que reinterpretar antes de que quedáramos engullidos por la propia vorágine del falso desarrollo, el puramente tecnológico. Es ahí donde los artistas y los gestores municipales se ponen de acuerdo en muchas ciudades para llevar a cabo ese delicado y muy elástico proyecto para llenarlas de obras en las que la ironía, la parodia, la desacralización de los símbolos considerados inmarcesibles, la irreverencia con las obras ampulosas del pasado y sobre todo la animación al disfrute lúdico de calles y plazas desde los presupuestos de la democratización más radical de esos espacios.

Pero de donde no hay no se puede sacar. Y Córdoba que precisamente se encontraba por esos años envuelta en un proyecto de amplísimos vuelos de aspiración a ser la Capital Europea de la Cultura pudo haber apostado, entre otras muchas cosas, por entrar de lleno en esa corriente de hacer interaccionar a los ciudadanos con la cultura en la calle por medio de esculturas y elementos de decoración urbana rompedores. Por contra lo que se decidió fue volver los ojos por una parte a la tradición más reaccionaria como ya hemos visto con la erección de monumentos ensalzatorios a personajes del universo nacionalcatólico y por otra a la reproducción acrítica de los más trasnochados elementos del tipismo y del tópico de la cordobesidad. Desafortunadamente no se trata de un fenómeno estrictamente cordobés ni tampoco ha sido en Córdoba donde más barbaridades de ese estilo se han perpetrado. Sevilla y Granada se llevan la palma, que en los últimos 30 años han convertido sus calles en una verdadera pesadilla poblada de espectros de toreros, bailaoras, duquesas, aguaores zombis y gitanos patilludos. E incluso más allá de Despeñaperros la cosa ha debido llegar a ser preocupante. Es así que pudimos leer en un lejano 1998 cómo el artista Eduardo Arroyo en un artículo publicado en El País bajo el título de Pimientos morrones y kiwis lanzaba al viento su grito de dolor, hastío e indignación por la ya intolerable progresión de esculturas urbanas de dudoso gusto en Madrid, de las que la Violetera era sólo un botón de muestra. El artista terminaba con esta terrible duda: ¿qué delito cometí para vivir a mis sesenta años y en mi ciudad rodeado de esta enciclopedia de criminales soplidos estatuarios?… He debido de pecar mucho, me imagino. 16

Parece pues que debido a la menor importancia de la ciudad respecto a otras y a su acreditada y tradicional falta de empuje estatuario Córdoba ha permanecido a un nivel inferior en lo que a las profusión en las calles y plazas de esos horrores que han hollado la contemporaneidad postransicional española. Pero haberlos, haylos y gloriosos.

A curas, toreros, peñistas, franquistas, vírgenes, arcángeles y cofrades hay que sumar una serie que comenzó hace unos años y que no sabemos qué nuevos horrores nos procurará en el futuro si las urnas no lo remedian. Se trata de las esculturas dedicadas a los paleocordobesesEn ellas hay que incluir a algunos personajes reales (Juan Navas, Lagartijo…) de los que ya hemos hablado pero cuya justificación podría por eso mismo ser mantenida, cosa que no ocurre con los monumentos supuestamente representativos de las más añejas tradiciones o de personajes estereotipos del pasado premoderno que sin ningún tipo de aparato filtrador de su símbolo se muestran desnudos de vergüenza, sin pudor estético mediador alguno. De Belmonte, claro. Continuaba La Pesadilla.

Fue el conjunto de Las Aguadoras colocado en tiempos ¡cómo no! de Rosa Aguilar frente al palacio de la Diputación el que rompió el fuego y en el que parece buscarse la exaltación del tópico más rancio y antifeminista de la belleza exterior de la mujer cordobesa, entronizada para el estereotipo de raíz romántica por las modelos de Julio Romero. La inclusión de unos versos de estética apulgarada en su dorsal alusivos a esa inmarcesibilidad de la belleza de la mujer cordobesa componen la guinda de este indescriptible pastelazo cuyo estilo y espíritu podríamos bautizar como decimoonanismo. Lo curioso del caso es que no parece existir ninguna razón lógica, artística, social o política que explique por qué semejante adefesio se instaló en semejante sitio.

La segunda, y por ahora última de la serie, ha sido la instalación, ya en tiempos del gobierno municipal del PP, de una representación simbólica del mundo de los patios sustanciada en la escultura hiperrealista a pie de calle de una mujer dotada de rasgos que quieren ser, como sus hermanas las aguaoras -por algo son del mismo autor-, julioromerescos, pero que más bien parecen haber estado inspirados en los adocenados maniquíes femeninos de Pronovias, y complementos que la identifican como andaluza armada de una cañilata, artilugio popular consistente en una larga caña con una lata atada en su extremo que sirve para regar las macetas más altas de los patios cordobeses.

