Jeringos / Corredera

corredera

Manuel Harazem

JERINGOS

Una magdalena es una magdalena y un jeringo es un jeringo. Sabor, olor, nivel de pringosidad, textura e incluso intensidad plástica los separan. Pero en atención a su operancia simbólica pueden funcionar igual. O sea que no hay nada que impida que un jeringo desencadene el mismo efecto de precipitación química en un cerebro humano que una magdalena. Así que si se considera perfectamente legítimo que el sabor de una magdalena le hubiera producido a Marcel Proust en el paladar un precipitado memorístico que lo arrastró, como en esos vertiginosos flashbacks jolibudianos, a su más tierna infancia, no sé por qué no ha de serlo el que para que a mí me ocurra lo mismo tenga que concurrir el sabor, olor, textura y pringosidad esencial de un jeringo.

En España todo el mundo sabe lo que es una magdalena, pero sólo los que han tenido vital o circunstancial relación con Córdoba saben qué cosa es un jeringo. Pero como todo el mundo en este país sabe lo que es un churro abreviaré aclarando que el jeringo pertenece a la misma familia que los churros, o sea a la familia de los cilindros de masa de harina fritos para cuya conformación se utiliza una jeringa. A ella pertenecen también las porras. Dependiendo de la textura de la masa, del tamaño de la boquilla de la jeringa y de la forma que le imprima el profesional saldrán unos ejemplares u otros. Para seguir abreviando diré que el jeringo es una variante local de la porra, de la que se diferencia en el grosor y en la longitud de las ruedas. Las porras se fabrican excretando habilidosamente con la jeringa sobre el aceite hirviendo del perol una ajustada y totalizadora espiral de masa de la que una vez frita se cortan con un tijerón trozos de un razonable tamaño. Esa razonabilidad del tamaño se corresponde aproximadamente con la que queda contenida en el marcaje de unas manos enfrentadas en horizontal abarcando esa medida que tan obscena resulta a espíritus delicados pero ocultamente libertinos. El jeringo, por el contrario, se consigue dibujando con la masa sobre el aceite del perol círculos pequeños y de mucho menor grosor. La Cordobapedia le adjudica puntillosamente un tamaño de 16 centímetros de diámetro. Antiguamente esas ruedas te las servían las churreras (aquí llamadas jeringueras) enlazadas en un junco. Un verde junco auténtico de la orilla del río o de un arroyo perfumado aún por el aroma de sus vecinos el hinojo y la yerbabuena. Hoy un papel de falsa estraza les sirve de envoltorio.

Pero si al refinado Proust le vino la reacción pauloviana memorística en un dormitorio pequeño burgués fin de siècle rodeado de decadentes cortinones borlados y con una taza de fina porcelana en su nívea mano a mí me sobrevino una sofocante mañana de verano bajo los portales de la Plaza Grande de Córdoba, tras morder con cultivada gula un pringoso jeringo previamente migado en café con leche y rodeado por la selecta parroquia que allí suele concurrir o concurrirse. Cuestión de determinismo social e histórico. La de Plaza Grande es la más popular de las denominaciones que soporta la mayor plaza histórica de la ciudad. Corredera, la más tradicional y de la Constitución la que se le infligió en el siglo XIX.

Pero ya me veo venir a aquellos que conocen la célebre anécdota de los tirones de pelo que se debió autopropinar André Gide cuando al cabo del tiempo descubrió la relevancia que habría de alcanzar la monumental novela del atildado Proust después de haberla rechazado para la editorial, la Nouvelle Revue Française, para la que trabajaba alegando que a quién le iba a interesar una obra en la que el autor se demora minuciosa, prolija, morosamente más de treinta páginas en la descripción de las vueltas y revueltas que da una noche en la cama para conciliar el sueño. Aseguro que, aunque mi jeringo diera para tanto, no pensaría nunca ejercer mi derecho a aburrir hasta a las ovejas tomándolo como punta del ovillo de un interminable novelón, cosa que ocurriría en mi caso tanto como en el del delicado escritor gabacho, aunque con infinito menor genio.

No era ni muchísimo menos la primera vez que saboreaba un jeringo en ese lugar y a esa hora sin que ocurrieran milagros resucitatorios en mi magín, pero esa vez, hace apenas dos semanas mi mente debía encontrarse en un especial estado de gracia literaria, en el mismo estado de gracia posiblemente en el que se encontraba la de Proust cuando mordió su magdalena y precipitó la reacción química en cadena que le llevó a reconstruir su infancia en una de las más grandes novelas de la Historia de la Literatura Mundial. Santa Diosa de la Humildad me fulmine con su terrible rayo si llega a sospechar que aspiro siquiera a rozar el cordón del zapato de don Marcel, o incluso a comparar seriamente su magdalena con mi jeringo. Que yo sólo me he propuesto reconstruir la manera y el momento en que el primer recuerdo de que tengo registro en mi memoria me apareció de repente, con el solo precipitado del pringoso sabor de aquel fruit de perol.

Así aquella sofocante mañana me descubrí con el mismo intenso sabor en la boca pero con sólo dos o tres años. Debió de ocurrir en un día cualquiera del último año de los tristes cincuenta. Mi padre me había llevado a la plaza como sé que había hecho otras veces anteriores de las que no me acuerdo. Pero aquel día un algo que allí ocurría llamó poderosamente mi atención de manera que se quedó grabado a fuego en la cerúlea superficie de mi mente infantil con el probable fin último de que se convirtiera en el recuerdo inaugural de mi memoria y de que un día, muchos años después, ya bien entrado el siglo XXI, pudiera rememorarlo sentado en una de sus terrazas. Me recuerdo con el chupeteado jeringo en una mano y la otra agarrada por la de mi padre que trataba de tirar de mí para retirarme de una vez del espectáculo que me agarrotaba allí fascinado. Yo estaba en primera fila de un espeso grupo de gente que hacía corro rodeando un pequeño circo que un individuo había montado en el suelo. Consistía en un círculo de cajas de madera cerradas pero dotadas cada una de ellas de una puerta basculante que daba al ruedo central y en cuya superficie superior había pegado una carta de la baraja española. El juego y el negocio consistían en que el oficiante vendía a la concurrencia unas pequeñas cartitas de papel. Cuando había conseguido vender todas las cartas de la baraja, sacaba de un cajón que tenía apartado un precioso animalillo que yo nunca había visto antes, una cobaya, la volvía a encerrar en otra caja sin fondo que colocaba justo en el centro del coso y la liberaba de golpe. La cobaya evolucionaba por el ruedo, se pegaba después a la fila de puertas y recorría rápidamente el perímetro hasta que de repente se introducía en una de ellas. Quien llevara la carta correspondiente a la caja por la que se había introducido la cobaya ganaba un premio.

No sé cuantas veces conseguí que mi padre me dejara disfrutar del espectáculo completo pero creo que las suficientes como para que se convirtiera ya para siempre para mí en el paradigma de la fascinación de algunas cosas del mundo. Y también podría trabajarme, como haría otro con menos autocontrol o más intensamente plasta que yo, una serie de consideraciones patafísicas acerca del simbolismo de aquel juego que tanto idem podría dar de sí. Un encontronazo desde la tierna infancia con una exacta maqueta del juego de la vida, su representación en un recinto simbólico, metafórico, donde todos los elementos de la existencia humana (instinto, explotación, desconocimiento del juego al que te obligan a jugar pero en el que ganan o pierden otros, azar…) están presentes. Nada de eso. Un jeringo y un recuerdo. El primero. En la Plaza Grande de Córdoba. Ya está. Porque yo a lo que he venido aquí, aunque no lo parezca, es a hablar de la plaza y no de mis paranoias.