El culto a los patios cordobeses se ha revelado, abandonadas otras opciones más sustanciosas para optar a un lugar preferente en el mundo de la cultura y sobre todo de la cultura mercantilizable, una vez que se ha demostrado que no basta el contar con un fastuoso patrimonio histórico artístico y urbanístico si no se lo dota de un contenido dinámico que atraiga a más gente que la que lo consume desde la ventanilla de un pullman, como la única opción que han encontrado los gestores de la cosa cordobeses para justificar su labor -y sus sueldos-: convertir el tipismo de raíz cruzcondiana -el kitsch y el cartonpedrismo- en motores de una industria a la que llaman cultural pero que está dominada por el gremio de hosteleros, a cuyo servicio claramente están. Así, frente a algunas propuestas de gestión de un patrimonio de tan poliédricas interpretaciones como los patios populares en los que la mayoría de la población cordobesa más humilde anterior a los años del desarrollismo desarrolló sistemas de supervivencia basados en el cultivo de la estética habitacional, se ha optado claramente por su conversión en un parque temático de consumo masivo, cuyos gestores, tanto municipales como los del lobby de la hostelería, han desechado explícitamente la racionalidad en su explotación excluyendo el concurso de criterios explicativos interdisciplinares y desalojado de la didáctica expositiva a los profesionales críticos con su hipermercantilización y por tanto con la sobreexplotación a que en los últimos años se han visto sometidos.

Esa escultura de la cañilata no es, pues, más que un anuncio publicitario de la política turística municipal acicatada por la que pasa actualmente por mayor fuerza económica de la ciudad: la explotación hostelera. Su búsqueda de impacto en las revistas del ramo turístico mediante la fotogenia de un tipismo añejo y periclitado pero que, convertido en puro kitsch, parece seguir sirviendo como reclamo tanto para las masas consumidoras de fines de semana como entre los propios aborígenes. En vista del éxito que semejante caramelo fotogénico ha tenido entre los turistas el ayuntamiento no se lo ha pensado dos veces y ya ha encargado otra escultura publicitaria del mismo estilo y al mismo autor como segunda parte: una composición de dos figuras, un anciano y un niño representados en pleno acto de regeneración de la tradición de regar macetas en un patio cordobés. Esta vez se colocará en el corazón del Parque Temático Patios de Córdoba: San Basilio. La amenaza se cumplirá en breve… antes del comienzo de la temporada Patios-2015.

PALEOCORDOBESES: El vampiro de la Casa’r Viejo, la cañilatera y la aguaora feminista

Todavía existen amenazas más terribles sobre nuestras cabezas en forma de esculturas urbanas por mentes degeneradas soñadas, por mentes enfermizas concebidas y por mentes insustanciales realizadas. Desde hace años algunos franquismiquis, franquistas tiquismiquis, un término que acuñé hace años que venía a definir a tantos provectos franquistas que vivieron plácidamente en la dictadura, gozando de su protección, y que se descubrieron luchadores por la libertad en el momento en que El Caudillo exhaló su último criminal suspiro. Seguían siendo franquistas pero ya con muchos reparos. La UCD fue su refugio y aún algunos de ellos siguen galleando su purpurinada cobardía en los medios locales. El caso es que algunos llevan años empeñados en levantar estatua al alcalde franquista por antonomasia, Antonio Cruz Conde, falangista organizador con su hermano Rafael, también alcalde, de quien heredó el cargo, y su tío José (también alcalde, por lo que se puede hablar con propiedad de una verdadera dinastía caciquil municipal cordobesa) de la trama civil local del golpe de estado fascista devenido genocidio de demócratas. La consecución de tal atentado contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos parece aún lejos de ser perpetrada, toda vez que los fascistas cordobeses no se lo propusieron en su tiempo natural como sí consiguieron hacerlo con el obispo  Fray Albino, pero dada su marmórea voluntad amenaza con que tarde o temprano, si las urnas no lo remedian, acaben saliéndose con la suya.

Otra amenaza cuyo acre aliento hemos sentido recientemente en nuestras nucas ha sido el que han lanzado esos extraños híbridos de adoradores del mundo señoritil del caballo andaluz, los del matarifismo fino y esos neopijos con o sin posibles aspirantes a ser aceptados en el Círculo de la Amistad, en torno al deseo de levantar estatua a Antonio Cañero, un rejoneador de los años 30 que renovó el matarifismo fino a caballo, militar, golpista y organizador de una brigada de garrochistas que en los primeros días del Escarmiento peinaban la sierra de Córdoba a lomos de sus cabalgaduras y armados de picas y escopetas a la caza de los republicanos huidos de la masacre que se desató contra ellos en la ciudad. Si no llega a surgir un pequeño, y extravagante, movimiento de contestación en la ciudad que alertó del monumental despropósito, avergonzando a las fuerzas de la izquierda representativa que estaban dispuestas a aceptarlo, contaríamos ahora con ese atroz recordatorio de la pervivencia del universo simbólico de los crímenes franquistas, perfectamente respetabilizado, en pleno siglo XXI.

Pero las amenazas más inquietantes que sufrimos los que abominamos del monumentalismo cordobés contemporáneo se encuentran una ya en el taller de un perpetrador de horrores y la otra, afortunadamente, aún en la mente de un diseñador de ellos. Efectivamente el escultor que tiene ya listas cincuenta esculturas a tamaño natural de otras tantas personalidades ilustres cordobesas en su taller de Piedrasanta a espera de que un mecenas con más poderío que aquel del que sólo cuenta con puras promesas, el inefable Rafael Gómez, alias Sandokán, ha recibido el encargo municipal de tallar en mármol de Carrara estatua completa del que fuera fundador del campamento romano que diera origen a la ciudad actual: Claudio Marcelo. Córdoba siempre en vanguardia. Parece que una vez concluida la nívea representación del general romano realzará con su presencia algún rincón del trampantojo de templo romano que se alza tras el excelentísimo Ayuntamiento. Por su parte el proyecto que aún permanece amorosamente acunado en la mente de un diseñador de horrores narcocatólicos es el de una escultura del rey Fernando III El Santo, el enmadrado rey que arrebató la ciudad a la morisma, encaballado y blandidor de temible espada matamoros. Teniendo en cuenta que se trata de una bóveda craneana amueblada como un altar rococó y profusamente decorada con angelotes enmugrecidos por años de humo de incienso y cera quemada, da pavor sólo imaginar el producto que de ahí puede salir. Se lo cuenta a todo el que aparece por su despacho su muñidor: el actual concejal de Casco Histórico del Partido Popular, el politoxicofrade Rafalito Jaén. Miedo. Para mí que tiene en mente el centro de La Corredera. Benditas Urnas, venid al rescate.

La única escultura de la ciudad salida de las manos de una mujer sirve de nítida muestra de lo que las Guerrilla Girls llevan denunciando desde mediados de los 80: que el mundo del arte es, tras el de los eclesiásticos, aquel campo social en el que, partiendo de premisas naturales igualitarias, se dan las actitudes más radicalmente machistas, en el que con mayor beligerancia se excluye a las mujeres. Sólo hay que computar el número de obras ejecutadas por ellas que se exhiben en los museos, no ya de arte antiguo en cuya ausencia podría argüirse la carencia de formación y creación por barreras legales históricas del sexo femenino, sino incluso en el de más rabiosa contemporaneidad, reflejo de una época en la que esas barreras han prácticamente desaparecido, para entender que las concepciones de creatividad artística vigentes se fundan en construcciones culturales arbitrarias que responden a intereses ideológicos muy concretos y que mediante el poder de los dominados medios de emisión de mensajes conforman un universo social sexista que condiciona inconscientemente la visión del mundo de la práctica totalidad de la población. Se trata de una pequeña obra perdida en el laberinto de callejuelas que se entrecruzan entre la plazuela del Amparo y la de la Alhóndiga que representa una alegoría del baño, una joven desnuda arrojándose sensualmente un aljófar de agua sobre la cabeza, justo en la puerta de los restos arqueológicos del hammam almohade encontrado en la calle de la Cara y que se halla en un lamentable estado de abandono. No sería de extrañar que su colocación respondiera a un ataque de remordimiento -o mejor de hipócrita justificación- de las autoridades (in)competentes que en años no han sido capaces de poner en valor un patrimonio histórico-arqueológico de primera magnitud como es ese baño. Sea como sea, luce su pequeña y serena realidad, como promesa de súbito encuentro,  al paso del viajero o el local que disfrutan de la secreta -por discreta- belleza de esas callejas a dos pasos del río cada vez más infernal de Cardenal González. Su autora es Teresa Guerrero, lleva fecha de 2000 y grabado en el pedestal unos versos de Ibn Shuhayd -en árabe y en castellano- que enfocan nítidamente el recuerdo de un momento concreto fugazmente transcurrido en un hammam cordobés el siglo XI.

OTRAS ESTÉTICAS

De muy diferente sentido y sensibilidad e incluso de muy dispar resultado en lo que a bondad artística se refiere, encontramos también otra serie de intervenciones escultóricas urbanas en los últimos años que podrían venir, por su concepción más encuadrada en la estética de su tiempo, a equilibrar la corriente de estética remordimentista decimoonanista principal si no fuera porque su carácter casi marginal las mantiene a respetable distancia de la misma.

El Morera de Huerto de Recuero

En los primeros años de la Transición el extremadamente voluntarioso y comprometido artista Salvador Morera regaló a la ciudad una serie de esculturas, dramáticos aparadores férrico-simbólicos, que fueron colocadas, imagino que más por compromiso por la intención del regalo, que por sus cualidades artística intrínsecas, en varios espacios urbanos del casco histórico: ensanche de la calle Santa Inés, cruce de la calle Abéjar con Mayor de San Lorenzo y calle Muñoz Capilla, frente a donde estuvo su Casa Museo, hoy Casa Azul. Dos de ellas permanecen in situ. La otra, la de la calle Santa Inés, supongo que en un acto de piedad de algún gestor municipal con algo de sensibilidad la envió a decorar las desoladas zonas del extrarradio y hoy luce, mucho más adecuadamente, entre los setos de un cruce de calles del Huerto del Recuero. No obstante una de sus más aparatosas obras sirvió de espina dorsal de la edificación de un IES, el Ángel de Saavedra, Ahí sigue traumatizando estéticamente a generación tras generación de estudiantes sin que ningún claustro, y no por falta generalizada de ganas, se atermine a solicitar su retirada. Más recientemente consiguió endiñar dos obras suyas más a la ciudad. Una en una plaza de Las Margaritas, uno de los barrios más deprimidos de la ciudad, junto a la parroquia, que parece representar un cantaor y un guitarrista. Para comprender la magnitud de la putada que se infligió a aquella pobre gente hay que ver la escultura. Yo al menos me siento incapaz de transmitirlo mediante una descripción. La plaza del Pocito de la Fuensanta, afortunadamente relegado a un rincón extremo de la misma adonde hay que ir expresamente a buscarlo y que no he conseguido averiguar cuál es su sentido, que en un autor tan mensajista, seguro que lo tiene.