LA CORREDERA

La plaza de la Corredera de Córdoba pertenece, como su propio aspecto indica, a la estirpe de las llamadas castellanas, rectangulares y con soportales. Según la profesora Yllescas (YLLESCAS ORTIZ, María. Evolución urbanística de la Plaza de la Corredera. 1982, pg. 61) su construcción se llevó a cabo en el punto álgido de la endémica crisis del XVII en contra de todos los razonamientos históricos y culturales, lo que quizás explique que se trate de la única de ese linaje que existe en Andalucía. Agitando esa idea en mi coctelera cerebral con algunas cosas más que sé, puedo llegar blandamente a la conclusión de que en esta ciudad a fines del siglo XVII se construyó una plaza de estilo castellano por el simple hecho de que Córdoba había llegado a ser quizás la ciudad más castellana, o castellano-leonesa, de Andalucía. Y no sólo porque efectivamente hubo expulsión forzada de la población andalusí autóctona tras la conquista y repoblación por elementos venidos de mil kilómetros al norte. También de ello hablan los libros de registros de las parroquias a lo largo de todo el siglo XVII. Tras las muy efectivas expulsiones de los judíos primero, de los moriscos después y la quema en la hoguera de casi todos los sospechosos de serlo clandestinamente, la población se volvió a redepurar bárbaramente. No digo que no quedaran jirones genéticos de ambos grupos, pero desde luego la emigración de castellano-leoneses, a los que se sumaron gallegos y asturianos fue brutal. Los libros parroquiales de la época hablan de cómo el 90% por ejemplo de los matrimonios en 1650, un año después de la terrible peste, se celebraban entre viudas cordobesas, muchas de ellas hijas también de la emigración, y mocetones norteños que venían a la que podría considerarse como la California del sur, lo que puede proporcionar una inquietante idea de en qué situación se encontrarían por aquellos nortes. El año que anduve investigando sobre demografía cordobesa en los siglos XVI y XVII en las dichas parroquias me llevaron a descubrir que el periodo de viudedad de aquel entonces no soprepasaba los seis meses. No eran tiempos para andarse con remilgos en el cumplimiento de lutos. En San Pedro, Santa Marina, San Andrés, San Lorenzo, la población proveniente del cuarto noroccidental de la península era abrumadoramente mayoritaria. O sea que el abolengo de la inmensa mayoría de los cordobeses de finales del XVII y de los actuales es definitivamente castellano leonés. Yo sé que a mis amigos pacientes de ensoñaciones genealógicas  orientalistas los hago polvo. Pero es lo que hay: castellanoleonismo hasta las cachas.

Así que plaza castellana para una ciudad repoblada por castellanos. Pero la diferencia con sus hermanas mayores, la vallisoletana, la salmantina y la madrileña es notable. Tanto en la estética como en la sociología. Tanto la madre filipina de Valladolid, como sus hermanas la madrileña, un siglo anterior, como la salmantina, 20 años posterior, disfrutan desde su nacimiento de un estudiado empaque nobiliario, señorial, carrozón, del que carece totalmente la Corredera, cuya vocación fue siempre popular. De piedra totalmente las de Valladolid y Salamanca y alternando ladrillo y piedra la de Madrid y ostentando todas vistosas molduras barrocas en sus pilares y ventanales,  la cordobesa fue construida por entero únicamente  de  humilde ladrillo contando como único adorno unas discretas ménsulas de piedra en la clave de cada uno de los 61 arcos que se convierten en moñitos barrocos, hojas de roble, acanto o lechugona rizada, en los dos que le dan entrada principal: el Arco Alto y el Arco Bajo. Y esa es una de las cosas que más me gustan de esta plaza, la cristalina limpidez de sus nomenclaturas: Plaza Grande, Arco Bajo, Arco Alto. Eso en una ciudad donde el meapilismo rampante que aqueja a tirios y troyanos, a rojos y azules por igual aprovecha la mínima para endilgar a cualquier rincón del casco histórico un nombrajo de santo, santa, arcángel, obispo o cualquier otro bicho natural o imaginario que se ponga a tiro, supone todo un islote de racionalidad nominativa, de saludable conservación del instinto minimalista del auténtico alma popular.

Lo dicho: que la plaza, históricamente de La Corredera, La Constitución desde mediados el siglo XIX en que por obligación gubernamental pasaron a llamarse así todas las plazas mayores de España, y popularmente Grande cuenta con el más zen de los nomenclators de la ciudad. Y sobre todo carece de referencia alguna a cualquier ser histórico o mitológico, de asfixiante ubicuidad, del catolicismo.

La historia de la plaza es curiosa, pero sobre todo es ejemplarizante por lo que tiene de iluminadora de una supuesta, por intuible, alma de la ciudad. Por dos razones. Una porque supuso por primera vez en la historia un esfuerzo simbiótico entre vecinos y autoridades municipales en un proyecto común. Otro porque, como tantos otros, fue éste también un esfuerzo parcialmente fracasado. Parece ser el sino de la ciudad. Las únicas veces en las que los cordobeses se pusieron de acuerdo para sacar adelante un proyecto fracasaron. La primera fue en la construcción de la plaza de La Corredera, la segunda la expulsión de los franceses y la tercera la aspiración a la Capitalidad Cultural Europea del 2016. La resistencia a los franceses se presenta como un acto de heroicidad colectivo pespunteado de heroicidades y martirios individuales, pero en realidad su culminación supuso probablemente uno de los mayores fracasos u oportunidades perdidas de su historia. Sólo hay que ver todo lo que hicieron por la ciudad los funcionarios de la monarquía bonapartista en los dos años en que tuvieron a cargo de su gobierno, en saneamientos ciudadanos, implantación de la racionalidad urbanística, intelectual y legislativa. Si les dan más tiempo nos sacan limpiamente de la Edad Oscura en la que vivíamos y nos meten en la Contemporaneidad Europea Ilustrada en un pis-pas. Tal vez al principio fueron un poco brutos, pero tampoco los romanos usaron guante de seda con los patriotas celtíberos que se resistían a ser romanizados… Esto de los franceses recuerda a la célebre escena de la Vida de Brian, la de …a ver… qué nos dieron los romanos… aparte de las vías, los puentes, el urbanismo, las leyes, el vino…

Las otras dos ocasiones fueron diferentes pero similares en resultados. En el esfuerzo por la construcción de la plaza en el siglo XVII se aunaron fuerzas para dotar a Córdoba de un espacio físico imprescindible para su desarrollo urbanístico acorde con las necesidades reales económicas, sanitarias y simbólicas de una ciudad de su importancia. En el caso de la aspiración a la Capitalidad Cultural Europea 2016, ya en pleno siglo XXI, finalmente concedida a San Sebastián, y que movilizó potentemente a toda la ciudad, lo perseguido entraba más en el campo de la economía cultural, por llamar de algún modo a un conjunto de productos de consumo intangibles con el que se intentó montar un tenderete que nos compraran los turistas de los que vivimos actualmente. Y desde luego, a despecho de lo que desde el dolorido ego local se diga, se trató de una competición entre un proyecto basado casi exclusivamente en el puro entusiasmo desiderativo cordobés y la seriedad de planteamientos de gente acostumbrada a diseñar productos culturales y venderlos con profesionalidad.

La existencia de un espacio abierto en ese arrabal en los límites de lo que fuera la medina andalusí está documentada desde la Baja Edad Media y su utilización como mercado también. Una vieja tradición recogida por don Teodomiro, a quien mis camaradas de estudios y yo llamábamos cariñosamente don Tolomiro, en sus Paseos por Córdoba, cuenta que en 1367 el rey Pedro prometió henchir con tetas cordobesas el pilar de La Corredera por haber defendido de sus tropas que lo cercaban el alcázar de la ciudad. Así que como corredera se llamaba desde la Edad Media al lugar donde se corrían caballos y toros, podemos saber que ya en aquel tiempo existía un espacio abierto para torneos que contaba con una fuente que el rey, Cruel o Justiciero según quien recibiera su caricia, quería alicatar con los ubérrimos pechos de nuestras valientes paisanas.