Pesadillas Morera: en la plaza del Pocito, en la calle Abéjar y en Muñoz Capilla

Otras obras que rompen con la tendencia del decimoonanismo escultórico de la ciudad son más fruto de albures circunstanciales que de intervenciones urbanísticas planificadas. A mí me gustan especialmente varias. Una la magnífica escultura SALAM, obra del colectivo Equipo 57, grupo de creación artística de vanguardia que rompió con la monotonía estética del franquismo desde mediados de los cincuenta y que estuvo compuesto principalmente por autores cordobeses y vascos. Sigue, relativamente olvidada, en el extremo oriental del meandro de Miraflores, aunque ha acabado por servir de primer plano a una de las mejores vistas del perfil de la ciudad.

Unos años después (2003), uno de los miembros de aquel colectivo, Agustín Ibarrola, deja huella en el mismo meandro, que por entonces encarnaba la extravagante promesa de convertirse en una especie de Isla de los Museos a la berlinesa. Su obra, unos muros compuestos de grandes cantos de río coloreados, sufren hoy día no sólo el romanticismo de la obra inacabada, sino el acabamiento definitivo del vandalismo impune. Hay quien dice que la intervención de Ibarrola, esos cantos rodados del río Guadalquivir dotados de vida por el color, son un homenaje a los habitantes del arrabal de Saqunda que con ellos construyeron los cimientos de las casas que tuvieron finalmente que abandonar para lanzarse a un exilio que los condujo a Fez, a Alejandría, a Creta, donde fundarían un emirato cordobés que duraría más de un siglo y medio… Esos cantos rodados originales que aún siguen expuestos, los más afortunados, a la intemperie, en algunas zonas de la excavación arqueológica del arrabal, que otros acaban de ser enterrados sin ninguna protección por las autoridades cordobestias del ramo.

Ibarrola en Miraflores

A menos de 50 metros se levantó, aún muy reciente la muerte por causa del SIDA del artista cordobés Pepe Espaliú, un sencillo monumento consistente en una peana de piedra estriada en la que lo único que resalta es una placa con una frase grabada sacada de alguna declaración del artista. La más absoluta sencillez dentro de la más absoluta ausencia de jerarquías. Ni nombres, ni firmas, ni protagonismo. Puro y acerado minimalismo contemporáneo.

SALAM del Equipo 57 y homenaje a las víctimas del SIDA a través de Pepe Espaliú

También en la orilla sur del río, la olvidada, dos obras de un autor por el que tengo debilidad: Luis Celorio. La primera y más antigua está colocada justo al lado del Puente Romano y frente al perfil de la ciudad histórica y representa una cola de pez en granito que surge del suelo y cuyas aletas caudales abiertas a la altura de unos ojos se transmutan en libro donde puede leerse el romance de Lorca que habla de San Rafael y el río, el nuestro. Según ha contado en conversaciones personales el autor esa obra no es más que una muestra de una serie que tenía en mente para pespuntear la orilla del río y que la alcaldiosa Aguilar personalmente rechazó con el contundente argumento de que los peces traen mala suerte. Está claro que no eran suficientemente casposas para su sensibilidad o que los únicos peces que le gustan son las pijotas de su compadre Sandokán. La otra escultura de Celorio, un enorme banco/pez (Jonás) que ha penado varado en el secano de un pequeño patio del palacio de Orive (sede actual de la concejalía de cultura del Ayuntamiento) ha sido sorpresivamente, con nocturnidad y alto secretismo, trasladado a la orilla del río, al costado occidental de la Calahorra, lugar que originalmente había pensado para su instalación el autor pero sin contar con él para ello, lo que hubiera evitado que con tanta prisa como se hizo el traslado se colocara al revés, con la parte cóncava del pez que formaba el asiento de espaldas al río…. Todo apunta a que de lo que se trataba era de quitarse de encima ese burraco que hería la sensibilidad imaginera del responsable, sentido y sensibilidad, el mismo concejal que sueña con la estatua del rey santo.

Otra escultura que rompe con la tendencia remordimentista es la que José María Serrano Carriel colocó en un extremo del Vial en su encuentro con la Glorieta de Almogávares y que representa a un estilizadamente musculado coloso mostrando el camino del futuro a un niño que apenas puede sujetarse a su dedo. Su estética de comic no gusta a mucha gente, pero es una apuesta respetable. Vientos de Cambio lo tituló y podría haber sido el comienzo de una serie de intervenciones escultóricas a lo largo del paseo. Pero por ahora se alza enorme y solo al principio de una avenida de un kilómetro y medio perfectamente esculturizable.

Otras dos esculturas interesantes colocadas recientemente lo han sido fuera del casco histórico. Una es la obra de Aurelio Teno en homenaje a la Mujer Maltratada, que el autor regaló al barrio de Fidiana. Independientemente del carácter buenista y la muy bienintencionada ocasión del regalo como rechazo del aumento de la violencia de género, a mí me parece que adolece de un excesivo gusto provocativo y lacerante que podría haberse evitado si, evidentemente, la obra hubiera sido concebida por otro autor de humor artístico menos dramático.

La otra se encuentra en la plaza del Chimeneón. Y desde mi punto de vista se trata de un ejemplo, pequeño pero muy agudo, del tipo de algunas intervenciones que podrían funcionar perfectamente en espacios urbanos contemporáneos y que, plenos de humor y de ironía, alegran la vida de los atareados ciudadanos. Se trata de una simple silla de hierro al pie de la cual ha colocado el escultor un par de pantuflas del mismo material perfectamente practicables. A unos metros una estructura de material abierta enfoca directamente hacia el centro de la plaza. Cualquier ciudadano puede sentarse en la silla, calzarse las pantuflas y contemplar cómodamente a través de la estructura como si se hallara en su propia casa el elemento más representativo de la misma: la enorme chimenea fabril que se ha conservado en su centro. Es una pena que hoy día se halle en un lamentable estado de abandono por la desidia municipal y el vandalismo de muchos anticiudadanos.

Homenaje a la mujer maltratada, la silla del Chimeneón y Vientos de Cambio

Pero si ha existido en Córdoba una intervención escultórica que realmente responda al espíritu de su época esa es la del Hombre Río. Un buen día de la primavera de 2006 apareció en el río Guadalquivir muy cerca del puente de Miraflores una escultura flotante de un sonriente personaje que parecía tomar un plácido baño de agua y de sol y de cuya colocación, tras la inicial sorpresa, ninguna administración se hizo responsable. Así que aparte de en la propia escultura la obra de arte estaba en su propia clandestina colocación con nocturnidad y secretismo. El revuelo fue monumental pero tuvo el mérito de dividir a la ciudad entre defensores y detractores. Antes de que las autoridades hubieran decidido qué hacer fue el propio río el que se encargó de dilucidarlo cuando una noche la fuerte corriente rompió los anclajes y lo arrastró varios kilómetros aguas abajo. Una vez confesos los autores, que resultaron ser Rafael Cornejo y Francisco Marcos, entraron en negociación con el Ayuntamiento que finalmente decidió costear la recolocación de la obra, en un material más fuerte y con unos anclajes más firmes en enero de 2007. Diez meses después unas torrenciales lluvias hicieron crecer poderosamente el nivel del caudal de río que acabó arrastrando de nuevo la escultura sin que esta vez el Ayuntamiento se volviera a hacer cargo de su reinstalación.

Unos años después surgieron otras apuestas parecidas. Una intervención clandestina en multitud de calles del casco histórico en el que se renombraban, usando el mismo tipo de caracteres antiguos, con ingeniosas e impactantes frases. Por la misma época apareció la escultura perecedera de un arcángel estrellado en el suelo en la Ribera y posteriormente una escultura de un bañista en posición de lanzarse al río en el sector oriental del huso del puente de Miraflores. La última ha sido una enorme bola fabricada con varas de fibra de vidrio brillantes que apareció colgada una mañana del pretil del mismo puente. Todas ellas fueron clasificadas por alguien en las redes sociales con el acertado nombre de ARTE TUNANTE.

Un fenómeno muy curioso que se ha dado en esta ciudad a lo largo de los últimos años es la relegación a los barrios periféricos de la escultura más alejada del figurativismo que sistemáticamente se da en el centro. Es como si la señora de la casa no permitiera excentricidades decorativas en su salón veteroburgués y fuera enviando las modernidades que le regalan a las habitaciones del servicio. Bajo su posesión, pero fuera de su vista. Es así como puede interpretarse la colocación de varias esculturas inclusas en la abstracción unas y otras más o menos alejadas del realismo en barrios obreros muy alejados  tanto del ámbito burgués del cogollito del Ensanche como del encanto de los barrios tradicionales intramuros.

La horripilancia hecha escultura. En Las Margaritas

En la plaza del Mediodía, en el corazón del Sector Sur se instaló una escultura de acero corten que representa una especie de hoja que se clava, atravesándolo, en el suelo. Probablemente no era la intención del autor pero la parte más ancha de la escultura presenta una curvatura en plano increíblemente perfecta para la práctica del skateboarding, actividad al que lo dedican con verdadero talento la chavalería más atrevida del barrio. Sin fecha ni firma.

Ya he hablado de las pesadillas morerianas de la Huerta del Recuero, de las Margaritas y de la plaza del Pocito, ninguna de las cuales hubiera sido tolerada en alguna zona bien de la ciudad, a pesar que otras dos permanecen inexplicablemente en el casco antiguo.  Por otra parte en la acera que da paso a la bajada para la plaza de Pocito de la Fuensanta se han colocado dos columnas troncocuadrangulares inclinadas que claramente tienen sentido de homenaje satánico, las marcas de la pezuña del Maligno, perfectamente adecuado al lugar al que da entrada: una plaza robada por la Iglesia a la ciudad, en la que un santuario atesora el ídolo de una diosa de la fecundidad asociada al simbolismo del agua de un pozo y guardada por un terrible monstruo clavado a la pared: El Caimán.