El 1458 tenemos noticias de que se construyó la tercera carnicería de la ciudad que según Rafael Ramírez de Arellano, hijo de don Tolomiro, contaba ya con una en la calle Alfaros (antes calle de la Carnicería) y otra frente a la puerta de Santa Catalina de la Mezquita (antes mezquita). (Historia de Córdoba, Ciudad Real 1919, recogido en el libro La Corredera, de Mª Dolores Catalán Burón, Emilio García Fernández; José Mª García Ruiz, Luis Jménez Soldevilla, Francisco Quesada Ríos y María Yllescas Ortiz, Ed. Excma. Diputación Provincial de Córdoba, Córdoba, 1986.)

En 1501, y también según don Rafael, los simpáticos inquisidores de la ciudad ordenaron señalar un lugar en la plaza donde levantar un cadalso para ajusticiar conversos y la construcción de un tablado para que los regidores contemplaran el espectáculo cómodamente sentados. El Inquisidor mayor en esa época era el cura Diego Rodríguez Lucero alias Lucero el Tenebroso uno de los personajes más hijosdelagranputa de que haya memoria en esta ciudad, hermano de mala leche del guardia civil don Bruno, el genocida fascista de la posguerra. Curas y uniformados, lo de siempre, lo mejor de la huerta de este país… Lucero quemó públicamente en la Corredera a más de 200 personas, 107 de ellas el mismo día de las navidades de 1506 (ande-ande-andeeee…, ¿Vendrá de ahí la tradición cordobesa de hacer candelas en pascua?), a las que acusó de criptojudías. Fue tanta su crueldad que, en un momento en que nuestros paisanos tenían aún sangre en las venas asaltaron la prisión inquisitorial, soltaron a 400 presos y si llegan a pillar a Lucero que huyó por un postigo trasero del Alcázar inventan el flamenquín relleno de tropezones de cerdo hijoputa con él.

El Emperador Carlos concedió en 1526 privilegio a la ciudad para celebrar mercado semanal en la Corredera lo que marcó el punto de inicio del amasaje de la idea de convertirla en una plaza en condiciones. La profesora Puchol Caballero (Urbanismo del renacimiento en la ciudad de Córdoba, Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial, 1992) considera que el espíritu renacentista que los tratadistas italianos habían fijado en sus obras llegó en aquel momento a la ciudad e imbuyó en las autoridades la necesidad de regularización y ordenación racional de los espacios urbanos. Así en 1536 se ensanchan las calles de entrada y salida a la misma (actuales Espartería y Socorro), se trasladan la Carnicería y su rastro a la actual zona de la Cruz del Rastro, a causa de los malos olores que producían las matanzas y despojos de los animales y se construye probablemente el Pósito en estilo plateresco con influencias mudéjares, cuya factura alaban en sus descripción los viajeros. El Pósito, almacén de grano de titularidad pública, tanto éste primero como el que se construyó posteriormente ocupaba el tramo más oriental del testero sur, actualmente el espacio que va desde el mercado a la esquina del Arco Bajo. Hacia 1550 hay noticias concretas de una voluntad de ensanchar la plaza, pero sobre todo de cuadrar sus lados derribando casas que habían sufrido un incendio (Puchol, 89), lo que se consiguió tempranamente en el testero meridional, como dice un documento de la época, logrando que la acera salga a hilo con las casas del posito desta çibdad y la plaza en quadra o en perfiçion. (Puchol, 90). Ese mismo año aparece una orden del Corregidor de la ciudad mandando derribar todos los ajimeces (balcones voladizos sujetos con maderas a la pared o al suelo formando una especie de soportales) de la misma por el peligro de derrumbes e incendios, lo que cambió totalmente el aspecto de Córdoba. Para hacernos una idea del aspecto que presentaría la ciudad atestada de balconadas y ajimeces tendríamos que visitar el barrio cristiano de Damasco donde aún persisten cientos de ellos en sus estrechas calles. De esa orden se eximía curiosamente a la Corredera por el servicio que hacían en fiestas y autos de fe.

También desde mediados de siglo el Ayuntamiento comienza a solicitar al rey permiso para trasladar la Cárcel a la plaza de la Corredera, comenzando consecuentemente a expropiar y comprar las casas para derribarlas y levantar en su lugar un edificio a ella dedicado.

La Cárcel se construyó en 1583, cien años justos antes de que se concibiera y realizase la plaza actual. Anteriormente se hallaba en la calle de las Comedias (actual Velázquez Bosco) en un edificio altamente insalubre. Tras recibir el permiso el edificio se comenzó a construir en el espacio comprendido entre el Pósito y la actual calle Odreros. La diseñó y construyó el maestro de obras de la ciudad Juan Ochoa a quien también debemos el esbelto claustro renacentista cuyas ruinas se alzan hoy orgullosas en su mutilación en el Callejón del Galápago, frente a la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía. Hoy funciona como mercado en su planta baja y como Centro Cívico Municipal en la alta.

Ese testero meridional, pues, se encontraba perfectamente alineado para 1583 contando de este a oeste con el edificio del Pósito, que las fuentes y noticias de viajeros consideran edificio hermoso, el edificio de la Cárcel tal como subsiste aún hoy día y una pared lisa desde la calle Odreros hasta el final de la plaza a la que se llamó la Pared Blanca. Contra esta pared se levantaban los estrados para las autoridades en días de celebración pública. Delante de ella estaba el pilar de que hablan los textos y que llamó la atención del rey Felipe II. Era de estilo renacentista, de jaspe rojo y negro, de tres cuerpos, pilón ochavado y dos tazones de elegante forma (Puchol, 93). Orti Belmonte cree que se trataría, muy alterado, del que hoy día luce en la plaza del Vizconde de Miranda (Córdoba Monumental y Artística, Orti Belmonte).

El resto de los testeros presentaban unos frentes irregulares, con numerosas panzas y codillos que impedían una visión homogénea de los festejos. Las casas eran en su inmensa mayoría de madera, sobre todo las del testero norte con filas caóticas de ajimeces y balconadas sujetos con palos al suelo formando una especie de toscos soportales de los que colgaban esteras y telas de colores los días de fiesta. Su lado oriental, con casas de albañilería en su totalidad era más hondo, situándose su límite aproximadamente en el tramo horizontal de la actual calleja del Toril y en su extremo meridional se alzaba la fachada del Hospital de Nuestra Señora del Socorro, posteriormente destruida para cuadrar la plaza. En el occidental, justo en la esquina donde hoy se alza el Arco Alto había una plazuela cuyo trazo se conserva aún fosilizado en parte de la forma que adopta en su final la calle Espartería. Todos esos rincones recibían nombres propios: Rincón del Pastelero, Rincón del Verdugo, Plazuela de los Boticarios… Un espacio absolutamente caótico e impropio de una ciudad de la importancia de Córdoba.

Pero no será hasta finales del siglo siguiente cuando se decide construir una verdadera Plaza Mayor en condiciones. Los estudiosos de la historia de la construcción de la plaza coinciden en que fue posible porque autoridades y vecinos comprendieron que debía hacerse por el bien común. El parcial fracaso vino por la resistencia de una muy minoritaria facción del vecindario que antepuso sus tristes y pequeños intereses a los comunitarios y a la nefasta actuación de una autoridad central putrefacta.