El jierraco de la plaza del Mediodía y las Pezuñas de Satán de la Fuensanta

En 2006 el Ayuntamiento de Córdoba anunciaba a bombo y platillo la instalación de una escultura alegórico-simbólica en el corazón del Parque Cruz Conde, lugar muy frecuentado de esparcimiento popular. Nautilus en el pentágono con río del gaditano Enrique Salamanca. Su simbología establecía la relación entre lo ilusorio y lo real, entre lo exterior y lo interior. Se trata de una alegoría de la eternidad, el principio sin fin. Eso decía el autor de la obra, una horripilante estructura que combinaba tiras onduladas en erección con espirales como su propio título indicaba. Costó al municipio la friolera de 52.200 €, lo que se hubiera quedado en simple anécdota si el concejal de Cultura no hubiera acompañado su inauguración con el lanzamiento de la terrible amenaza de que se trataba sólo de la primera de una serie que respondía a una idea de la estatuaria pública que el Ayuntamiento quiere ir instalando en diversas zonas de la ciudad. Vista la muestra, pánico del resultado final.

No fue diseñado para ello, pero podría haberse considerado un homenaje a los caracoles con comino, el plato típico primaveral cordobés. Estuvo en el Parque Cruz Conde

El concejal nos iluminó a todos con las siguientes palabras: La obra nos muestra un fragmento del mundo creado no por la naturaleza sino por el hombre. Al contemplar esta escultura te encuentras con una obra producto del esfuerzo intelectual, algo creado y construido para ser disfrutado. El hombre que lo crea demuestra la inmensa capacidad del espíritu del ser humano. Bueno, a ver, hay que explicar que el excretador de semejante perla exegética fue el mismo lumbrera que consideró como el más romano de los lugares cordobeses aquel erial donde se había colocado ese mismo año el aparador del Séneca de Barrón. Pero si descacharrante fue su colocación más aún lo sería su retirada. Cuatro años después, en 2010, comenzó la muy polémica remodelación del parque para la que hubo que desmontar sin remedio la obra sin que a su finalización fuera recolocada. La causa, según fuentes oficiosas, fue que el delegado municipal de infraestructuras del momento, hombre muy alejado de anfractuosas conceptualidades,  le tenía manía a la escultura, la consideraba un bodriazo y sus perendengues no iban a consentir que se ereccionara de nuevo. Diez millones de pesetejas, pues, a la basura. Claro que comparados con los diez millones de euracos que acabaron en el mismo contenedor de residuos tras el fracaso del priápico Palacio del Sur de Koolhas, se trataba del chocolatillo del loro del despilfarro municipal de la era de la Doña de la Chaquetiya Colorá. Y del nautilus que ereccionaba ríos nunca más se supo. Yo hubiera engañado al delegado ese explicándole que se trataba de un monumento a los caracoles, a los de los puestos que aromatizan de comino y yerbagüena el aire de la ciudad en primavera. Seguro que seguiría ahí.

No fue la única escultura que el gobierno de Izquierda Unida hizo desaparecer misteriosamente. En el parque de Miraflores, justo en donde iba a ir el inconmensurable haiga del Palacio del Sur se colocó una bonita escultura que creo recordar representaba a una pareja de bañistas en un tono bastante desenfadado. No he conseguido averiguar cuándo ni por qué despareció. Y   lo que es peor, no consigo encontrar a nadie que se acuerde de ella. Y soñarlo, no lo soñé.

El Hospital Reina Sofía también cuenta con su escultura. En 2004 varias asociaciones de donantes de órganos ayudados por banca privada y organismos públicos consiguieron erigir una escultura en homenaje al donante de órganos. A un lado de la puerta principal de acceso a las Consultas Externas. Se trata de una aseada obra que consta de un rudo bloque de piedra de la que surgen dos manos de bronce extendidas. De un simbolismo evidente y una funcional corrección estética. Lo más curioso del asunto es que desde el mismo momento de su erección entró por méritos propios en ajustada competencia con las imágenes de la capilla católica del hospital. Como la idolatría sigue a veces caminos que se escapan a sus perspicaces administradores, y más en esta tierra en la que durante una Semana se alcanzan cotas delirantes de idolatría ambulante, a las buenas gentes le ha dado por sacralizar la escultura. Y de ello da fe la aparición en su entorno y con un ritmo de frecuencia progresivo de las indubitables marcas de la idolatría: flores, velas, estampitas de santos… Debe ser que no funcionan últimamente los ídolos oficiales que moran dentro y que compiten a su vez con las más avanzadas tecnologías sanitarias en el ánimo esperanzado de los pacientes y sus angustiados familiares. Y no me extrañaría que estuviéramos asistiendo al nacimiento de una nueva hierofanía de alcance desconocido. Sólo hace falta un milagrito. Una curación bien publicitada como inexplicable en un lugar donde las curaciones son la razón de ser de toda su existencia y tendremos una especie de nuevo Lourdes o Fátima. Y entonces, cuando los delirios de sacralidad se desborden, nos encontraremos con una nueva catedral improvisada a las puertas mismas del Templo de la Ciencia Curativa.