Los fachas de esta ciudad, los herederos ideológicos del franquismo, llevan muchos años intentando airear sin desmayo y con irritante insistencia una especie de certamen en el que dilucidar el nombre del mejor alcalde que ha tenido la ciudad desde que el cónsul romano Claudio Marcelo decidiera fundarla en este cerrete fluvial. Si te descuidas, descreído lector, lograrán convencerte supositoriamente de que ese nombre corresponde a un individuo de bigotillo fino y cara avinagrada (cruce entre la de López Vázquez en Plácido y la de cualquier signore neorrealista palermitano), apellidado Cruz Conde que alcanzó la alcaldía por vía hereditaria y caciquil durante el régimen fascista y cuyo mayor merito edilicio consistió en construir un aeropuerto que no ha funcionado en 50 años, algo en lo que hoy día podría considerarse pionero, falsificar varios lienzos de muralla en un delicado estilo exin-castillos  y en convertir el cogollito histórico de la ciudad en un decorado de sainete de los Quintero. Ni caso: aunque considero ese tipo de certámenes absolutamente estériles, tendenciosos y estúpidos, para  alcalde predemocrático de Córdoba de verdad de la güena el Corregidor don Francisco Ronquillo Briceño, el artífice del proyecto y construcción de la Plaza de la Corredera de Córdoba.

Don Francisco pertenecía a la nobleza de linaje menor castellana, a una familia que basó su fortuna y supervivencia como tal en las carreras dentro de la administración real de sus miembros (Juana María Salado: Al servicio del rey: La familia Ronquillo Briceño 1550-1669. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 2009). Don Francisco demostraría a lo largo de su vida una actitud que hoy podríamos considerar ampliamente progresista, un representante del despotismo ilustrado que comenzaba a apuntar en Francia, según lo define Jaén Morente (Historia de Córdoba). En mi humilde, y partidista, consideración a la altura está del Corregidor Luis de la Cerda, el que, a comienzos del XVI,  se enfrentó heroicamente con el obispo de la ciudad que pretendía, y consiguió finalmente por la ceguera real, mutilar la Mezquita incrustándole la monstruosa mole de una catedral renacentista y de Julio Anguita, el alcalde comunista e impulsor, frustrada en parte por la inoperancia de sus epígonos, de la regeneración de la política municipal de la Córdoba postfranquista.

Porque a despecho de lo que blandamente teoricé  al comienzo de este capítulo, La Corredera, tal como la conocemos ahora, plaza castellana sin hermana conocida en la región, no surgió en aquel momento para rimar con la sangre castellana de sus habitantes sino, teorizando esta vez ya duramente, porque un buen día de un buen año de fines del XVII llegó a esta ciudad un corregidor con cuerpo de hacer una plaza castellana. Afortunadamente ese cuerpo de hacer plaza lo traía don Francisco no ya intacto, sino desbocado, toda vez que no pudo desfogarse dándole salida en su anterior destino, la corregiduría de Palencia, por la sencilla razón de que en la ciudad castellana ya existía una. Pero en ella Don Francisco debió frecuentar la compañía y amistad de arquitectos y artistas castellanos con los que sobrellevar los tristes tiempos que le estaban tocando vivir, el delirante final de una dinastía gobernante de un imperio cochambroso que se desmoronaba merecidamente por culpa de unas estructuras sociales completamente oxidadas  y un conservadurismo en todos los órdenes feroz, dominado por la intolerancia ideológica de la Iglesia Católica. Tras dejar Córdoba, en 1689, ocupó el mismo cargo de Corregidor en Madrid por dos veces, una por nombramiento real hasta 1696 y otra por aupamiento asambleario del pueblo de Madrid ferozmente amotinado que, tras correr a su sucesor con los tenedores gigantes esos de madera que se usaban por entonces  para amotinarse, obligó a su Putrefacta Majestad Carlos II a salir moribundo al balcón de palacio y a nombrar a don Francisco de nuevo Corregidor de la Villa. En lo que se conoce como el Motín de los Gatos de 1699. No es que los madrileños hayan tenido nunca un ojo fino escogiendo fidelidades, ahí está la nunca bien ponderada metedura de pata de levantarse contra los ilustrados franceses a favor de la Inquisición y Fernandito VII, pero en este caso parece que acertaron. Y por supuesto, como no podía ser menos, tras la muerte del Hechizado, don Francisco tomó partido por lo más progresista del momento: el partido de los Borbones franceses frente a la apolillada dinastía de los Austrias. Yo, enemigo declarado de los monumentos a personas históricas, incluso propondría, si hay que tener uno en la principal plaza de la ciudad, hoy Las Tendillas, la sustitución de la escultura del militarote encaballado sembrador de calamidades que la preside por la del Corregidor constructor de hermosas plazas.

Pues bien, éste es el personaje que llega en 1682 a Córdoba como Corregidor y se encuentra con una Plaza Mayor sumida en una situación de peligrosidad, insalubridad e irracionalidad urbanística absolutamente intolerables que las autoridades municipales anteriores a pesar de los múltiples proyectos que habían venido aventurando desde hacía un siglo no habían sido capaces de solucionar. Ingobernable ciudad, donde los mezquinos intereses particulares siempre conseguían imponerse al bien común.

En apoyo de mi dura teoría del cuerpo de hacer plaza que trajera don Francisco viene un descubrimiento de la profesora Yllescas. Así, en contra de la creencia tradicional de que la causa que llevó al Corregidor Ronquillo a proyectar la nueva plaza fue el hecho puntual de la suspensión el 4 de enero de 1683 de unos festejos públicos ya comenzados ante el pánico del público por el posible  hundimiento de los andamiajes colocados para las tribunas, lo cierto es que se tiene constancia de que ya se habían levantado los planos generales de la obra con anterioridad a esa fecha (Yllescas, pg. 32). En concreto los había levantado el arquitecto que sería responsable de su construcción, Antonio Ramos, salmantino, a quien probablemente el Corregidor Ronquillo conoció en su anterior destino palentino. Véngase vuesa merced para el sur, don Antonio, que le vamos a hacer a esta ciudad una plaza por la que nos van a estar recordando hasta el final de los tiempos, debió decirle el Corregidor a su amiguete.

En una época de terrible escasez de recursos, inmersa en una crisis monumental, nuestro Corregidor tuvo que luchar, además de con los probables escollos del particularismo mezquino cordobés, con un ruinoso estado de las finanzas municipales. Lo cierto es que consiguió vencer a ambos temibles enemigos mediante el uso de una poderosa arma secreta: la racionalidad. Así tras la primera y ardua labor de convencer, no sabemos con qué grado de autoritarismo, a los propietarios de las casas de la plaza de que la obra supondría su revalorización estética y económica consiguió además convencerlos de que la sufragaran ellos mismos cediendo el importe del alquiler de los balcones y ajimeces a la Ciudad durante un par de años. Hay que explicar que la propiedad de dichas casas estaba en manos de una clase propietaria local formada principalmente por nobleza más o menos alta, eclesiásticos enriquecidos y la propia Iglesia que alquilaba las casas por habitaciones al pueblo llano, pero sin derecho a balcón o ajimez en días de jolgorio (corridas de toros, desfiles o manifestaciones patrióticas, celebraciones religiosas, autos de fe, etc.), en los que aquellos eran realquilados por la propiedad a quien pagase lo estipulado, fueran o no los usuarios de la vivienda. Hoy día es difícil de imaginar, pero la cosa ocurría así: una familia, normalmente numerosa, alquilaba al propietario una habitación con vistas de las que disfrutaba normalmente, pero que en días de jolgorio, si ella misma no pagaba todas las entradas, que podían ser muchas, tenía que permitir que se le colasen en su casa los que sí lo habían hecho e invadieran su propio balcón durante toda la celebración. Ello ocurría en las principales plazas o vías donde se celebraban dichos jolgorios, Corredera, Calle de la Feria y Plaza de las Cañas principalmente. Se dio el caso de que hubo proveedores de materiales para la construcción de la nueva plaza a los que se pagó con derechos de uso de balcones durante varios años. Las entradas a balcón tenían que ser caras, aunque su precio dependía de la categoría del espectáculo. ¿Qué serían más caras las de las corridas de toros o las de los autos de fe? Hubo propietarios que prefirieron pagar ellos mismos el costo de su parte de fachada para quedarse con el beneficio de las entradas. El caso es que se sabe que al mes de comenzar las obras se celebró una corrida de toros de la que la Ciudad obtuvo un beneficio de 8.315 reales (Yllescas, pg. 47). Por comparar, y sacado de las propias cuentas de la construcción de la plaza, un obrero cobraba al día 3 reales, un oficial 4, los maestros 6 y el maestro mayor 15.

Fue precisamente la implementación del propio proyecto, la briega de las autoridades con los propietarios de las casas y los subsecuentes pleitos que se originaron por el reparto posterior de los nuevos vanos en las viejas casas, cuya unión a la fachada nueva corría por cuenta de aquellos, y que constan en los archivos, los que han permitido a los historiadores reconstruir casa por casa la propiedad de la plaza y su aspecto aproximado original. Los pleitos fundamentales fueron dos. Uno el planteado por la Hermandad del Hospital del Socorro, fundado para acoger mujeres pobres, al quedar fuera de la plaza el propio edificio y la iglesia del Socorro y demanda por perjuicio de una tienda que poseía junto a ella. El pleito de la tienda lo perdió la Hermandad del Hospital que pretendía sobrevalorar su pérdida, aunque hubo que abrirle puerta hasta la Almagra, pero el del templo le costó bien caro al Corregidor que hubo de comprometerse a construir uno nuevo: el actual, cuya fachada da a la plaza del Socorro y su trasero (con perdón) sobrevuela la calleja del Toril y a cederle numerosas casas con ventanas a la plaza de la nueva fábrica. (Puchol 101-2).

El segundo pleito que perdió el Cabildo Municipal supuso el fracaso relativo de un proyecto que había conseguido unificar por primera vez a munícipes y vecinos en la tarea común de engrandecimiento de la ciudad. Como siempre, unos políticos poco espabilaos que se dejan levantar propiedades públicas por individuos más vivos que ellos. El trozo que quedaba recto en el testero sur era la llamada Pared Blanca desde mediados del XVI en que el Ayuntamiento levanta un alto muro almenado y encalado para embellecer ese rincón tras el derrumbe de las viviendas que allí había. Contra ese muro se permite la instalación de puestos de pescado, aunque cuando se celebren fiestas habrían de ser retirados para dejar lugar a los andamios de los palcos oficiales y en el central el dosel para el Corregidor y demás autoridades. Ello hasta que el balcón de la cárcel no cumpla esa misión. Durante unos 50 años esa pared se mantuvo tal cual, hasta que un vecino compra los solares traseros y solicita practicar vanos en ella, independientes de las viviendas, como balcones para las fiestas. Tras una primera negativa el Cabildo accede con la condición de que le conceda el derecho de uso de la primera fila de ventanas y ajimeces en fiestas. Es así como en 1612, y bajo diseño del mismo maestro de obras que construyó la cárcel, Juan Ochoa, se abren los vanos. Unos años más tarde las casas cambian de propietario y el nuevo, Jacinto de Angulo, amplía en un piso la fachada dejándola con el aspecto que hoy conocemos, una vez eliminados lógicamente los ajimeces con que debió contar. Hasta que al llegar el momento de ser construida la parte correspondiente de la plaza que la cubriría su ya por entonces propietaria, la viuda del tal Jacinto de Angulo, con muchas agarraderas del colgajo monárquico, se planta, presenta pleito y lo gana ante la corte, la putrefacta corte del rey Carlos II. La excusa puesta para defender el edificio fue que se trataba de una obra reciente, pero realmente lo que triunfa es el poder de una familia noble cordobesa que se niega cerrilmente a colaborar en el bien común. Nada nuevo bajo el sol. Del poder de la tal familia da idea el que ni incluso un personaje de la importancia personal y familiar del Corregidor Ronquillo pudiera vencerla, con la razón de su parte, en un pleito cortesano.  Ello la convirtió en una plaza imperfecta, en la que una buena porción de uno de sus testeros no se corresponde a la homogeneidad que se había diseñado para el conjunto. Las Casas de doña Ana Jacinto de Angulo, como aún se las sigue llamando, aunque deberían colocarle ante el nombre el apelativo de infame, hoy nos parecen una milagrosa y bella pervivencia de arquitectura popular del pasado, pero en realidad supuso en su momento una grave mutilación de una hermosísima obra arquitectónica que basaba precisamente su mayor valor en la homogeneidad de sus elementos.

Para muchos, sin embargo, lejos de suponer un deslucimiento del equilibrio arquitectónico del espacio las conservadas características estéticas de esas casas le han proporcionado desde siempre un muy marcado aire de autenticidad conceptual. Recién restauradas, muy decentemente, aunque yo nunca olvidaré su esencia lumpen anterior, han perdido su condición de viviendas para convertirse en dependencias municipales.

Pero además del pleito perdido con la vecina insolidaria las cosas no fueron nada bien para el Cabildo y nuestro Corregidor los dos primeros años. La primera parte del 83 la obra fue viento en popa, pero a final de año, un año extremadamente duro por la terrible sequía que se padeció, el fondo de obra estaba en franca bancarrota. A la sequía del 83 le siguió un 84 extremadamente lluvioso que obligó a parar durante unos meses el ritmo de los trabajos por culpa de los desbordamientos del Guadalquivir que hicieron estragos entre los vecinos más cercanos. Además, como es lógico, las propias obras de la plaza impidieron que en ella se celebraran festejos suficientes como para recaudar lo necesario del alquiler de balcones. El Ayuntamiento se vio entonces obligado a vender el suelo público que quedó tras la nueva crujía resultante del cuadre de la plaza al mejor postor, lo que permitió continuar a trancas y barrancas. A fines del 84 la plaza ya estaba prácticamente acabada. Pero los pleitos que generó su construcción duraron hasta muchos años después.

Leyendo en busca de datos las cuentas generales de la obra que proporciona la profesora Yllescas he encontrado uno que me ha llenado de goce. Una noche de vinos en una de sus tabernas hace muchos años cuando la plaza se hallaba aún liberada del revoco, a uno de mis colegas se le ocurrió convocarnos al estupendo juego de los cálculos de elementos incalculables. Ese que consiste en calcular así de pronto a ojímetro por ejemplo los segundos que contiene un siglo. Lo que nos propuso aquella lejana noche amontillada bajo uno de sus arcos fue que calculásemos los ladrillos que habían hecho falta para construir la plaza. No recuerdo ninguna de las respuestas que dimos pero hoy he sabido que fueron exactamente 796.310. Y de propina las tejas: 72.950 unidades.

La Corredera no ha variado desde entonces hasta hoy, salvo los 80 años en que contó con un edificio de mercado en el centro y los distintos revocos y pinturas que padeció su piel de ladrillo. Como detalle curioso mencionaré que las alturas de las plantas van menguando para producir un mejor efecto de perspectiva.