Si hay un colectivo que sea capaz de condensar los peores defectos del cordobita folklofriki ese es el del gremio de empresarios de hostelería de la ciudad. Con el agravante de que su desmesurado amor por sus tópicos más infumables no radica en el cultivo natural de la caspa como forma elevada de espiritualidad como hacen los sentíos, sino en la cuenta de resultados de sus cajas registradoras. Con los años y la inestimable ayuda de la casta política local de todos los colores han conseguido no solo colonizar ingentes magnitudes de suelo público para sus veladores sino también que la inmensa mayoría de las actividades culturales, culturetas o kultufrikis que tienen lugar en la ciudad giren alrededor de sus intereses y del culto a Nuestra Señora de las Pernoctaciones. Y que las sangrantes prácticas semiesclavistas a que someten a sus empleados queden convenientemente asordinadas por el mantra del bien común y el Todo por Córdoba.  Pero si su interés natural es el crematístico, su filosofía cultural es el roepalillismo, el cutrerío estético y la orodentada moral del compadreo. Así, no es extraño que probablemente el único detalle que hayan tenido nunca con la ciudad cuyas ubres ordeñan hasta la extenuación haya sido el regalo de un monumento urbano acorde con su proverbial tacañería y mal gusto. No es sólo que lo colocaran frente a la sede institucional del gremio, Hostecor, para que no quedara duda de quién era el benefactor, sino que se trata de una especie de trofeíllo para el ganador de un concurso de hacer flamenquines en una escuela de cocina para adolescentes espinillosos, de esos que penan por años en un rincón del mueble bar del salón familiar antes de acabar definitivamente en el trastero. Pero de tres metros de alto.

Una de las pocas intervenciones escultóricas oficiales que en los últimos años me ha parecido cuanto menos acertada por funcional y por didáctica fue la de recordar la existencia de una perdida puerta de la ciudad mediante un monumento. Justo en el centro de la plaza de Puerta Nueva se alzó columna coronada de una escultura-maqueta de la que fuera Puerta de Alcolea o Puerta Nueva de la muralla derribada a mediados del siglo XIX por la que entraron los franceses en 1808 y la reina Isabel II en un viaje que realizó a Andalucía. Una coquetada didáctico-monumental que podrían haber extendido a otras puertas o a otros lugares históricos de la ciudad.

Al año justo de la debacle de la izquierda en Córdoba (mayo de 2011), los ejemplares de facha almizclero que tomaron el poder municipal comenzaron a marcar claramente las esquinas de su territorio.  Durante ese año las señales del autoritarismo que les era consustancial fueron asomando gradualmente la patita -o más bien levantándola-, pero fue la decisión de erigir monumento a las víctimas del terrorismo la que dejó clara la calaña del perro que nos iba a guardar la casa durante un tiempo. El monumento, y su sentido, repetido mantricamente a lo largo de todos los espacios del estado donde consiguieron mayoría absoluta, se convirtió en una excusa para izar el banderón, el estandarte guerrero nacionalcatólico de la II Restauración Borbónica que triunfaría, Revolución Fascista del 18 de julio del 36 mediante, en todo el territorio español en dos fases, la primera instaurando la  dictadura de un sangriento regente y la segunda, ya con Borbón puesto, con la imposición de una verdadera memocracia (o democracia a la española), sistema de gobierno de las élites franquistas que tomando con bastante éxito por tontos a los súbditos consiguieron que éstos los votasen para, como venían haciendo hasta entonces por la fuerza, seguir, esta vez con respaldo legalista, exprimiéndolos a placer.  Frente a la evidencia palmaria de las víctimas del genocidio que perpetraron en el pasado sus mayores se trata de acumular víctimas intermedias contemporáneas, víctimas comunes de otros asesinos, pero que sirven fundamentalmente para enturbiar, mediante diseñadas maniobras de embarramiento, la magnitud de su culpa. Y sobre todo de aprovechar el río revuelto del dolor para hacer ostentación de su Victoria, de la pervivencia del Escarmiento. La colaboración mayoritaria de partidos –y personas- que se reclaman de izquierdas en tales maniobras distractivas dan la medida de la situación de penuria moral, estética y política del espectro del progresismo español. Prietas las filas, recias, marciales, nuestras escuadras van…

CARRIYING DE ESPALIÚ. (FOTO DE ARS OPERANDI)

Pero no todo iba a ser horror estético e infamia ética. Para terminar señalaré el que tal vez sea, estética y éticamente, el monumento público más interesante que se ha colocado en la ciudad en los últimos años. Se trata de una escultura de Pepe Espaliú que permanece colgada en plena calle Rey Heredia entre el tejado del edificio de su museo y el de la casa frontera. El museo se inauguró en 2011 con un nutrido grupo de piezas del artista entre ellas varios CARRIYING, entre los cuales destaca precisamente el que ha sido expuesto en la calle. La del  carriying es una idea que tiene que ver con el compromiso ético y estético del artista con el SIDA, enfermedad de la que murió y de la que fue uno de los primeros personajes públicos que se negó a ocultar. El carriying, según explicó el propio Espaliú es un concepto complejo que juega con su doble significado en inglés de care y carry (cuidar / encariñarse y transportar) y que se desarrolla artísticamente de dos formas: una como performance, en la que una cadena humana formada por parejas que hacen palanquín con sus manos llevan y se entregan unas a otras a un enfermo de SIDA y otra como escultura de un palanquín cuya caja está cerrada herméticamente como metáfora del aislamiento por cusa del contagio.

En junio de 2011 se materializaba por fin un proyecto que la Asociación Vecinal Diana del Parque Fidiana venía acariciando hacía tiempo: una escultura que rindiera homenaje a todos los luchadores por la libertad y la dignidad humana que sufrieron persecución por ello y han sido además condenados al olvido. Precisamente lo que las instituciones supuestamente democráticas venían ninguneando desde el comienzo de la Transición. Independientemente de su calidad como obra, el Árbol de la Memoria, un árbol cuyas hojas son poemas que hablan de la dignidad y de la lucha necesaria para preservarla, es una de esas esculturas urbanas que son necesarias y que de alguna forma dignifican los esfuerzos de algunos colectivos vecinales por mantener alta la bandera del progresismo superando el papel de mantenedores del tradicionalismo casposo a que tantos se empeñan en reducirlos.

El último Genio Alado de la Pescadilla erigido en la ciudad, el Árbol de la Memoria en Fidiana y la Fuente de los Niños en la barriada del Santuario

Pues con esto y un bizcocho…

Ah, sí, parece que se me olvidaba. El homenaje al universo Disney que el Ayuntamiento de IU le ofreció mediante la instalación bajo el San Rafael del Puente Nuevo de un par de esculturas que representaban a los papás de Bambi el día que se conocieron. Aunque hay quien dice que el motivo fue un poco menos… entrañable y que la causa verdadera fue la celebración de uno de los festivales de INTERCAZA, la feria anual en que los pegatiros de los contornos se reúnen a mesa puesta por el erario público para medirse el tamaño de sus cojones que usan para, última tecnología mediante, meterle doscientos perdigonazos entre ceja y ceja al primer animalito indefenso  que se encuentran por el monte y que tuvo la mala ocurrencia de salir a buscarse el sustento diario y encontrarse con semejantes depredadores de sombrerito con plumilla.

Bueno, y también está lo del avión… Pero hablar de él igual me conducía directamente al frenopático…

NOTAS

1 Carlos Reyero: LA ESCULTURA CONMEMORATIVA EN ESPAÑA. La edad de oro del monumento público (1820-1914). Ed. Cátedra, Madrid, 1999.

2. C. Reyero en MATEO INURRIA y la escultura de su tiempo. catálogo de la exposición celebrada en Córdoba en 2007, pg. 129

2a. Fernández de Moratín, L. Obras póstumas. Madrid. Imprenta y Estereotipia de M. Ribadeneyn, 1867, pp. 16 y 17.

3. Álvarez Junco Mater Dolorosa, Ed. Taurus, pg. 32

4.Coincide con él catedrático de Historia del Arte de a Universidad de Zaragoza Manuel García Guatas: La imagen de España en la escultura pública (1875-1835). Ed. Mira, Zaragoza, 2009.

5. El artículo a que hace referencia se publicó en el Semanario Antiflamenquista EL FLAMENCO, dirigido por el propio Noel y que apareció en su número 3 de 26 de abril de 1914. Puede encontrarse en ESTE ENLACE

6. JULIO ANTONIO. Diputació de Tarragona, 1997

7. “A vueltas con Julio Romero de Torres”. A.D. Julio Romero de Torres desde la Plaza del Potro. Córdoba. Museo de Bellas Artes. Mayo-junio 1994, p. 139

8. Julio Antonio, 1969, p. 14. Recogido de Salcedo Miliani (p. 97).

9. Salcedo Miliani, JULIO ANTONIO, p. 107

10. V. Llorens El romanticismo español, Madrid (Castalia) 1979, p.166), p. 107

11. Ana Ara Fernández Historia de un proyecto frustrado: el monumento a Joaquín Costa.

12. Ed. Studio Vista, London, 1969. Existe edición en español: El kitsch : antología del mal gusto / Gillo Dorfles ; con textos de John McHale… [et al.] ; y ensayos de Hermann Broch y Clement Greenberg ; [traducción de Jaume Pomar], Barcelona : Lumen, 1973.

13. Jesús Rubio Lapaz: LA MODERNIDAD FRUSTRADA Y EL ESPACIO MANIPULADO. TÓPICOS, EMPOBRECIMIENTO Y RENTABILIDAD EN LA DECORACIÓN URBANA DE LAS CIUDADES ANDALUZAS. http://ayp.unia.es/dmdocuments/comr0823.pdf.

14. ORNAMENTO Y UTOPÍA. Evoluciones de la escultura en los años 80 y 90 personales.upv.es/fmarti/eii/brea%20ornamento%20y%20utopia.rtf.

15. Jesus Rubio Lapaz, op. cit.

16.http://elpais.com/diario/1998/10/04/cultura/907452001_850215.html

AVISO: ESTE TEXTO TIENE COPYRIGHT. LAS FOTOS EN SU INMENSA MAYORÍA HAN SIDO SACADAS POR EL PROPIO AUTOR Y SÓLO UN PAR DE ELLAS LAS HA RECOGIDO DE INTERNET A LA ESPERA DE PODER SACARLAS ÉL MISMO. SE TRATA DE LA NINFA DEL GUADALQUIVIR, EL BUSTO DE CASTEJÓN Y EL CARRIYING DE ESPALIU, UN PAR DE ELLAS LE HAN SIDO REGALADAS POR SUS AMIGOS G.M. Y F.G. A QUIENES AGRADECE SU GENEROSIDAD. LOS RECORTES DE PRENSA HAN SIDO EXTRAÍDOS DE LA PÁGINA DE PRENSA HISTÓRICA DEL MCU.

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4 comentarios en “La cuestión de las estatuas

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