La plaza nació con vocación popular, pero puede decirse que terminó con vocación lumpen. Es curioso el hecho de que el importante edificio que se construye en la Corredera a fines del XVI sea la Cárcel y no, como ha sido habitual y como además obligaba una ordenanza de los Reyes Católicos de 1480 en la mayoría de las plazas mayores castellanas, el Ayuntamiento.  Vasysere en su estudio sobre las plazas mayores españolas (La plaza Mayor dans l’urbanisme hispanique essai de typologie, Paris, 1978) sólo encontró un 10% de ellas en las que no estuviera instalado el ayuntamiento de un muestreo de 400). Tanto más cuanto que es en 1575 cuando en Córdoba se decide el traslado del Consistorio desde la estrecha calle del Cabildo Viejo (hoy Ambrosio de Morales) a su actual ubicación en la entonces calle Marmolejos (hoy Capitulares) para acercarlo a los mercados de la Corredera y del Salvador y darle vuelo a su entrada. Es indudable que ese feo que se le hace a la Plaza Mayor de la ciudad en ese momento permitió que la Corredera conservara su impronta canalla ya para siempre, ya que con la adusta presencia del Ayuntamiento convertido en panóptico vigilante presidiéndola no habría podido conservar ese aire de cruce entre Patio de Monipodio y Corte de los Milagros que mantuvo siempre como reputación.

Pero tal vez podríamos ampliar las causas de este descoloque a ciertas derivadas del clasismo que desde siempre ha sufrido esta ciudad, bien es cierto que en sintonía general con el resto del país. Porque la desgracia desde el punto de vista del prestigio espacial que ha arrastrado la Corredera desde antes de su remodelación barroca se debió a su situación extramuros de la ciudad aristocrática, o sea de la Villa. Debió de surtir efecto una cierta repugnancia clasista a colocar el centro de la ciudad, donde se instalaría el centro de poder político, en la zona tradicionalmente no noble y por ello ni se colocaron allí las Casas Consistoriales antes de su remodelación ni se trasladaron a ella cuando llegó la hora de abandonar el lugar de tan escaso lucimiento en el que penaban. Por eso se prefirió colocarlas en esa zona noble, aunque fuera en el mismo borde, a costa de un menor lucimiento. Cabría preguntarse qué hubiera pasado si por ejemplo esa plaza mayor de la que traía ganas don Francisco se hubiera construido en, por ejemplo, el espacio que hoy ocupan Las Tendillas. ¿Se hubieran trasladado allí las Casas Consistoriales? Probablemente sí. Así que ya quedaron para siempre y hasta hoy día pobladas por gentes humildes, sin que la gentrificación que desearon en los años 80 tantos modernos hubiera cuajado por obra y gracia de la consideración de VPO (Viviendas de Protección Oficial) las remodeladas por la empresa municipal de la vivienda.

En Córdoba desde que tengo uso de razón siempre que se quería indicar algo realmente lumpen se hacía referencia a la Corredera: pareces una gitana de La Corredera o, con afán injuriante, esa es de debajo de los portales, siendo los portales los que quedaban arcos adentro y donde siempre existió un floreciente negocio de prostitución. Comer bajo los portales significaba no tener dinero más que para hacerlo en uno de los tabernones que servían comidas y en la que se juntaba una verdadera Corte de los Milagros. Realmente acabó convertido en uno de los escasos ghetos en vías de extinción que quedaban en el casco histórico. Pero gracias a nuestro Excelentísimo Ayuntamiento, que tras gastarse un pastal en reurbanizar la plaza y cuando todo el mundo pensaba que la idea era convertirla en un sitio de moda de consumo guapis, le volvió a imprimir su carácter secular, o sea el ánima de ese visillo lumpen que siempre tuvo. Buena parte de las viviendas de protección oficial que resultaron de la reforma sirvieron como solución al problema de la vivienda de las gentes menos favorecidas, hijas o nietas del chabolismo, o sea la que se quedó sin pisos en el polígono Guadalquivir, con lo que el carácter marginal de sus habitantes se mantuvo milagrosamente. Por eso las esperanzas de aquellos que creyeron que la plaza se convertiría en una especie de espacio chill-out, probablemente en lo que años después –ayer mismo- se convertiría primero el Vial y ahora la zona de la Ribera, ribeteada de tiendas cool de franquicias de ropita mariguapis se quedaron con dos palmos de narices. Es así que un distinguido vecindario lumpen sigue teniendo su visibilidad continua en la plaza, sin perjuicio de que los fines de semana se convierta en un sitio de encuentro de excursionistas locales consumidores de emblemas de los barrios periféricos. A mí me gusta así, claro.

Todos los cordobeses de más de 20 años conocimos la plaza desnuda, con el revoco  histórico eliminado en los años 50 del siglo XX, o sea de ladrillo descubierto y con las cicatrices del edificio que hubo en el centro durante casi cien años: un mercado de ladrillo y piedra con estructura clásica de hierro forjado como los que pueden encontrarse en la casi práctica totalidad de las capitales de provincia españolas y que se construyó en 1896. Así la huella perimetral del antiguo edificio permaneció en alto dibujando una plataforma elevada de medidas irregulares que iban desde unos pocos centímetros en su parte occidental, la del Arco Alto, hasta más de un metro en la zona que da al Arco Bajo, dejando marcada espacialmente la calle que durante todo ese tiempo lo circundó y por la que fluía el tráfico rodado. El mercado fue demolido a fines de los 50 y en compensación se construyó otro subterráneo bajo la superficie central de la plaza que permitió aflorar el rico patrimonio arqueológico del lugar y el hallazgo de muy importantes piezas, sobre todo unos riquísimos mosaicos romanos que hoy lucen en el salón principal del Alcázar, que precisamente se bautizó entonces como El Salón de los Mosaicos, convertido en sala de conciertos y de bodas civiles. El mercado subterráneo se clausuró cuando se restauró el mercado propiamente dicho y sus dependencias acogen hoy ciertos locales de talleres arqueológicos municipales.

Con el cambio de milenio se impuso la necesidad de reurbanizar el espacio y restaurar las viviendas, mantenidas en un lamentable estado.

Yo he de decir que estoy bastante de acuerdo con aquella restauración, a pesar de que tardé mucho en aceptar que el nuevo enfoscado general y su pintura de crema y almagre con pinceladas en un suave verde la haría lucir mucho más hermosa que el tosco, pero arrebatadoramente romántico, ladrillo visto con el que habíamos crecido. Y que pudiera haber sido su piel original. Porque la polémica acerca de si sus constructores la enfoscaron y pintaron o nunca pensaron en hacerlo y el enfoscado histórico es posterior a su construcción no ha cesado. A pesar de que se han encontrado algunos restos de revoco en algún caso, aunque no suficientes restos de pintura plana como para que pudieran haber servido para definir el nuevo repintado, y en otro decoración de dibujos barrocos, pero en tan escasa proporción que no se han podido reconstruir, parecen existir pruebas de que la apariencia original de la plaza debió de ser la misma que le conocimos antes de los 90, es decir, ladrillo puro y duro. Esas pruebas nos las proporciona la profesora María Yllescas Ortiz, la mayor especialista en la historia de la plaza, y consisten en un grabado de 1744 que aparece decorando la letra V del Libro de los Juramentos y en el que parece apreciarse que si bien los lienzos entre las pilastras superiores que enmarcan los vanos se encontraban enlucidos el resto de la superficie parietal de la plaza se representa de ladrillo crudo. Así mismo en 1958 cuando se eliminó el revoco histórico aparecieron pintados directamente sobre el ladrillo los números de los balcones que se alquilaban como si se tratara de las localidades de un teatro. Por otro lado es extraño que no se conserve en las cuentas de la obra de la época ni una sola referencia ni al enfoscado ni al pintado, unas cuentas que, como nos muestra la profesora Yllescas, se caracterizan por la minuciosidad en la contabilidad de los dineros pagados a los proveedores de materiales y a los profesionales de los diferentes ramos de la construcción. Cuestión no menor es el hecho de que el ladrillo visto fuera un recurso perfectamente normal usado por la arquitectura barroca española desde principios del XVII en multitud de iglesias y monumentos civiles sin que sintieran sus autores o propietarios la necesidad de revocarlos y pintarlos. Otro asunto es que en Córdoba, ciudad adicta desde su fundación romana al sillar de calcarenita, el ladrillo no se haya usado antes del barroco en ninguna construcción religiosa o civil importante, al contrario que en Sevilla, que siempre fue eminentemente ladrillista.

El suelo de la plaza se allanó y se eliminaron completamente los tramos de calle practicable para vehículos que corrían por el flanco norte y oriental quedando la gran superficie enlosada completamente llana y dura que hoy existe. Esta dureza de la plaza fue muy contestada por algunos ciudadanos que hubieran preferido un ajardinado y el plantaje de árboles, pero a mí me parece que ello hubiera desvirtuado el sentido secular de la misma. Mucho más polémica fue la apreciación –nula- de las luminarias que se colocaron. En Córdoba existe un concepto estético bajo el que la ciudadanía engloba todas las categorías que intervienen en cualquier intervención urbanística: el pegamento. Lo que pega o no pega. Cualquier intervención que se haga en el casco antiguo se aquilata según pegue o no pegue. Y aunque no se dice con qué ha de pegar o no pegar todo el mundo sabe a qué se refiere. Pero si hay algo a lo que el pegamento le pega especialmente es a las luminarias, a las farolas. En esta ciudad existe un desmedido, desaforado amor por las farolas llamadas fernandinas, que son para nuestra muy diletante ciudadanía las únicas que pegan. Cualquier farola que no guarde los debidos cánones de retorcimiento fernandino no pegan. Así que por mucho que se esfuercen los diseñadores o modernizadores de los entornos urbanos si las farolas que proponen no son fernandinas, no pegarán.

Por eso lo que más movilizó a los críticos populares cordobeses en la reforma de la Corredera fueron las farolas. Hasta una manifestación y todo llegaron a convocar los líderes de la protesta, aunque afortunadamente el poco calado de la convocatoria les convenció de desistir. Lo curioso es que si a alguien se le pregunta a bocajarro y sin que las tenga delante cómo son esas farolas que no pegan probablemente no sabrá describirlas ¿Por qué? Pues porque una de las virtudes más acreditadas de la dichas farolas es su invisibilidad. Se trata de seis altísimas estructuras metálicas de brazos muy finos levantadas a lo largo del antiguo borde de la calle sur bajo las cuales se han colocado unos bancos de mármol negro, también casi invisibles. Esa casi invisibilidad no obstante es la que hace que se minimice el contraste entre la parte carente de arcadas y el resto de la plaza porticada. El efecto es aún mayor de noche, cuando una levísima cortina de luz que surge de arriba abajo realza aún más esa separación. Yo no sé si ese es el efecto que buscaban los que las diseñaron, pero para mí es el que han conseguido perfectamente. En cuanto a las pequeñas luminarias colgantes a juego con aquellas situadas en el centro de cada arco también participan de esa discreción de marca inscrita en el diseño y que roza la invisibilidad. Cuestión claramente aparte es la muy comentada de las legítimas y más o menos fundadas suspicacias acerca de la propiedad de los derechos de su diseño que pertenecen al propio arquitecto que remodeló la plaza, Juan Cuenca, y que ha seguido sufriendo la incomprensión no sólo de los adoradores del fernandinismo farolero sino también el de gentes de muy depurado gusto y acreditada opinión porque ha continuado instalando variaciones de ese diseño en la remodelación del entorno de la Puerta del Puente y en el Puente mismo, ambas obras también suyas, y de las que hablaré en su momento. Independientemente de que guste o no su trabajo lo que no se puede poner en cuestión es su derecho a controlar todos los elementos que en su acabado final intervienen. Si las farolas que pegan en el acabado final que el arquitecto ha propuesto las tiene que diseñar él mismo, pues más homogeneidad estilística al canto. ¿Que no?

Lo único que según mi criterio no pega de verdad en esa plaza no está justamente en ella ni forma parte de sus elementos estructurales, sino en su horizonte. Para hablar de eso que según mi humilde criterio no es que rompa la homogeneidad, la estética, la ética o la patética, sino que supone una patada en los riñones de la racionalidad urbanística moderna y en los ojos del contemplante, tengo que pararme y respirar hondo para no soltar una barbaridad. Y para apreciar el crimen en todo su sangrante escenario hay que colocarse justo debajo del Arco Bajo y mirar hacia el frente: rompiendo el rectilíneo horizonte de la plaza se eleva la enorme mole blanca de un edificio al que odio como pocas cosas más en esta ciudad. Desde 1965 en que un infame permitió y otro construyó, la vieja plaza de la Corredera sufre un intolerable atentado que sólo se subsanará demoliendo el adefesio. El edificio se alza en la calle Nueva, también y oficialmente conocida como Claudio Marcelo, y responde al título de Edificio Zafra Polo (un comerciante de tejidos que tuvo ahí su mercadería) y sustituyó a otro modernista que no menos criminalmente se derribó en aras de la modernidad de bigotillo fino y colmillo de oro que representaban la banda de fascinerosos fascistas que habían secuestrado a todo el país después de liquidar a casi medio. El edificio es un despropósito monumental por la inaudita altura que se le permitió, duplicando la elevación media de sus vecinos, ya que rompe desde muchos puntos de vista la homogeneidad del caserío histórico. Aparte de desde la Corredera donde mejor se aprecia el crimen es desde fuera del casco, por ejemplo desde el pretil del Puente del Arenal. El alomado y preciosamente homogéneo perfil de la ciudad que se asoma alargadamente al río presenta una mácula intolerable en pleno centro: el repugnante edificio rompiendo suciamente la estampa. A mí, que trato de controlar mis naturales ataques de ira, me asaltan de vez en cuando ideas destructivas respecto a ese edificio. Imagino que alguien me dice: ahí tienes un detonador. Todos los vecinos han sido desalojados y debidamente compensados y no hay ningún peligro de víctimas, ni nadie sabrá nunca que lo hiciste tú: dale y el maldito edificio volará y desaparecerá de tu vista para siempre.

En tiempos del alcalde Anguita se colocaron por toda la ciudad unos carteles explicativos de los principales monumentos y lugares que reciben el terrible apelativo de emblemáticos. En la Corredera el que colocaron decía más o menos (hablo de memoria porque nunca conseguí recuperar la imagen) Plaza de la Corredera… construida bla bla bla… En ella se celebraban corridas de toros, autos de fe y otras fiestas populares. Por mucho que intentamos mis amigos de entonces y yo en aquellos tiempos averiguar con qué cantidad de humor había aliñado el autor la redacción del texto de la placa nunca lo conseguimos.

Podría escribir un libro entero, del que voy lógicamente a ahorraros, en caso de que decidiese explayarme acerca de los locales, negocios, trapicheos, movidas, anécdotas y personajes de la Corredera de los que tengo memoria desde aquel mi primer recuerdo agarrado a un pringoso jeringo, pero no quiero dejar este capítulo sin recordar el castizo Mesón del Arco Bajo, ya desaparecido, y los singulares personajes que eran sus habituales. La taberna La Paloma, hoy convertida en una toda una señora reina de la tapa y el tubo, pero que en sus buenos tiempos fue el refectorio de la Corte de los Milagros que proporcionaba los platos de cuchara más baratos del hemisferio norte para su distinguida clientela. El Patri, hoy respetable cervecería pero en el que en sus tiempos ochenteros se respiraba un aire deliciosamente perfumado por los alegres humos de la risa. El Sótano, en el que abrevan frecuentemente políticos de la cuerda izquierdosa con recientes responsabilidades de poder municipal. Comercial Mancha, un fastuoso bazar en el que se podía encontrar cualquier cosa, y cuando digo cualquier cosa me refiero exactamente a cualquier cosa. No tenemos, era una frase desconocida para sus incombustibles dependientes. Benito el anticuario o trastucario como lo llamábamos nosotros, con un local en el que pueden acomodarse y de hecho se acomodan fácilmente un par de millones de trastajos, cachivaches y chilindrinas de las más variadas formas y tamaños. Y un montón de negocios de venta de objetos populares más, macetas, plásticos, objetos de esparto, latonería, la mayoría de los cuales han desaparecido para dar cabida a los nuevos negocios que se han impuesto en la plaza, los de la caña y la tapa.

Antes de su restauración en el centro de la plaza se instalaba un mercadillo popular en el que predominaban los vendedores y sobre todo las vendedoras gitanas. Los sábados el número de puestos se multiplicaba y la plaza cobraba una vida espectacular. Pero en la mente de aquellos políticos de los 90 se había instalado otro destino para la plaza y tras la restauración se mandó eliminar el mercadillo para dejar sitio a las terrazas de los bares.

Estoy escribiendo estas líneas en el centro cívico ubicado en la planta alta del mercado. Desde aquí veo los puestos y a la gente comprando carne y pescado. Esta parte fue cárcel desde el siglo XVI y hasta principios del XIX en que se trasladó al Alcázar de los Reyes Cristianos, donde antes estuvo la de la Inquisición. Probablemente la actual biblioteca fueron celdas y posteriormente viviendas de los empleados que habilitó el empresario Sánchez Peña, de quien conserva el nombre el mercado, para la fábrica de sombreros que instaló en este edificio. El Ayuntamiento se lo vendió al empresario en los años 40 del XIX tras unas décadas de abandono con permiso para que montara en él la primera industria que contó en Córdoba con máquinas de vapor. Parece ser que fue un empresario benefactor, ilustrado y paternalista. En la pared frontera del soportal que fuera del Pósito y que lo separaba de la Cárcel existe aún un arco ojival incrustado en la pared. Muy extraño y suscitador de ensoñaciones góticas. Y del que nunca alcancé a saber nada.

A la plaza se accede por cinco entradas: las dos monumentales de los dos arcos, la del Arco Alto en el que desemboca la calle de la Espartería y que une mágicamente la Córdoba señorial con la popular en menos de cincuenta metros y la del Arco Bajo que une la plaza una vez atravesada la de Almagra con los barrios surorientales de la Ajerquía, San Pedro y Santiago. Separando el edificio del Mercado, antigua Cárcel, la vieja calle de los Odreros, hoy Sánchez Peña, nos conduce a la encantadora Plaza de las Cañas, en uno de cuyos rincones se perpetró hace pocos años un atentado éticoestético en forma de escultura de un cura arramblando niñas en tiempos de la alcaldiosa marxista-meapilista Aguilar. De él me ocuparé en su momento. Una cuarta entrada, sumamente escondida se encuentra en el rincón que forman las Casas de Ana Jacinto con el testero alto, un callejón semisecreto que conduce a un pequeño laberinto del que no es fácil salir si no se conocen sus claves. La quinta entrada está situada en el centro de la fachada oriental y consiste en un estrecho callejón que conserva milagrosamente el nombre medieval: calleja del Toril. No necesita, claro, explicación, dado que la plaza se usaba como coso taurino. En el centro del callejón se instala un arco muy bajo que soporta el camarín de una imagen que adoran los católicos, especialmente de los del barrio, y que responde al avatar de Virgen del Socorro. La imagen puede contemplarse lejanamente a través de una pequeña ventanilla abierta en el muro del arco. Junto a ella se ha colocado recientemente un azulejo en el terrible estilo kitsch neobarroquizante que tan de moda han puesto en los últimos años los correosos cofrades locales y que han invadido inmisericordemente los muros de la ciudad, conteniendo un ripioso soneto-conjuro a la imagen dedicado. La puerta principal de la ermita en la que se venera da a la plazuela del Socorro, que se abre justo a la salida del Arco Bajo. Se trata de la iglesia que se obligó a construir al Corregidor Ronquillo Briceño para calmar los pleitos que la Hermandad le amenazaba con plantear si no cedía a sus pretensiones. Tiene una fachada barroca bastante simple que en los últimos años ha sido repintada supuestamente siguiendo los patrones originales en un delicado estilo hortering. Yo siempre la conocí de blanco y amarillo.

Sobre el piso general de la plaza, aparecen, además de los bancos y las farolas ya mencionadas solamente una fuente abrevadero bastante discreta en el rincón nororiental y un cubo de vidrio que alberga la bajada al sótano en el centro del testero occidental. En el sótano se integran los restos romanos aparecidos en las obras y se construyen salas de conferencias y exposiciones para un futuro centro de arqueología.

La ultima intervención en la plaza, esta vez no invasiva ha sido la inclusión en el reloj que da las horas en la fachada del Mercado de una extraña musiquilla de acordes de guitarra tocada por un afamado guitarrista local a la manera de la que desde hace más de cuarenta años ameniza el conteo de las horas en la plaza de Las Tendillas. Lo más que se puede decir de ella, aparte de que disfruta de una pésima fidelidad sonora, es que no se sabe quién diablos decidió que fuera esa la musiquilla y no otra más pegadiza, toda vez que no hay dios en esta ciudad que sea capaz de memorizar ni uno sólo de sus arpegios.

Y termino esta semblanza de la plaza de la Corredera por donde la comencé, por los jeringos. Porque siendo como fueron siempre famosos en toda la ciudad los que en ella se confeccionaban y en la que hasta cinco puestos pudieron contarse en los viejos tiempos, hacia el cambio de milenio sólo quedaban dos, uno en cada arco, Alto y Bajo, y en el del Alto Agustín García Calvo, el filósofo poeta, se enamoró del buen hacer de la jeringuera que allí oficiaba y le dedicó este poema, a manera de una Jeringuera de la Finojosa:

¿Cómo puede ser esto?
¿Cómo puedes estar ahí,
tú, figurilla de flaca mozuela,
que entre tanto que vas
churros y jeringos echando a vueltas
en la vasta sartén,
cantas, y cantas aún, y los soportales
de fresca voz los alegras?
¿Cómo puede ser esto?
¿Cómo puedes estar ahí,
entre la cal corroída y las tiendas,
despintadas de orín
de un pasado sol, de la Corredera,
donde aquella que fue
vida y riqueza de Córdoba se marchita
en sordidez y miseria?
¿Cómo puede ser esto?
¿Cómo puedes estar ahí
viva en mitad del barato y la venta
de lo que era ciudad,
de eso que a redor la locura cerca
de su negro collar,
donde el taladro y el auto y la grúa ladran,
donde el Dinero revienta?
Tú la vida, tú eras,
eres, niña, la vida tú,
que en la ruina por brozas y grietas
naces, como la flor
púrpura, y en medio de la maleza
de cemento y betún
cantas imperios que caen y que, entre tanto,
tú nunca mueres de veras.

(Mediados de abril, ’98)

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2 comentarios en “Jeringos / Corredera

  1. Me has convencido con lo de las farolas, me has ilustrado sobre la historia de la plaza y me has recordado esos locales que yo conocí y que ya había olvidado, y ya entiendo porqué se rompe la homogeneidad ¿se dice así?. No sé que más se puede pedir. Iré a ver lo del edificio de ZAFRA POLO que tantas veces tuve que visitar cuando trabajaba en LOS CAMINOS. No me había percatado de ese impacto visual. Lo que no sé es si conseguiré verlo desde el puente. Me ha gustado, gracias.

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